My Winnipeg

Guy Maddin es definitivamente un director reclamado por programadores y público de festivales internacionales, aunque nuestra cartelera siga inexplicablemente ignorándolo. En España, fue el Festival Internacional de Cine de Catalunya el primero en reivindicarlo. Dracula: Pages from a Virgin’s Diary (2002) obtuvo el premio a la mejor película en 2002.My Winnipeg, su octavo largometraje, llegó directamente tras su estreno en la Berlinale a la cuarta edición del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista.


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El cineasta que surgió del frío

Sleepy, snowing, Winnipeg

Guy Maddin es definitivamente un director reclamado por programadores y público de festivales internacionales, aunque nuestra cartelera siga inexplicablemente ignorándolo. En España, fue el Festival Internacional de Cine de Catalunya el primero en reivindicarlo. Dracula: Pages from a Virgin’s Diary (2002) obtuvo el premio a la mejor película en 2002 y también se han proyectado en Sitges The Saddest Music in the World (2003) y Brand Upon the Brain! (2006). My Winnipeg, su octavo largometraje, llegó directamente tras su estreno en la Berlinale a la cuarta edición del Festival Internacional de Cine Documental de Navarra Punto de Vista. Si Brand Upon the Brain! narraba, dentro de los parámetros de la ficción, un regreso al territorio de la infancia – sitio en una isla regentada por un faro -, My Winnipeg retoma la idea de viaje físico-mental, pero marcando un juego aún más delirante entre el registro autobiográfico, el documental y lo fantástico. Maddin habla de una “docufantasía” que sigue el rastro de Winnipeg, la capital de Manitoba donde ha permanecido toda su vida. Es sin duda uno de los largometrajes más redondos del autor de The Heart of the World (2000) y como espectadores nos sentimos de nuevo inmersos en una inesperada y apasionante hipnosis.

Maddin seguramente suscribiría las palabras del Fred Madison de Carretera perdida (Lost Highway, 1997) de David Lynch: “Me gusta recordar las cosas a mi manera (…) Las recuerdo a mi modo, no necesariamente como pasaron”. Aunque puedan trazarse paralelismos entre el autor canadiense y el estadounidense y aunque a Maddin le hayan colocado el apelativo de “Lynch canadiense”, lo cierto es que Guy Maddin es Guy Maddin y uno reconoce en sus formas y preocupaciones personales y cinematográficas un sello propio y único.

Gestado como un encargo para el canal televisivo The Documentary Channel, My Winnipeg se eleva como un particularísimo y frenético “amarcord” donde se cruzan la historia subjetiva del director – vivencias deformadas a través del filtro de la memoria, de la propia imaginación y/o de lo escuchado en boca de otros – y la historia local de Winnipeg – tanto la oficial como la que se deriva de leyendas y mitos -. El realizador canadiense confecciona una densa, hiperbólica y alucinada red de contenidos, personajes y referencias para engancharnos a su hogar.

Maldito, magnético, Winnipeg
Hay muchas formas de afrontar un regreso a casa e igualmente muchas otras maneras de despedirse. El cine, en el transcurso de su Historia, ha dado buena cuenta de ello. Solía relatarse un adiós o bien, un regreso, pero My Winnipeg es un híbrido fascinante entre esa venida y esa ida: una ida planteada como una huida y que, sin embargo, se queda en tentativa; una venida que no es una opción, sino una especie de estado permanente donde el director manifiesta su particular relación filial/fóbica con la ciudad que le vio nacer, crecer y formar familia (1). A la pretendida carta de despedida no le queda otra que aceptar finalmente que por muy lejos que Maddin trate de irse, Winnipeg no es sólo un enclave geográfico, sino un paisaje mental incrustado en su cabeza y una confirmación de que uno no puede sustraerse del lugar al que ha pertenecido.

Si sobre la forma de las propias imágenes de My Winnipeg siguen resonando los ecos del cine mudo, del expresionismo alemán, de las sinfonías urbanas, del montaje soviético, de los melodramas de los 50 y de otras tantas corrientes del experimental, el hilo argumental es también un híbrido donde se superponen tres capas narrativas que van configurando esta sui generis crónica de lugar.

Primeramente están las imágenes de carga onírica: las transcurridas en el tren donde el frío es casi un estado emocional y las que ilustran el sonambulismo de los winnipeggers. Desde un vagón, el propio Maddin – interpretado por Darcy Fehr – trata de alejarse de los límites de Winnipeg con una desquiciada ansiedad (“Debo irme. Debo irme. Debo irme ahora”). Su fascinante voz nos guía en la travesía contagiándonos un estado de letargo mientras intenta desentrañar ciertos misterios relacionados con Winnipeg. Por ejemplo, el extraño fenómeno de que sea la localidad cuyo índice de sleepwalkers (sonámbulos) per capita supera en diez veces las cifras de cualquier otra ciudad del mundo. Maddin plantea esa marcha definitiva como un último regreso que le permita explicar el efecto magnético que Winnipeg tiene en los suyos y de paso, como rebote catártico, desembarazarse del lugar y del pasado. “¿Y si filmo mi marcha de aquí?”, se interroga. El traqueteo ya ha comenzado y la nieve no deja de caer.

El segundo estrato lo compone la historia de la ciudad, episodios municipales donde se combinan material de archivo y recreación mediante animación. Es la historia local y sin embargo, parecen asombrosas fábulas. A través del cristal, el filtro Maddin, asistimos a estrambóticos relatos: la increíble tragedia del hipódromo, el parque de atracciones arrasado por los bisontes, la huelga general de 1919 que Maddin desvía hacia un terreno psicosexual, la misteriosa y laberíntica disposición de caminos en Winnipeg, la demolición del edificio Eaton con cabida para la crítica política…

En tercer lugar, junto a la historia oficial/no oficial de la localidad va componiéndose el retrato familiar, capítulos de la infancia y adolescencia de Maddin que incluso llegarán a ser representados por actores contratados. Se intercalan segmentos de home movies. Entre lo delirante y lo grotesco, Maddin revisita una de sus constantes temáticas: la disfuncionalidad familiar.

En una entrevista para la CBC News (2), el winnipegger exponía que “la definición de mito con la que trabajo combina lo real y lo no real (…) Es igual de verdadero lo que nos ayuda a comprender tanto lo que ha sucedido como lo que podría suceder”. Guy Maddin es una suerte de soñador despierto o mejor, un eterno noctámbulo, y sus películas son encuentros somnolientos tanto con la Historia del cine como con su propia historia. Permanecía Winnipeg como una bella/bestia durmiente y Maddin vino a despertarla.

– – –

(1) Para hacerse una idea de la historia “real” familiar de Guy Maddin puede resultar útil la lectura de Guy Maddin, viajero en el tiempo, de Roberto Amaba, en Kinodelirio. En el mismo blog, a modo de dossier especial, se reseña de manera exhaustiva casi toda la filmografía de Maddin.
(2) Declaración extraída del texto “Home truths: Guy Maddin takes a dream-like tour of Winnipeg”, de la escritora afincada en Winnipeg Alison Gillmor para CBC News durante la celebración del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF). Publicado el 7 de septiembre de 2007 y disponible aquí.

Un Comentario

  1. Marco Milone 05/04/2008 | Permalink

    Guy Maddin is one of the best!

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