No tiene sentido… estar haciendo así, todo el rato, sin sentido

Si en una lectura superficial No tiene sentido… puede parecer un manojo de observaciones de Joaquín Jordá sobre el documental y la vida, la creación audiovisual contemporánea y los recodos de la trayectoria intelectual del propio Jordá, un espectador mínimamente familiarizado con las peripecias de la creación audiovisual en general y del documental contemporáneo en concreto reconocerá otros caminos que le resultarán familiares y enriquecedores.


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No tiene sentido...

REDEDORES DEL DOCUMENTAL DEL SIGLO XXI
Presentada en el marco de celebraciones del Décimo Aniversario del Master en Documental Creativo de la Universidad Autónoma de Barcelona y a concurso en el Festival de Málaga, No tiene sentido… es la primera película dirigida por Alejandra Molina. Segunda producción de Frontera Films tras Los Pasos de Antonio (Pablo Baur, 2006), el filme de Molina se presenta como un trabajo sobre el recientemente fallecido Joaquín Jordá (Santa Coloma de Farners, 1935-Barcelona, 2006). De este modo, el documental se sitúa a primera vista en el terreno del homenaje biográfico, en el que mediante una serie de entrevistas y diverso material audiovisual se pretende realizar un repaso por los momentos álgidos de la vida del homenajeado. Partiendo de estos parámetros, uno esperaría el habitual borrado de las marcas discursivas y enunciativas del realizador para ceder el protagonismo de la función al célebre personaje, motor y fin del proyecto en cuestión. Más aun si tenemos en cuenta que la película supone, en este caso, el encuentro entre una directora novel y uno de los directores de documentales y ficción más importantes de la historia del cine español (1) en su último año de vida, con todo el poso cognitivo y vital que esto implica.

Pues bien, si en una lectura superficial No tiene sentido… puede parecer un manojo de observaciones de Joaquín Jordá sobre el documental y la vida, la creación audiovisual contemporánea y los recodos de la trayectoria intelectual del propio Jordá, un espectador mínimamente familiarizado con las peripecias de la creación audiovisual en general y del documental contemporáneo en concreto reconocerá otros caminos que le resultarán familiares y enriquecedores. El ejercicio de ensayo-error constante que recorre el documental, condimentado con las pertinentes -y a veces también impertinentes- observaciones de Jordá sobre los procesos de producción supone un apasionante tanteo reflexivo sobre las posibilidades expresivas y cognitivas del documental actual. Es de agradecer el arrojo y humildad de Molina y su equipo (en especial las montadoras Elia Urquiza y María Zafra) para revelarnos su cara a cara con Jordá. Evidentemente, se trata de un encuentro desequilibrado desde el primer momento, de un diálogo entre maestro y aprendiz en el que Molina nunca se esconde, sino que expone a las claras sus dudas y debilidades, a las que Jordá responde en ocasiones con cariño y, en otras, con la comprensible condescendencia del que hace tiempo superó parecidas dudas.

Dramáticamente (des)estructurado en torno a una serie de capítulos con numeración no correlativa, No tiene sentido… se organiza en torno a los siguientes capítulos:
Capítulo VI: “Porqué Jordá en un Museo. Ocupa tu lugar”;
Capítulo I: “El principio (las entrevistas cronológicas no funcionan nunca)”;
Capítulo XXII: “Los cuarenta centímetros. El reino del por si acaso”;
Capítulo 0: “Sin título”.
Condimentado con unos pertinentes tonos jazzísticos grabados en directo que realzan la sensación de improvisación y frescura de toda la pieza, el documental se inicia, de forma harto curiosa, con la directora y su equipo esperando en el interior del despacho de Jordá la llegada de su propietario. Tras esta ficción, pasamos a las acostumbradas pruebas de sonido y de cámara, en las que Jordá se incorpora activamente como parte juzgante. Después de la aprobación de Jordá ante la grabación de los preparativos (“Así me gusta, que enseñéis los trucos”), es el mismo hagiografiado el que ordena a la directora mexicana: “ocupa tu lugar”. A partir de aquí, empieza un ir y venir entre Jordá y Molina en el que, en principio, el primero da una clase magistral sobre toda una serie de obsesiones comunes entre los estudiantes de documental. El profesor Jordá reflexiona, entre otros aspectos, sobre el estilo, la distancia entre entrevistador-cámara- entrevistado, la tecnología digital, los límites a la grabación sinfín y las entrevistas en profundidad, ofreciendo todo un catálogo de interesantes cavilaciones. La cámara de Molina atiende atenta a los consejos de Jordá, que se van incorporando al propio documental como ejemplos inmediatos de las exposiciones del director catalán.

Por otro lado, los distintos episodios configuran una aproximación personal a la vida de Jordá. Sus relaciones con el museo, diversos recuerdos de infancia y adolescencia, su trabajo con nuevas generaciones de creadores o ese impagable acceso a los mensajes del contestador de Jordá acaban por retratar de forma sutil al protagonista. Lejos de estrategias manoseadas (entrevistas con amigos y familiares, imágenes de archivo), Alejandra Molina consigue capturar la heterodoxia de Jordá a partir de su manera de ver y vivir en el mundo. La intimidad con el personaje es aquí fundamental, de tal manera que al lado de detalles biográficos se pueden apreciar imágenes del último Jordá trabajando con admirativos/as alumnos/as; sonidos de amigos (esa felicitación telefónica de Pérez Giner el día de san Joaquín, que bien podría servir como ilustración de las contradicciones ideológicas de buena parte de la generación de la transición) y desconocidos (una oferta de viajes, una propuesta profesional) y, finalmente, esas conversaciones telefónicas en las que Jordá anuncia a sus seres queridos que deja la quimioterapia y abraza otras posibilidades terapéuticas para sortear el cáncer que finalmente acabaría con su vida. Sin ningún tipo de maniqueísmo melodramático, se unen así las líneas entre lo profesional y lo vital, prácticamente inseparables en el caso de Jordá y todavía incontrolables en el caso de Molina, fundiéndose en un cine y una visión sobre el cine (la de Jordá, pero también de forma incipiente la de Molina) que en palabras de Santos Zunzunegui “no se llama a engaños sobre las dificultades de la institución cinematográfica para tocar lo real, sino que sabe que la vida no es sino la variopinta proliferación de formas de presentación del yo” (2).

No tiene sentido… se incorpora así a una tendencia cinematográfica contemporánea consistente en enseñar el proceso de producción de la obra en el que la performatividad de los personajes es fundamental para entender el significado último del propio documental. Y como sucede en varias de estas piezas, el trabajo de Molina se hace eco de ese tropo contemporáneo que podríamos identificar como una poética del fracaso. El fracaso no ya como un lugar simbólico romántico sino como una práctica retórica con una clara correspondencia con la honestidad de la cineasta en su relación con lo filmado. Es decir, ante la imposibilidad de dar cuenta de la realidad y sobre la conciencia de su inabarcabilidad, la directora opta por el experimento audiovisual, fragmentando el relato y entendiendo la creación como una tentativa epistemológica siempre incierta y, por tanto, implicando nuevas posibilidades por explorar que la superficie de la obra permite intuir. No tiene sentido… es, en esta acepción, un filme conscientemente imperfecto, en el que una maniobra aparentemente tan previsible como ‘una película sobre Joaquín Jordá’ se acaba convirtiendo en una asumida tentativa por generar un discurso propio a través de una experiencia compartida, algo que no siempre tiene por qué acabar en un trayecto totalmente satisfactorio. Así, si Jordá desprecia el estilo, valora la improvisación, ecualiza el azar con la intención, habla de la proximidad de la cámara gracias a los mecanismos digitales, el filme de Molina se erige en un preciso testimonio de la posición en el mundo del último Jordá pero también en una obra que supera lo meramente testimonial o testamentario, el homenaje, para convertirse en una pieza incómoda sobre los vericuetos siempre imprecisos e imprevistos de la creación documental.

En definitiva, No tiene sentido… combina con equilibrio las lecciones del maestro con los tanteos del aprendiz. De visionado obligatorio para todo aquél que alguna vez haya cogido una cámara y un micrófono para enfrentarse con el reto de la creación audiovisual, la película de Alejandra Molina acaba siendo un doble trabajo testimonial. Por un lado, glosa la lucidez y clarividencia de Joaquín Jordá sobre el documental y la vida. Por otro, ejemplifica la incertidumbre y complejidad de cualquier proceso de aprendizaje. El encuentro entre la madurez crepuscular de Jordá y el juvenil interés de Molina es entonces un hallazgo, un muestrario de posibilidades significativas en medio del sinsentido.


(1) El Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA) le concedía el Premio Nacional de Cinematografía en 2006 “por su capacidad como guionista y director para abrirse a nuevas formas del relato audiovisual, romper los límites entre el cine documental y el de ficción y convertirse en maestro de varias generaciones de cineastas”.
(2) Zunzunegui, Santos. “Joaquín Jordá Catalá”. En Cerdán, Josetxo y Torreiro, Casimiro (eds.). Al otro lado de la ficción. Trece documentalistas españoles contemporáneos. Madrid: Cátedra & Festival de Cine de Málaga. 2007. P. 180. La cursiva es del original.

No tiene sentido… estar haciendo así, todo el rato, sin sentido de Alejandra Molina se presentará en la próxima edición del Festival de Cine de Málaga donde compite en la sección oficial de documental

FICHA TÉCNINCA
Dirección: Alejandra Molina
Producción: Alejandra Molina, Martín Sappia
Guión: Alejandra Molina, Elía Urquiza
Fotografía: José Luis Pulido
Montaje: Elía Urquiza, María Zafra
Música: Joe Smith, Bruce Arkin
Producción: Frontera Films
País y año de producción: España, 2007

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