Hachazos

Andrés Di Tella se impone, de forma voluntaria, la responsabilidad de rescatar la obra de los artistas amateur que superponen el amor al arte y el juego con imágenes domésticas como cualidades de diferenciación tanto del cine político como el narrativo convencional.


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El personaje de Claudio Caldini queda sutilmente definido desde la primera secuencia de la película mientras éste enumera, en un inglés imperfecto, un listado de elementos básicos que participaron en uno de sus viajes a la India. Viajes que este cineasta experiemental realizó en busca de una espiritualidad y también como exilio de un país, Argentina, en aquel entonces sumergido en la represión de una dictadura.

Pero no tan cerca de ahondar en la profundidad de la obra de Caldini, el realizador Andrés Di Tella nos invita a participar en la autoreflexión sobre dos formas diferentes de hacer cine. Por un lado la suya propia que, además de estar en soporte digital, en este caso el montaje recoge un porcentaje muy pequeño de la cantidad de imágenes que se han capturado. Y por otro, la de un artesano que realiza piezas en Súper 8, donde el montaje se va completando casi mientras se filma, sin prácticamente deshechar material. El Súper 8, a pesar ser un soporte presente para cineastas experimentales, tiene los inconvenientes de haber quedado mayoritariamente relegado al ámbito amateur y de encontrarse lejos de ser proyectado en pantallas de exhibición ya no sólo comerciales, sino de cualquier forma que no sea en espacios destinados únicamente a la presentación de este tipo de películas. A estas limitaciones hay que añadir que en la etapa en la que Caldini trabajaba proyectos experimentales con el celuloide, éstos estaban considerados más como subversivos que puramente cinematográficos.

La evidencia de la película de Di Tella se remonta al año 1976, cuando el realizador tuvo el primer encuentro con la obra de su personaje. Este encuentro surgió del rodaje de una performance en la que la artista Marta Minujín era enterrada viva. Mientras Di Tella se encargaba de echar la tierra sobre su cuerpo, Caldini filmaba este acto tan simbólico en una época en la que en Argentina acontecían situaciones similares de forma real casi todos los días. En este año, Caldini, incapaz de soportar la represión política de su país, se exilió a la India, iniciando así un proceso de reconstrucción personal que a la vez se reflejó en a su propia obra. Al regresar a Argentina, no siendo ya él mismo, se consagró durante más de una década a la inestabilidad total, pasando por una treintena de domicilios diferentes hasta acabar trabajando de cuidador de una finca en la provincia de Buenos Aires.

Hay que decir que el desconocimiento de cineastas como Calidini responde a varios factores. Por un lado, pertenece a esa vanguardia que giraba entorno tanto a la experimentación formal y narrativa en las que las formas de exhibición, distribución y difusión contaban con tan pocos espectadores que estaban consideradas como actos rebeldes. Por otro lado, como suele pasar en momentos de represión política, en Argentina tuvieron más relevancia posterior otro tipo de artistas tales como Pino Solanas u Octavio Getino y todo el Grupo de Cine de Liberación, en los que el compromiso político se priorizaba como objeto de estudio. Destacando también la experimentación con la que jugaban sus contemporáneos, la obra de Caldini quedó en un segundo plano por carecer explícitamente de ciertos valores más privilegiados durante los ciclos represivos. Este tipo de situaciones hacen que los propios historiadores de cine favorezcan en muchos casos el interés del compromiso en la actividad creativa  al tratamiento conceptual de las imágenes y el celuloide. Y es aquí donde Andrés Di Tella se impone, de forma voluntaria, la responsabilidad de rescatar la obra de estos artistas amateur que superponen el amor al arte y el juego con imágenes domésticas como cualidades de diferenciación tanto del cine político como el narrativo convencional.

Con Hachazos, Di Tella inicia un proceso en el que la poética del cine experimental se representa con tales dosis de introspección que el mismo realizador es consciente de cómo va a repercutir en su posterior manera de hacer cine. No sólo crea el retrato de un cineasta con sus desventuras, sus viajes a la India, y su inestable existencia, sino que a la vez crea un retrato personal, una fascinación y conversación con el personaje que está filmando, introducidos con subjetividad justa para que el espectador aprecie también el discurso emocional que se persigue. Como en muchas de sus anteriones obras –La Televisión y yo (2002) o Fotografías (2007)-, Hachazos cuenta también con dosis autobiográficas y un “yo” subjetivo reivindicado con la presencia casi constante del propio Di Tella, para conformar la descripción de una realidad resuelta a la visión personal de los ojos que los miran.

Estrenada comercialmente el pasado mes de agosto en Buenos Aires, Hachazos se completa con un libro homónimo que constata las inquietudes del realizador no sólo con respecto a la forma de hacer cine de Claudio Caldini, sino con la forma de hacer cine en general. Este bello diálogo entre los dos cineastas reafirma el crecimiento de Andrés Di Tella, lográndolo en  tal medida que probablemente, como él afima, su próxima película será desde luego diferente.

FICHA TÉCNICA
Dirección: Andrés Di Tella
Guión: Andrés Di Tella
Asistente de dirección y guión: Darío Schvarzstein
Dirección de fotografía: Guillermo Ueno
Sonido: Pablo Demarco
Montaje: Felipe Guerrero
Diseño de sonido: Gino Gelsi, Jorge Gentile
Producción Ejecutiva: Marcelo Céspedes
Dirección de Producción: Paola Pernicone, producido con el apoyo del INCAA
País y año de producción: Argentina, 2011

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