Handsworth Songs

Akomfrah fractura la narrativa en diversas direcciones que, funcionando como historias paralelas, demandan que el espectador recomponga un puzzle que dibuja la innegable discriminación racial y social en la Gran Bretaña de los años 80.


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Los disturbios en Inglaterra del pasado agosto comenzaron cuando la policía mató, tras un tiroteo, a un joven de raza negra en el barrio de Tottenham. Desde Londres, se expandieron rápidamente al resto de centros urbanos británicos. Una protesta pacífica se transformó repetidamente en un caos en el que el saqueo se tornó impredecible e incontrolable durante unos días. En la segunda década del siglo XXI, las redes sociales y, específicamente, el uso del servicio de “chat” de blackberry, se convirtieron en el modus operandi privilegiado de las hordas de vándalos que asolaron supermercados, tiendas de productos electrónicos, quioscos y otros negocios. Supuestamente la mecha la encendió la muerte del mencionado joven, pero, tanto el gobierno británico como la prensa británica e internacional observaron con asombro como uno de los bastiones de la civilización occidental, la “gran Gran Bretaña”, había devenido en un campo de batalla inesperado sin saber explicar el porqué de tales acontecimientos. Si mirasen un poco más al norte y preguntasen a los habitantes del barrio de Handsworth, la respuesta a tal cuestión les sería respondida sin titubear: Gran Bretaña, como muchos otros estados de la llamada UE, es un país estructurado a través de unas jerarquías sociales en las que la desigualdad económica tiene un componente racial indisociable.  En otros términos: en la contemporaneidad, los negros y los sudasiáticos son todavía, en gran medida, el Otro cultural y racial que sustenta la ilusión de multiculturalidad que se exporta desde el Reino Unido como inequívoco ejemplo de una sociedad tolerante; sin embargo, los blancos siguen gobernando y ostentado la mayoría de los privilegios sociales y económicos.

Handsworth es un barrio de Birmingham  que desde mediados de los años 40 del siglo pasado recibió un flujo de inmigrantes llegados desde el Caribe para trabajar en los complejos industriales de la región. Específicamente, las autoridades británicas reclutaron inmigrantes afro-caribeños para realizar trabajos de peones no cualificados. Más tarde, llegaron las etnias Sikh y Punjabi desde la India. Éstos se especializaron en trabajos cualificados en fundiciones y fábricas de automóviles. Una vez que Gran Bretaña sufrió el llamado proceso de “reconversión industrial”, muchos de estos trabajadores se encontraron, de la noche a la mañana, desempleados.  Así fue como, según afirma Eddie Chambers,  Handsworth, junto con el barrio del sur de Londres Brixton, se convirtió  en uno de los símbolos de la emergencia de la Gran Bretaña multiracial y, específicamente, negra. El país, entonces, se adentró en su primera gran crisis racial a comienzos de los años 80. En palabras de Margaret Thatcher, cuando una minoría crece excesivamente, la mayoría hasta entonces dominante ve su posición de privilegio amenazada. Para la “Dama de Hierro”, Gran Bretaña era un país tradicional y culturalmente blanco y anglosajón. Por tanto, se debía limitar el poder y magnitud de esta ola de inmigración. Las políticas discriminatorias de su gobierno Tory fueron encaminadas precisamente a ejercer un control exhaustivo sobre tal crecimiento. Si en los 60, el slogan de los Tories “If you what a nigger, vote for the labour party” (si quieres un negro, vota al partido laborista),  dos décadas después el gobierno, sin utilizar una retórica propagandística explícitamente racista, encaminó sus políticas sociales y económicas a limitar la llegada de no-blancos al territorio británico y recluir en guetos a los ya arribados. Handsworth fue, desde comienzos de los 80,  uno de los epicentros de los disturbios sociales racialmente motivados que surgen en Gran Bretaña periódicamente desde entonces. En este barrio, los disturbios se sucedieron en 1981, 1985, 1991 y 2005. Evidentemente,  Handsworth no fue una excepción en el reciente caos a escala nacional en el agosto del 2011.

Handsworth songs (dirigida por John Akomfrah y producida por el Black Audio Film Collective, 1987) tiene parte de documento histórico y parte de collage. Combina materiales de archivo fotográficos y cinematográfico y entrevistas con diversos componentes del tapiz multiracial  del Handsworth. Más que ser un ensayo explicativo, Akomfrah fractura la narrativa en diversas direcciones que, funcionando como historias paralelas, demandan que el espectador recomponga un puzzle que dibuja la innegable discriminación racial y social en la Gran Bretaña de los años 80.

El film comienza con un zoom que se aproxima al rostro de un trabajador negro de una fábrica en el Handsworth de los 50. Inmediatamente, un plano nocturno nos muestra una banda de cuervos inquietos en la copa de un árbol. Sirenas policiales se superponen al graznar de los pájaros de mal agüero. La cabeza de un payaso de plástico rota ante nuestros ojos mientras la banda sonora empieza a martillear nuestros oidos con las texturas industriales y perturbadoras que puntúan todo el film. Entoces, intuimos las primeras imágenes de lo que parece ser una multitud callejera. De éstas, a una estatua de Joseph Priestley, el científico y teólogo que descubrió el oxígeno, y fue obligado a abandonar Gran Bretaña después de que su casa fuese asaltada y quemada tras declarar su ferviente apoyo a la revolución francesa. ¿Necesitamos oxígeno o huir? ¿Es precisamente la tolerancia que predicó Priestley la que ha desertado la mente y corazones de los británicos que discriminan y demonizan al Otro racial?  El payaso retorna, esta vez saludándonos desde su inmovilidad facial impertérrita. Se ríe o llore,  observa a los humanos. Dibujándonos tal como somos. Sus ojos inertes no miente. Primeros enfrentamientos entre bobbys y manifestantes.  Nos adentramos de lleno en el terreno de la cámara en mano del vérité.  Alternando entre lo poético,  lo material, lo histórico y lo contemporáneo el film acaba de realizar su primer hachazo ideológico:  ya descifremos sus metáforas visuales y sonoras o las dejemos flotar como significantes descodificados frente a nuestros ojos, pronto hemos averiguado que estamos en un mundo de intolerancia  y desigualdad que, desde un lado o desde otro,  seamos quienes seamos o quien queramos ser, nos va a atacar.

A partir de aquí, Handsworth songs se adentra en la evolución histórica de los conflictos raciales del barrio de Birmingham desde los años 50. Significativamente, nos muestra imágenes de los recién llegados inmigrantes caribeños. Vestidos de manera impecable,  con sus mejores atavíos, no vemos a individuos devastados por la hambruna y ojos obnubilados por las maravillas de occidente sino a hombres y mujeres llenos de dignidad que esperan contribuir a mejorar al país al que llegan con la intención de convertirlo en su nuevo hogar. A partir de aquí, la llegada pausada y confiada de los inmigrantes se alterna con imágenes de brutalidad policial, entrevistas a lugareños y una sucesión de titulares de prensa que nos ofrecen diferentes pistas sobre la semilla de la violencia en Handsworth. Dos llaman poderosamente la atención. El primero “Let no one talk of this as a race riot. This murderous criminality is not about parentage, genes and homeland” (Que nadie hable sobre disturbios raciales. Esta criminalidad asesina no es sobre descendencia, genes y la patria); el segundo “Handsworth, the front line” (Handsworth, en primera línea). Por una parte, el aparato mediático desdice lo obvio: la capitalidad del componente racial en el conflicto establecido. Por otra, se señala al barrio de Handsworth como lugar clave para comprender los conflictos que se extendían desde Liverpool hasta Londres y Manchester.  Un inmigrante sudasiático nos recuerda con sus palabras la tozudez con la que David Cameron, sus acólitos y la prensa mainstream de “sensacionalismo quita y pon” se empecinan en codificar la problemática contemporánea: “Todo estaba tranquilo y, de repente, algo pasó ¿Por qué ha pasado? Es un misterio absoluto para la policía y para todo el mundo.” Para los realizadores de Handsworth Songs, los disturbios no eran un misterio en los ochenta y no lo serían ahora.  Simplemente,  ese no parece ser su principal foco de atención. Como afirma Ann Ogidi describiendo una secuencia del documental en el que se muestra al público de un programa de televisión esperando a que éste comience, observando con curiosidad los mecanismos de construcción del mismo, el film destripa la manera en que el significado se construye a través de una serie de disposiciones retóricas  e ideológicas. Anclado en la veracidad inequívoca y recontextualizada de imágenes de archivo y testimonios contemporáneos, Handsworth Songs va más allá de lo ensayístico  y lo puramente abstracto,  combinando técnicas narrativas,  figuras metafóricas y modos audiovisuales diversos que, a través de yuxtaposiciones inopinadas, retratan la perversidad de la desigualdad racial. De este modo, se adentra en una sociedad enfermiza donde el color de la piel a menudo dicta no solamente quién es uno, sino también quién puede llegar a ser.

FICHA TÉCNICA
Director: John Akomfrah
Guión: Black Audio Film Collective
Fotografía: Sebastian Shah
Producción: Black Audio Film Collective
Jefa de Producción: Lina Gopaul
Música: Trevor Mathiso
País y año de producción: Inglaterra, 1986

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