Lourdes Portillo. Cómo filmar al diablo

Tardé diez años en ver El diablo nunca duerme (1994) de Lourdes Portillo (“Luli”). Sólo conseguí una cinta VHS con el fragmento inicial del filme. Lo mastiqué una y otra vez, escuchando la conversación de Luli y Ofelia. Un sutil detalle en el sonido, un cambio en el tono de voz de Ofelia, hacía que lo atemorizante se cuele por una ranura del cementerio: -“¿Qué pasó de qué?” – responde Ofelia desafiando a Luli.


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“Diez años después, los mismos cambiaron, siempre hay que filmarlos”.
Jean-Louis Comolli

Tardé diez años en ver El diablo nunca duerme (1994) de Lourdes Portillo (“Luli”). Sólo conseguí una cinta VHS con el fragmento inicial del filme. Lo mastiqué una y otra vez, escuchando la conversación de Luli y Ofelia. Un sutil detalle en el sonido, un cambio en el tono de voz de Ofelia, hacía que lo atemorizante se cuele por una ranura del cementerio: -“¿Qué pasó de qué?” – responde Ofelia desafiando a Luli.

Lourdes Portillo encuentra a su diablo en esta conversación telefónica. A partir de aquí crea una obra autoreferencial, donde el autor filma a su familia en primera persona, desnudando sus dramas, desde adentro. Hay que resaltar su osadía ya que fue una pionera que salía totalmente de las normas básicas y de cierta monotonía que seguía en aquellos años el documental, donde era casi un pecado que apareciera el autor. Había algo de revolucionario en pararse dentro del cuadro. Hoy, podemos decir que vimos (y vemos) varias películas en este borde inter-subjetivo, y muchas obras con autorreferencias, que en los mejores casos pretenden guiar al espectador a vivir las emociones que vivió el autor y en los peores son simplemente egocentrismo.

No fue casual que esta película con toques de melodrama y cine negro fuese iniciada por teléfono, ya que Portillo solía alimentarse de las historias mexicanas que escuchaba de sus padres, como la controvertida muerte de su tío Oscar que se apresuró a investigar en El diablo nunca duerme. Más tarde, fueron sus padres quienes le hablaron de la cantante Selena y también hizo una película sobre ella y quizá fue su madre quién comentó en la mesa antes de cortar el pan sobre el pequeño artículo de las mujeres extraviadas en la Ciudad de Juárez que dio inicio a Señorita Extraviada.

En El diablo nunca duerme quizá hay una secuencia que hace dudar al espectador: Portillo, en la habitación del hotel, grabando la conversación telefónica con Ofelia, en presencia de su equipo técnico. Aquí oímos a Ofelia decir entre otras cosas, que no acepta salir en la película. No da autorización. Pero Portillo la integra, utilizando como recurso, el doblaje de la voz de Ofelia por una actriz y conservó una migaja de la primera conversación, como un trozo de piel o una evidencia que mostrara su moral. Sus miradas cómplices con el equipo técnico, evidencian el momento exacto donde ella asume que debe guiar el relato, que el espectador vivirá la película a través de ella. Antes de este momento era Ofelia la supuesta estrella. Desde aquí ya no hay vuelta atrás, la decisión está tomada y la postura de la directora es cada vez más firme. Claramente, hemos visto al diablo, al malo, o mejor dicho, hemos visto la representación de quién hasta aquí nos ha guiado.

Cada diablo tiene su diablo
Las fotografías de la familia en El diablo nunca duerme se presentan en lugares cotidianos, la arena o contra el cielo y el relato se ve enriquecido con puestas en escena de elementos caseros como el tractor en el agua, que dan vida al imaginario de L. Portillo y también retratan al Tío Oscar. La telenovela es otro elemento utilizado “porque en Chihuahua se vive así”. Portillo no se detiene en reflexiones intelectuales al respecto, las incluyó porque cuando iba a las sesiones de acupuntura, las enfermeras y los doctores desaparecían progresivamente dejándola allí tendida. Un día los siguió y vio que estaban todos viendo la novela de las tres de la tarde. Esa novela tenía la misma trama que la película que estaban filmando. “Lo más natural era incluirla”, manipular los elementos como en una telenovela.

Dice J.-L. Comolli: “Filmar es recorrer un tiempo de experiencia donde la relación de un sujeto con su cuerpo y su palabra, a la vez se despliega e intensifica. La filmación hace detectable una dinámica de encarnación de los motivos del pensamiento: Expresión-Represión. Escondido-Exhibido.”

El diablo conoce este juego macabro del cine y opta por no ser filmado. Intuye que el cine no puede hacer otra cosa más que observar su piel, su carne, sus huesos, sus palabras y hasta su alma. No hace falta forzar nada, sólo pasar el tiempo, estar allí con la cámara y aguantar su mirada. El diablo no podrá soportar poner en evidencia sus propias contradicciones.

Su filmografía está inundada de historias muy duras. En Las Madres el diablo aparece en forma de cuerpo político, represor y cada una de las madres era protagonista de una historia desgarradora. Los personajes elegidos por intuición, empatía o relación de proximidad acceden a ser filmados en un momento muy delicado, de dictadura, de represión. Cuando un personaje accede a ser filmado, se firma un contrato verbal con él, un contrato de confianza, donde el protagonista se compromete a contar su verdad y el director a tratar su verdad con la mayor generosidad posible. Pero ¿cómo se firma un contrato con el diablo? ¿Habría que venderle el alma? “Cada diablo, tiene su diablo” dice L. Portillo. No se puede negar que todas sus obras desbordan valentía. Su coraje la lleva a lo profundo de la penumbra, a lo más turbio y denso del ser humano. Ella resalta la importancia de mantener una distancia suficiente con su propia historia, su persona, tener apoyo externo y no involucrarse tanto para no caer en el abismo. En Señorita Extraviada se sienten estas oscuridades, conciencias vendidas, almas en pena, la mujer reducida al valor más insulso y el silencio que se convierte en cómplice. El interés de L. Portillo en cada historia, cada palabra, cada persona, es genuino, noble, no mecánico. Su humanidad es fuerte. Quizá sea éste su amuleto contra el diablo, su agua bendita, su arma secreta.

Lourdes Portillo, nacida en Chihuahua, fue una los cuatro cineastas que dictaron una Master Class en Barcelona con motivo del décimo aniversario del Master en Documental Creativo de la Universidad Autónoma , y el aula, a pesar de ser la misma parecía más pequeña. Ella se acercaba con vivacidad e interés a quienes tenía enfrente. Su actitud franca desmitifica el cine, cambiando el concepto de clase por el de conversación. Cuando la vi por la tarde, se veía diferente, su ropa parecía más holgada. Me dio la impresión de que esa mañana, se había vaciado completamente frente a nosotros y pensé que debía ir a descansar. Al final, el que el diablo nunca duerma, y siga haciendo de las suyas las veinticuatro horas, termina siendo otra ironía más de este mundo absurdo en el que vivimos.

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