Our daily bread

Dentro de la iniciativa Mes del cine solidario organizada por la distribuidora española Karma Films, el 13 de marzo se estrena en España el excelente documental del director austriaco Nikolaus Geyrhalter Our daily bread (2005), una contundente disección de la mecanización e industrialización de la agricultura y la ganadería en los países desarrollados cuyos escenarios anónimos son campos, granjas y piscifactorías repartidos por toda Europa.


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Our Daily Bread

Dentro de la iniciativa Mes del cine solidario organizada por la distribuidora española Karma Films, el 13 de marzo se estrena en España el excelente documental del director austriaco Nikolaus Geyrhalter Our daily bread (2005), una contundente disección de la mecanización e industrialización de la agricultura y la ganadería en los países desarrollados cuyos escenarios anónimos son campos, granjas y piscifactorías repartidos por toda Europa. Y, frente a las posibles suspicacias que podría despertar el adjetivo “solidario” acuñado por la distribuidora para la promoción de éste y otros tres filmes, cabría apostillar que, efectivamente estamos ante un documental de denuncia en tanto que visibiliza procesos que nos atañen y que generalmente permanecen vedados al público, pero que su principal valor radica en recurrir a la ironía, y su consiguiente distanciamiento, como principal figura retórica con la que enunciar su crítica.

La cámara de Geyrhalter hace suyos los mismos principios de asepsia, estilización y deshumanización que rigen la producción actual de alimentos. De hecho, la mayoría de sus planos, perfectamente compuestos y fotografiados, podría formar parte de un vídeo industrial en el que se ensalzara la higiene, el control de calidad y el alto grado de desarrollo tecnológico alcanzado por estas empresas.

Planteado como un documental observacional que elude cualquier entrevista, narración o diálogo in situ, Our daily bread ofrece una serena, distante y minuciosa descripción visual de espacios, en ocasiones, monumentales, surrealistas (los paisajes plastificados de El Ejido) o futuristas (los laboratorios de las granjas vacunas). Combinando los planos estáticos con largos travellings– con frecuencia realizados gracias a las cadenas, tractores y otra maquinaria de granjas y fábricas-, el director crea una “sinfonía industrial” cuya estructura responde al seguimiento de los diferentes procesos (alimentación, reproducción, selección, muerte y descuartizamiento de animales; riego, fumigación, recolección y empaquetado de vegetales), a la captación de la coreografía de los mismos dictada por el tempo continúo de las máquinas y a la búsqueda de rimas visuales entre los diferentes espacios.

La cuidada composición de sus encuadres, que busca casi siempre la simetría a través de líneas de fuga que convergen en el centro del plano, enfatiza la perfección adquirida por este sistema de producción, el aprovechamiento del espacio como paradigma de esta “geometría de la eficacia”. Así encontramos sugerentes paralelismos entre las tomateras que se yerguen como columnas infinitas bajo un invernadero, la disposición de los trabajadores que manipulan pollos junto a una cadena y la de los inmigrantes en autobús yendo hacia un campo. Una homogeneidad estética, en ocasiones alucinada (como los impolutos y espectrales pasillos de un laboratorio que recuerdan al corredor de Serene Velocity de Ernie Gehr), pareja a la actual estandarización industrial: apta e idéntica a la hora de producir verduras, huevos o carne.

Y, junto con la lógica de la eficacia, el filme revela la lógica de la higiene y la calidad: las técnicas de control que implican una mecanización y deshumanización de actividades hasta hace poco consideradas vitales y naturales. De este modo, la reproducción pasa a ser un proceso meramente productivo (resulta clave la escena en la que se recoge el semen de un toro), los partos se realizan por cesárea, el amamantamiento se lleva a cabo mediante una precisa tecnología y la muerte apenas deja ya rastros de sangre.

Mientras, la figura humana aparece en este contexto high-tech como una pieza más del engranaje, tan impasible frente a los gritos de los animales que manipula como inexpresiva frente a la cámara del documentalista que la retrata. En Our daily bread, el director no enfatiza una posible supeditación del hombre a la máquina, sino la perfecta y desconcertante interacción que ambos han logrado, llegando en ocasiones los trabajadores a convertirse en seres semi-orgánicos, cuyas extremidades han sido prolongadas y perfeccionadas a través de grandes brazos cortantes o plataformas móviles mediante las que se desplazan. El punto álgido de ironía lo encontramos cuando el director pone en escena a muchos de estos trabajadores en su momento de descanso, es decir, durante la comida. Unas escenas que, si en un principio pueden provocar irritación, por acumulación y comparación acaban alcanzado todo su sentido: el back-stage de este escenario uniforme, anónimo y global no es desde luego el mismo para una trabajadora alemana que para un inmigrante subsahariano.

A pesar de que sea hacia el final cuando encontremos las escenas de mayor crueldad, aquellas que ponen en evidencia la espeluznante perfección que ha adquirido la industria de la muerte (en este caso aplicado a terneras), Our daily bread mantiene a lo largo de sus 90 minutos su rigor descriptivo y plástico sin atender a progresiones dramáticas o temporales. Como en el mejor cine directo, estamos ante una película-mosaico cuya fuerza radica en la acumulación de momentos reveladores para componer un desolador fresco de los bastidores de nuestra sociedad del bienestar y del desarrollo. Pocas veces la estética de lo impecable había sido tan implacable.

FICHA TÉCNICA
Dirección y fotografía: Nikolaus Geyrhalter
Guión: Wolfgang Widerhofer, Nikolaus Geyrhalter
Montaje: Wolfgang Widerhofer
Sonido: Stefan Holzer, Andreas Hamza, Hjalti Bager-Jonathansson, Ludwig Löckinger, Heimo Korak, Nicole Scherg
Producción: Nikolaus Geyrhalter, Markus Glaser, Michael Kitzberger, Wolfgang Widerhofer
Productora: Nikolaus Geyrhalter Filmproduktion GMBH
País y año de producción: Alemania, Austria, 2005

Un Comentario

  1. anonymus 27/07/2008 | Permalink

    “La invención de la máquina de vapor en 1765 y el taylorismo que le siguió se tradujeron por una aprehensión de los cuerpos como instrumentos de trabajo al servicio de la máquina. La industrialización del trabajo, en el transcurso del siglo XIX, invirtió los términos de la metáfora mecánica: la máquina se convierte en sujeto y en organismo. Los obreros, pasan a ser simples órganos conscientes que se ajustan a los órganos inconscientes del mecanismo. El trabajo resulta de este empalme de miembros naturales y mecánicos.”
    Beatriz Preciado en Manifiesto contra-sexual, p129.

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