- B L O G S & D O C S - http://www.blogsandocs.com -

Nescafé-Dakar

Nescafé-Dakar

TRES HERIDAS
Hay dos tipos de documentalistas que encuentro especialmente misteriosos: el que se abandona al viaje (el exiliado, el flâneur, el caminante solitario); y el que se somete disciplinadamente a las decisiones, muchas veces dolorosas, que el azar toma por él (es decir, el que parece no poder o no querer decidir). Son el cineasta errante y el cineasta herido. Hasta Nescafé-Dakar (2008), Lluis Escartín [1] pertenecía, según mi opinión, a la primera categoría, especialmente por tres películas (Texas Sunrise, 75 Drive-a-way y Mohave Cruising) y un cierto vagar reconocible en el pulso inquieto de otras obras. También Nescafé-Dakar arranca con un plano que como una nota perdida remite a esa trilogía errante: un viaje en automóvil por una carretera que cruza perpendicular el desierto. Pero conviene no equivocarse: ese plano es realmente un acorde de final. Esta vez el coche (una ambulancia) no conduce al cineasta más allá del horizonte, sino que le lleva al hospital de Dakar, después de haber sufrido, junto a su amigo Cesare Costanzo, un grave accidente. El viaje ha terminado. A partir de ahí comienza la historia del cineasta herido o de cómo un director se gana el derecho a filmar África. Este texto pretende ser una breve crónica de esa transfiguración.

Si rastreamos en las causas necesarias, hay que decir que Nescafé-Dakar es directamente el resultado de un golpe de la realidad: la descripción de la convalecencia del cineasta y su compañero de viaje en la habitación de un hospital de Dakar. Sin el accidente, sin ese contratiempo fatal, la película no sólo no existiría, sino que no podría existir aunque lo quisiera el cineasta. Escartín nos muestra brevemente el traslado en ambulancia, pero, inmediatamente después del título, su cámara queda confinada en la habitación de la clínica, mirando por la ventana, con la resignación de quien no puede hacer otra cosa sino ver pasar el tiempo y esperar a que sanen las heridas. Trece breves secuencias, como trece estaciones, dan cuenta de esa lenta mejoría.

Ahora bien, en ese proceso de curación quedan tres llagas abiertas como prueba de que el accidente, la realidad, también ha golpeado la mirada del cineasta de manera definitiva y quizá irreversible. Así, al mismo tiempo que cuida de su amigo (llevan veinte años trabajando juntos), Escartín debe atender también las demandas, las preguntas, los gemidos, la parálisis de la cámara. Digamos de forma genérica que la hermosa honestidad de Nescafé-Dakar tiene su razón de ser precisamente en la herida que la realidad infringe al cineasta a la hora de enfrentarse al mundo y que se concreta en toda la serie de cortapisas que debe afrontar; en los lastres que el director no elige y le vienen dados y que condicionan la película; en las decisiones del azar que asume con todas las consecuencias. El amigo herido y la cámara doliente: ¿qué filmar? ¿desde dónde? y, sobre todo, ¿con qué derecho? Tres heridas que se manifiestan como tres renuncias. La primera tiene que ver con el sitio de la cámara: Lluís Escartín se ve obligado a grabar desde un lugar que él no ha elegido y que aparece como una imposición del mundo. La segunda se refiere a su altura y angulación (tampoco decidida por el cineasta), mirando de arriba a abajo, estableciendo una relación vertical que hace imposible el diálogo entre la esfera de la calle y la de la habitación. Dos mundos, dos hemisferios, alejados, distantes, imposible de encontrarse en un cruce de miradas, en un plano-contraplano montado en el eje, en un diálogo espontáneo y no previsto, tal y como sí había ocurrido en otros filmes del director. La tercera herida afecta a la imposibilidad de atrapar lo visible. La cámara mira (sobrevuela la calle) sin atarse a nada, sin comprometerse con ninguno de los personajes, incapaz de retener el tiempo, de ordenar el flujo de la vida que se cuela entre sus dedos. La cámara se sabe extraña, extranjera, exiliada; se sabe pasajera. Y, así, maniatada por las restricciones formales, se deja atravesar por el mundo: lejos de imponer un punto de vista, simplemente señala una fuga por donde lo real se escapa para siempre. Y Escartín lo acepta con hermosa sumisión: no busca repeticiones ni comportamientos cotidianos que tengan una consistencia estructural para el film, no se empeña en reconocer rostros, en volver a ver a aquella mujer que pasó fugaz, en recomponer el ritmo secreto de esas vidas, en saber más de aquel niño, en preguntar por una ausencia que se hace evidente. No quiere dar sentido ni respuestas. Un puesto ambulante de venta de café es el único elemento constante y reiterado, la única boya, el único mojón permanente, el único letrero que nombra esa encrucijada: Nescafé-Dakar. Como el París-Texas de Wim Wenders, Nescafé-Dakar es el centro de un lugar al que llegar es imposible para nosotros.

La película de Escartín es, pues, el resultado de esta triple herida, de estas renuncias, de todas estas imposiciones. De ahí que el resultado (el agua que se destila entre estos intersticios) sea de una honestidad primitiva, absolutamente incuestionable, sólida, informe, densa. Es probable que, en el fondo, Escartín nos muestre en Nescafé-Dakar la única imagen posible, la única película posible: la única que el mundo ha consentido al director. Como si la mirada occidental tuviese que abonar un tributo para mirar a África; como si sólo los cineastas heridos se ganasen el derecho a filmarla; como si hubiese que pagar el precio de una amputación o dejarse marcar por la cicatriz. La cicatriz, precisamente, como última frontera antes de poder mirar. Así es la película de Escartín. Pienso en el cine poseído de Jean Rouch y en Raymond Depardon, por supuesto, como cineastas que atravesaron este rito de aceptación para rodar una imagen de África. Recuérdese Afriques: Comment ça va avec la douleur? [2] : cada vez que en su viaje por el continente llega a un nuevo destino, el director francés planta la cámara de manera ritual y traza una panorámica circular, como un acto de justicia ante lo visible, como un signo de respeto y perdón, como una declaración de su propia impotencia: “Porque seleccionar un encuadre significaría descartar otros. Y, ¿quién soy yo para hacerlo?”. Nescafé-Dakar pertenece a esta estirpe de obras que asumen la prueba (incluso física, como expiación) de tener que ganarse el derecho a mirar y filmar al otro. La formulación cinematográfica de por qué cuando miramos a África simplemente no la vemos.

Nescafé-Dakar de Lluís Escartín se presentó en la pasada edición del Festival Punto de Vista [3] dentro de su sección Heterodocsias

FICHA TÉCNICA
Dirección, cámara y montaje: Lluís Escartín
País y año de producción: España, 2008