Europa 2005, 27 de octubre

Europa, 27 de octubre de 2005. La revuelta se extiende por los suburbios de París. Las causas son conocidas, los efectos lo son aún más. Son los frutos maduros de las políticas excluyentes, son la repetición atemporal del no future a la francesa que golpeó nuestra mirada en La Haine (Mathieu Kassovitz, 1994).


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Europa, 27 de octubre de 2005. La revuelta se extiende por los suburbios de París. Las causas son conocidas, los efectos lo son aún más. Son los frutos maduros de las políticas excluyentes, son la repetición atemporal del no future a la francesa que golpeó nuestra mirada en La Haine (Mathieu Kassovitz, 1994).
Banlieu es el nombre que se da en Francia a los suburbios. No son barrios marginales sino ciudades sin infraestructuras, zonas urbanas sensibles donde domina la precariedad en todos sus frentes. En la banlieu parisina viven más de 7 millones de personas. Las autopistas periféricas de la capital ejercen de frontera entre el primer y el cuarto mundo.
En los suburbios sus habitantes más jóvenes se dedican a matar el tiempo.
Un grupo de jóvenes estudiantes de secundaria vuelven de jugar al fútbol un jueves de octubre. Las risas después del partido se trocan en nervios y confusión al paso de un coche policial. Pero en Clichy-sous-Bois existe un común denominador ante las identificaciones policiales: si no quieres ser humillado, corre. Tres de ellos entran en un callejón, trepan por una subestación eléctrica y se electrocutan. Zyad Benn (17 años) y Bounna Taroré (15) fallecen al momento. Metin, inmigrante de 23 años en proceso de regularización, sufre quemaduras graves.
La reacción luddita no se hace esperar. Esas muertes no son la causa de los disturbios sino el detonante. La furia de los que nada tienen que perder se enciende e ilumina a su paso con un reguero de gasolina y fuego los cinturones de las ciudades francesas. En la noche no quedan sueños, los atemorizados habitantes de las citès vigilan desde la ventana de sus casas que su coche no sea pasto de las llamas mientras que sus hijos queman los coches de otros vecinos, un par de manzanas más allá. La guerra abierta con la gendarmería desemboca en un caos generalizado torpemente gestionado por el entonces ministro de Interior. La canalla no respeta nada: miles de coches, mezquitas, sinagogas, iglesias, centros comerciales, escuelas, agencias bancarias, comisarías son objeto de razzias nocturnas duramente reprimidas por los CRS. Hay heridos de bala y varios miles de detenidos por todo el país. La tolerancia cero funciona en ambos sentidos. Se proclama el toque de queda en París, Marsella, Lyon, Toulouse. Las familias de los detenidos dejarán de recibir ayudas sociales. Los imanes publican fatwas condenando la violencia. El mundo entero mira ahora a jóvenes banlieusards que ahora se saben centro de atracción de aquellos que siempre les miraron con desafección: “Preferimos morir rodeados de sangre que de mierda”.
En los suburbios sus habitantes más jóvenes se dedican a matar el tiempo.

Europa 2005, 27 de octubre. Estación eléctrica en Clichy-sous-Bois. La cámara ascética de Jean-Marie Straub se mueve lentamente hacia la derecha. “Stop. Ne risque pás ta vie” (no arriesgues tu vida) luce un letrero a la manera del grafitti. Nótese cómo un suave movimiento de cámara es un ejercicio de paso del tiempo en este pequeño tratado de cine.
En el principio no existía letrero, no existía muro, no existían manos teñidas de sangre. Donde hay hoy un muro ayer no lo había y para saber esto hay que volver para atrás. De ahí que vuelva sobre sus pasos la cámara, para recordar que no había muro. Recordar es un ejercicio de tiempo y silencio. La subestación eléctrica es la proyección en el tiempo de la chambre a gàz y de la chaise éléctrique (la cámara de gas y la silla eléctrica). Como decía ese otro maravilloso ilusionista, Rene Lavand, no se puede hacer más lento.
Ninguna de las palabras que se dijeron esos fatídicos días, ningún titular de prensa, ninguna voz que nos guíe entre buenos y no tanto. Nada de lo que hemos contado antes se hace explícito pero todo el rato ronda nuestra cabeza. Sólo silencio. Sólo tiempo pasando para abrazar nuestros pensamientos para que sepamos que hubo un sitio donde ocurrió todo. Es casi milagroso que el film se sostenga de ese modo. Sólo más muros pueden evitar ver el horizonte. Por eso el hombre los levanta, para ocultar sus vergüenzas. Por eso pasa tiempo, porque de lo que se trata es de crear un recuerdo. Hubo un sitio, siempre lo ha habido, en el que se pone punto final a los condenados. Esos chicos lo comprobaron porque lo eran. Nada mejor que el silencio para empezar a hablar.
El mundo real es donde el cine acontece. En el mundo real ocurrieron los acontecimientos comentados y aún otros peores, seguramente inimaginables fuera de los 16: 9. Pero ninguno de ellos aparece retratado en el tratado último a la postre de Huillet/Straub. Ningún linchamiento, coche ardiendo, persecución o justa demanda del lumpen. No, nadie, ninguno. Es la ausencia de sadismo y de complacencia llevada a su extremo o, como dicen, a su pureza. No hay ya lugar para la proclama política cuando yace la lápida. Para que recordemos que hubo un sitio donde todo ocurrió.
En los suburbios sus habitantes más jóvenes se dedican a matar el tiempo. Los siempre minoritarios Huillet/Straub se dedican a contenerlo.

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