Documental español en la 43ª edición del festival Alcances

El festival Alcances que se celebra en Cádiz tiene una apuesta única en el país, su competición oficial está dedicada en exclusiva al cine documental español. Es un evento de larga tradición y mucho mérito, al cual podríamos pedirle más apertura sobre la palabra documental, ideas más extremas en unos momentos de una España en los límites.


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Momentos extremos vs. películas clásicas

Decidí vistar el festival Alcances 2011 que se celebra en Cádiz (Alcances. Muestra Cinematográfica del Atlántico, 43ª edición) al haber estado en la edición anterior de manera muy fugaz y haberme llevado a casa buenas impresiones. Es un festival con un legado histórico, rico y peculiar, fundado durante el franquismo por el escritor Fernando Quiñones, gran amante de la cultura y persona de carácter y trayectoria tan valiente como especial. El festival Alcances ha vivido ya muchas etapas, siendo en sus inicios un festival multidisciplinar “antes de que se inventara esta palabra” (1). Actualmente su principal baluarte es la sección de competición que está dedicada única y exclusivamente al documental español (signo de exclamación), un camino que empezó en 2006. Viajé al festival atraído por esta singularidad.

Primera discrepancia: la palabra documental, en proceso de reinvención, podría ser entendida con más radicalidad, apertura, riesgo, en la programación de Alcances en general, importante responsabilidad que recae en manos de Javier Miranda. A mi entender, y más en épocas históricas de crisis económicas, políticas y sociales como la que vivimos, donde la cultura es segada a lo bruto y por los pies, me pregunto si no es el momento de plantear extremos, en todos los aspectos. Vivimos en la cultura y en el cine una sensación de que va a ser la última, comentarios de desesperanza por doquier, entre ellos de muchos realizadores que ven amargo su futuro. Esa sensación de que o somos radicales ahora o quizá no lo seremos nunca, si es que hay otra oportunidad. Y, por el contrario, un concepto clásico de documental, de lo real, dominaba casi toda la tría hecha para el festival.

En las secciones paralelas se mezcló una lógica relacionada con la actualidad (un ciclo llamado “Crisis” con películas del estilo La doctrina del shock, Winterbottom y Whitecroos, 2009) con también mucha presencia de cine documental español y latinoamericano, por ejemplo en la sección “Los fuera de la ley” la excelente película de remontaje de archivo El honor de las injurias, Carlos García-Alix, 2008, entre muchas otras. En estas secciones fuera de competición fue decepcionante la dedicada a Filipinas, donde faltaban todos los nombres, prometedores y consagrados, de una nueva generación de realizadores (qué importa que hagan ficciones, documentales, híbridos, obras inclasificlables, desde Raya Martin hasta el mismo Brillante Mendoza, pasando por Khavn de la Cruz, Adolfo Alix Jr., Lav Díaz y otros que seguramente desconozco). No puedo entender hoy en día una mirada al cine filipino contemporáneo con la ausencia de todos estos cineastas, sin desmerecer documentales como Imelda (Ramona Diaz, 2003), un biopic de la espantosa mujer del corrupto dictador Ferdinand Marcos. Añadamos que también hubo olvidos en lo que a miradas foráneas sobre Filipinas se refiere, como la ausencia de Vapor Trail (Clark) de John Gianvito, 2010, probablemente el documental más importante hecho sobre Filipinas por un extranjero como mínimo en los últimos diez años.

Alcances, que se sostiene con un presupuesto demasiado bajo por lo que merece, por su historia y por la eficacia, perfección y el desvivir con el que es llevado a cabo, podría ser el encuentro anual de referencia de la no ficción española. Esa es su elección, el documental español, y Cádiz es en septiembre un sitio inigualable para pasar unos días mágicos en un festival de cine. El empuje hacia creaciones más arriesgadas es a mi entender una regeneración necesaria en el documental, sino será absorvido del todo por el mediocre lenguaje televisivo y hundido por las dificultades económicas para levantar un proyecto. Unas apuestas más arriesgadas que también pueden llegar de parte de los cineastas, insistiendo en mandar sus rupturas al festival, llamar a sus puertas rompiendo moldes, pues realmente la propuesta exclusiva de este evento vale mucho la pena.

Apariencias y engaños, desmitificaciones

Dentro de este marco clásico establecido por el programa, la selección oficial, pero, tuvo buen criterio, sobretodo en lo que a retratos se refiere. Encontramos retratos sobre personas especiales o intensas. Pesó en la mayoría de ellos más el contenido que la estética. Por ejemplo, la ganadora del festival en la sección largometrajes, Esquivar y pegar, de Juanjo Giménez y Adán Aliaga, es una aproximación clásica a un personaje, el boxeador barcelonés Benito Eufemia, curtido en el ring y también en la vida, a base de golpes y de manejarse con ellos, como indica el título. Aunque el duro protagonista no carece de atractivo, el proyecto se encuentra lejos de la búsqueda estética mostrada por quien anteriormente había dirigido en solitario, Aliaga, largometrajes como La casa de mi abuela, 2005, o Estigmas, 2009. Fue El pésimo actor mejicano, de Manuel Jiménez Núñez, la propuesta que planteó más inquietudes cinematográficas usando un recurso no por ya conocido menos interesante. Un retrato en una sola toma, una “entrevista” (muy sui géneris) a Manuel Alcántara, poeta y periodista malagueño. Una sola toma, encuadrando al protagonista, que dura 52 minutos, supone un documental divertido y con mucha acción, paradójicamente. Por un lado, la prolífica labia de Don Manuel, un bon vivant, tranquilo, conservador, moderado, es encantadora para el espectador, quien resta atento para escucharle, sonreir e imaginar su vida, a lo largo del film. Y por otro, los mecanismos al desnudo de la entrevista crean un sinfín de pequeñas acciones que le dan una dinámica a la charla, la cortan, la desvían, la aligeran… Como la presencia invisible de las otras tres personas sentadas en la mesa, a los cuales nunca vemos pero deducimos, oímos sus voces, creándose un flujo de respuestas y miradas. O el vaivén de la conversación, interrumpida por el camarero a veces, donde la pregunta concreta a duras penas es respondida por el entrevistado quien lleva la conversación por donde le apetece, como esas teorías sobre el Dry Martini, eterno en sus manos, o muchas anécdotas y experiencias de vida contadas con parsimonia y elegancia.

En un polo opuesto encontré dos buenos retratos más. En estos dos casos la apuesta cinematográfica es más funcional, pragmática, pero en ambos destaca un montaje astuto. Las apariencias engañan, podría ser un título para ambas. Objetivo Braila de José Antonio Fernández Quirós (Pídele cuentas al Rey, 1999, Cenizas del cielo, 2008) empieza como un retrato de un chocante ex – policía reconvertido en taxista, Manuel, que bien podría ser primo de Torrente, y acaba siendo un análisis de la personalidad poliédrica y contradictoria del ser humano. Fernández Quirós arranca la película acompañando en el taxi a Manuel hasta Rumanía, pues está encabezonado en reconquistar una novia de allí. El protagonista, entrado en los cincuenta, mujeriego, tozudo y hombre de acción, buenos coches, gafas de sol, anillo grande y puro en la boca a lo Hannibal Smith de El equipo A, se gana la vida haciendo de taxista sobretodo entre ámbitos de prostitución. Las apariencias, las primeras impresiones, aunque parezcan reales y convincentes, son superficiales y engañosas. Lo que se nos presenta como un hombre firme, poco a poco desvela sus huecos y contradicciones. Del Manuel que mira a las mujeres sólo de manera lasciva, pasamos al Manuel de la honda amistad (con un amigo que le acompaña dentro del taxi, también largo amigo de la noche, que es un “secundario de lujo” en el documental). Saltamos de la lascivia a la discusión, de ésta a  la amistad eterna, y del enamoradizo y buscador de mujeres, al patetismo y la exposición pública de la soledad, en unos últimos veinte minutos sensacionales, cuando ya regresados a España de vacío, el aparente héroe masculino busca desesperadamente el amor y la felicidad. El montaje, dinámico y a trazos, muy certero sobretodo en el viaje en coche, acaba por darle un toque ligero (las apariencias engañan) y una pátina de humor a la película. Ésta forma parte de una trilogía. El segundo largometraje de la serie trata sobre las mujeres de Europa del Este que buscan casarse con varones españoles conociéndose a través de internet.

Otra de engaños y apariencias, otro documental excelente, El niño Miguel (Nacho Martín, codirector de El cerco, 2005, con Ricardo Íscar). Es el retrato de un guitarrista, Miguel Vega Cruz, de Huelva. En los primeros minutos del documental, el espectador, haciendo un esfuerzo para entender sus palabras balbuceantes, se deja llevar por los prejuicios y da por hecho que Miguel es una persona con muchos problemas con las drogas y que por eso será incapaz de pulsar una sola cuerda de esa guitarra aparentemente desvencijada. Pero no es así, como en el reciente El rito de Isaki Lacuesta, nuestros preconceptos sobre determindas imágenes o palabras no nos dejan llegar al bosque. Al escuchar las primeras notas que nacen de sus manos descubrimos, con gran emoción, que Miguel es un gran maestro de la guitarra, rotundo y absoluto. Y que su instrumento es su medio de vida y de comunicación con toda la ciudad, que le conoce y escucha con gran admiración.

Y más retratos aún que valen la pena. El absurdo, de Luis E. Parés, es una desmitificación del cine a través de una mirada familiar, de hijo a padre. El progenitor de Luis habla con desinterés de un cortometraje que filmó en su juventud. El realizador, ahora joven, apasionado por el cine y fascinado por el hallazgo de esta obra paterna, ve desmontado su pasión por el celuloide, descubriendo tras cada forzada pregunta un desengaño, sin hallar un camino genético o histórico a su amor por el cine. Filmada con mucha improvisación, el fresco desdén paternal enrarece la conversación tensa y, como nos apunta el título, absurda. Aún había más retratos que pude ver, gran parte del programa lo eran, y resaltaría algun comentario de La ciudad, de Gonzalo Ballester, compresión del tiempo en un cortometraje que resume la desazón de un inmigrante marroquí en España, llegado pleno de energía y acabado con final trágico, y Figura con paisaje, Jesus M. Palacios, transmite la filosofía de vida del protagonista, un hombre de campo alejado de la velocidad contemporánea, quien expone sus pensamientos de vida con una sorprendente (apariencias y prejuicios de nuevo) lucidez cercana a Thoreau.

Dentro de la abundante selección destacaría por interés formal Memorias, norias y fábricas de lejía, de María Zafra, película de archivo mezclando forma ensayística y entrevistas sobre inmigración andaluza en Catalunya. También It’s in your eyes (Sean Schoenecker y Sergio García Locatelli), un buen trabajo técnico con material de cine familiar que baila al son, triste, de una carta leída en off, tristeza del vacío y la ausencia de seres queridos. Y Notas de lo efímero, de Chus Domínguez, premio al mejor cortometraje, que habíamos reseñado con anterioridad.

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(1) Miranda, Javier. Crónicas Alcanceras. Alcances 40 aniversario. Fundación Municipal de Cultura, Cádiz: 2008.

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