Sip’ohi – El lugar del manduré

“Vienen, sacan sus cuadernos, sus grabadoras, sus cámaras. Sacan, juntan, y se van. Nunca más vuelven. Bueno, algunos vuelven, pero nunca se quedan”. En un momento de Sip’ohi – el lugar del manduré, un personaje llamado Félix realiza este punzante comentario acerca de las siempre difíciles relaciones entre el que filma y el que es filmado.


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“Vienen, sacan sus cuadernos, sus grabadoras, sus cámaras. Sacan, juntan, y se van. Nunca más vuelven. Bueno, algunos vuelven, pero nunca se quedan”. En un momento de Sip’ohi – el lugar del manduré, un personaje llamado Félix realiza este punzante comentario acerca de las siempre difíciles relaciones entre el que filma y el que es filmado. O lo que es lo mismo, si abrimos algo más el campo, entre el antropológo y el sujeto que es estudiado. En este sentido, el filme de  Sebastián Lingiardi testimonia el giro ineludible que ha tomado la disciplina en las últimas décadas. De la observación a la participación, de una mirada desde fuera a una construcción que se realiza desde dentro, con la inevitable colaboración de los propios sujetos, que ahora tienden a auto-representarse, que no dejan, en definitiva, que otro hable por ellos sin posible capacidad de réplica.

El filme asume, entonces, ese deseo de los protagonistas de contar su propia historia, y de hacerlo con sus medios y con sus propias formas. Es por ello que Lingiardi se hace a  un lado y sitúa un guía como centro del filme. Este es Gustavo Salvatierra, cuyo trayecto de vuelta de la ciudad a la comunidad wichí acompañamos de mano del filme. Una figura que se establece, por tanto, como mediadora entre filme y aquello que representa, acercándonos a un proyecto de recuperación de la memoria oral que se desenvuelve de forma paralela al filme de Lingiardi, y que continúa después de este. El filme acoge dentro de si una estructura compleja, casi de muñecas rusas, en donde filme y programa de radio se confunden.  De modo que, por ejemplo, los créditos se repiten tanto dichos como escritos al final, y las reflexiones de Salvatierra se confunden con las tomas de decisión del director, como en la reflexión sobre no mostrar imágenes de las historias de Takjuaj, verbalizada por el personaje y asumida por el filme como opción formal.

De hecho, el filme comienza con la figura de un personaje (que después identificaremos con Salvatierra) delante de un ordenador, justo antes de esa extraodinaria secuencia en la que se nos cuenta la historia de la creación del fuego (muy parecida a la de Promoteo, en cuanto el fuego se roba a un ser superior que lo domina, en este caso un tigre) mientras observamos en una pantalla la minuciosa realización de una hoguera encendida con unos palos. Magnífica abertura, que nos muestra por un lado el fuego como imagen fundadora del filme, asistiendo a una paciente iluminación de la propia película que tiene algo de mítico, y que nos recuerda el dispositivo de algunos filmes de Apichatpong Weerasethakul o de Raya Martin. Y por otro la idea de relato construido, recuperado para el presente gracias a los medios digitales, a una labor de reconstrucción, de recopilación. La imagen de Salvatierra delante del ordenador puntúa el transcurso del filme, de forma que este nos hace partícipe de sus dudas a la hora de realizar sus elecciones narrativas y estéticas.

Una cultura, la wichí, que se recupera en su mayor parte gracias a los relatos míticos que cuentan diversos personajes. El cuento como imagen de una cultura, que se presenta a si misma por medio de sus historias, recogidas por la tradición oral, y que es importante almacenar antes de que se pierdan. Porque si algo hay de fascinante en este filme, es la cadencia de la palabra hablada, que por momentos deviene la única protagonista, sin apoyo de ninguna imagen. Una palabra que transparenta una forma de pensar la realidad y que clama por su supervivencia. En ocasiones, incluso, una palabra que nos enfrenta con las dificultades de la traducción cultural, como en los cuentos dedicados a Takjuaj, que aparece como una divinidad risible, torpe, que provoca la sorna entre los propios narradores, que parecen a punto de estallar en carcajadas, y que nos cuesta interpretar como espectadores. O una palabra que también nos interpela como interlocutores, como en esa historia que uno de los personajes esgrime como metáfora de la forma de actuar de los occidentales con los indígenas y su legado cultural.

En todo caso, esos relatos se confrontan durante la mayor parte del filme con una serie de paisajes que los anclan en su entorno, que nos hablan de una forma de habitar el espacio. Así, el filme pone en escena la mirada de Salvatierra, de vuelta a su hogar, que muestra una serie de paisajes filmados con una cierta desgana, de forma en ocasiones quizás demasiado rutinaria, sin ánimo de crear un filme que tanga nada de pintoresco, donde la fuerza del paisaje articule la narración. Eso si, estos lugares, en donde abundan los caminos de tierra o las encrucijadas, aparecen constantemente atravesados por personajes que se cruzan, que acompañan al personaje principal, o que aparecen fugazmente, pero sin que el filme nos los presente. El paisaje, por tanto, no como protagonista, sino más bien ligado a esta idea de comunidad que lo atraviesa, que se hace presente en todo momento. Una comunidad que consigue a través de este filme complejo e irregular hacerse ver y contarse a sí misma, al tiempo que el cineasta reflexiona sobre las dificultades de esta presentación, de las barreras y la distancia que tenemos que salvar para acercarnos a aquello que vemos.

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FICHA TÉCNICA
Dirección: Sebastián Lingiardi
Guión: María Paz Bustamante
Reparto: Gustavo Salvatierra, Félix Segundo
Dirección de fotografía: Sebastián Lingiardi
Montaje: Sebastián Lingiardi
Producción: María Paz Bustamante, Sebastián Lingiardi
País y año de producción: Argentina, 2011

Sip’ohi – el lugar del manduré, de Sebastián Lingiardi, fue el vencedor del Gran Premio de la competición internacional en el pasado FID Marseille 2011

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