Remembranza del pasado de las revoluciones. Las anatomías de la melancolía de Chris Marker

Definir las cualidades del visionario periférico: oblicuidad, modestia, meditación, humor, compromiso crítico, apreciación retrospectiva de la experiencia. Su mente peripatética, en zig-zag viaja sobre (cómo no) los pies del gato, moviéndose furtivamente a través de multitudes de imágenes como exiliados.


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Artículo de Howard Hampton*

Definir las cualidades del visionario periférico: oblicuidad, modestia, meditación, humor, compromiso crítico, apreciación retrospectiva de la experiencia. Su mente peripatética, en zig-zag viaja sobre (cómo no) los pies del gato, moviéndose furtivamente a través de multitudes de imágenes como exiliados. Espectros acrisolados, entramados, surgen de cualquier parte – Moscú, Tokio, París, La Habana, Cabo Verde, del San Francisco de Vértigo, de Solaris de Tarkovsky, del ciberespacio, de tablas de Guija. (Sigo olvidando:La Jetée ¿es la arcaica “precuela” de Doce monos o la secuela en forma de ciencia-ficción de Laura?). Estos mensajeros fantasmas portan consigo geografías nómadas, impresas como tatuajes: “el mapa deviene el territorio”, inscribiendo las latitudes precisas y las longitudes de vidas tácitas, contradicciones ocultas, rastros reveladores. Una voz calmada, mesurada se hace oír sobre los ruidos puros de las guerras, la violencia política, las revoluciones implosionadas. Nos atrae con el tono confidencial, clandestino de un diminuto anuncio deslizado entre los mensajes personales del Pravda: estado de alerta lúcido busca compañía de similar inclinación, con miras a escapar de la pesadilla global de las ideologías kamikaze, las utopías nacidas muertas, la dominación por el consumo.

A través de un recorrido serpenteante a través – y surgido – del pasado, Chris Marker ha sido el más inclasificable de los directores: ¿unión caprichosa-mística-dialéctica entre Zen y Marx? ¿Un poeta de la zona siguiendo los pasos de la vida interior de la historia? ¿Documentalista de naturaleza siguiendo el rastro a la más elusiva de las especies en peligro – la subjetividad? Marker ¿es el más implacable forense del difunto y semiañorado siglo XX o el último de sus propagandistas? El cuerpo de su obra nos llega en sus propios términos heréticos, no tanto como una serie discreta de películas tanto como muchos capítulos esbozados apasionadamente. Llamemos a cada uno una “Voluta”, utilizando la nomenclatura de Walter Benjamin y la definición del Oxford English Dictionary: “Enrollado longitudinalmente sobre sí mismo, como una hoja en el capullo”. Uno por uno, pieza a pieza, sumándose a una única búsqueda perenne memorializando el sueño de una época que se desvanece ante sus ojos. Los híbridos cinemáticos, conversacionales y siempre en evolución de Marker (noticiarios, ficción, fotos-en-película de La Jetée, la gradual adopción de la plasticidad informal del vídeo), siempre parecen moverse en varias direcciones al mismo tiempo, dando vueltas una y otra vez sobre las mismas preocupaciones – nuestra época conforme a ella, y nosotros, ha pasado al trastero de la historia.

Une journée d’Andrei Arsenevich (2000), su tierno y elemental panegírico de Tarkovsky, ofrece un esbozo de la propia estética de Marker: “Andrei creció en una casa imaginaria, una casa única donde todas las habitaciones daban paso a unas otras y todas conducían al mismo corredor…”. Su obra puede considerarse el equivalente cinematográfico a los extensos, saturninos cuadernos de notas para el inacabado, literalmente, interminable Libro de los pasajes de Benjamin – pero transpuestos a un mundo donde el pasaje del vídeo e Internet han reemplazado a esas proto-galerías comerciales decimonónicas similares a catedrales y guaridas de flaneurs (1). Así la peculiar sensación de impresionante y al mismo tiempo agotada simultaneidad en La Jetée (1962), Sans soleil (1982) y Level Five (1997), esa cualidad dual de mirar hacia delante y hacia atrás, lo anticipatorio y retrospectivo revuelto junto en una forma superpuesta, de fronteras borrosas, y que se parece tanto a aquello en lo que la realidad se ha convertido. Tan cuidadoso editor como autor (como si el mundo fuera una biblioteca de descartes y negativos perdidos esperando a ser encontrados y restituidos a la vida), hace que los narradores lean esos collages de citaciones disgresivas y que saltan de un lado a otro intuitivamente, esas meditaciones, como si fueran cartas leídas en voz alta a los amigos ausentes o muertos (Tarkovsky, Alexander Medvedkin, tú o yo). Misivas compuestas por muchos tipos de fragmentos cinematográficos que son después enviadas amablemente y dispersadas por el mundo, con un lenguaje que es tan público como una manifestación política, tan recluso como una vida secreta y tan íntimo como una canción de amor.

(1) El titulo original de la obra de Benjamin, Das Passagen-Werk, y su traducción inglesa Arcades Project quizás remiten con menores ambigüedades que el término castellano “pasajes” a esas galerías y soportales que albergaban cafés y restaurantes y que transformaron la geografía urbana de París en el siglo XIX, a las que Benjamin se refería en su obra como manifestaciones paradigmáticas de lo moderno. De ahí las comparaciones que Howard Hampton establece (N. del T.)

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