Remembranza del pasado de las revoluciones. Las anatomías de la melancolía de Chris Marker

Definir las cualidades del visionario periférico: oblicuidad, modestia, meditación, humor, compromiso crítico, apreciación retrospectiva de la experiencia. Su mente peripatética, en zig-zag viaja sobre (cómo no) los pies del gato, moviéndose furtivamente a través de multitudes de imágenes como exiliados.


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Marker terminará su Le Tombeau d’Alexandre con un triste y chocante chiste que es un non sequitur: “Sabes cómo llaman a esos hombres”, dice de los vestigios finales de esa larga era heroica del cine soviético ya muerta – “Dinosaurios”. Una pausa que invita a sacar el pañuelo. “Pero sabes lo que les pasa a los dinosaurios:” – y en lugar de un pozo de alquitrán se nos muestra la imagen de una niña acunando un Godzilla inflable – “los niños los quieren”. El espíritu absurdo, libre en arenas movedizas, de Le Bonheur de Medvedkin regresa aquí como un extraño optimismo en el seno del colapso de la Unión Soviética: el final de la línea férrea abandonada hace tiempo, las jugadas que gasta la historia regresan a casa para pasar la noche. No hay en Marker palabras disyuntivas, no hay segregación entre los niveles de lo sagrado y lo profano: incluso en el éxtasis de agonía de Tarkovsky, descubre un regocijo latente, ironías existenciales que se encaraman sobre la zona más mate que inexpresiva que se encuentra entre el todo y la nada.

Los animales poseen un lugar especial y contagiado de alegoría popular en su corazón: los caballos reales y de pantomima sacados de Medvedkin, los lobos disparados desde el helicóptero en los últimos planos de Le fond de l’air est rouge. Y por supuesto esos gatos crípticos, el motivo favorito de Marker: el templo de los gatos en Sans soleil, las imágenes de la parada misteriosamente dignificada de atuendos medievales, las máscaras de hombres-gato que aparecen en Le fond (“El gato nunca está al lado del poder”). Emblemas de vigilancia, paciencia, serenidad, son los amuletos de buena suerte de Marker, que previenen de los instintos gregarios alimentados por el culto enmohecido a la personalidad, los mártires en alquiler, los funcionarios de la información, la irrealidad televisada, los juegos de Internet y otras distracciones apremiantes que surgen amenazadoramente en nuestras mentes despiertas o dormidas como el estallido muñeco japonés, burlón y kitsch de El grito de Munch que aparece frente a nosotros en Level Five.

Por supuesto tengo uno sentado en el rincón de mi cuarto de estar, también – un Grito que alguien me regaló como símbolo de una historia compartida, aunque la gorra del Ejército Rojo que ella compró en una tienda de recuerdos de la Plaza de Tianamen sigue cayéndose de la cabeza del pobrecito. Es también una especie de dinosaurio, y como aquel que la niña de Marker sostiene como un osito de peluche, si lo miras desde una cierta perspectiva, puedes casi ver “el agujero negro” de la historia condensado en su boca de una banshee (4) silenciosa. (Esa “O” es también la forma de un telescopio-catalejo que le gusta insertar en el plano: apuntando, como si lo fuera). “Por tanto este es el resumen”, diría un narrador de Marker: un artículo barato para mostrar cuánto significado puede restarse al mundo en una racha de producción masiva indiferenciada. Sin embargo esa misma cosa inanimada puede llenarse de significados personales, convertirse en un faro para el futuro, en un repositorio de la memoria, o en una piñata cuyas ilusiones están listas para reventar. La conciencia no es un tema ni un tropo en su obra – sus films respiran un aire no rarificado, incluso cuando algunas veces deban ponerse una máscara de gas para abrirse paso entre el hedor de las mentiras en descomposición.

Con Marker, el mismo movimiento que teje capas de evocación también las vuelve a deshacer; dirigiéndose a la belleza de las imágenes, además las interroga sin fin. Suma otra cualidad inefable a esa penumbra metafísica-materialista: el hecho de que sus films circulen tan poco, sean tan difíciles de rastrear, siempre como si se tratara de un encuentro casual. Entonces ¿es Marker el más grande de los directores vivos (aunque no haga “filmes” exactamente, o los “dirija” realmente en el sentido tradicional del término)? Contestaría que su obra, aunque irregular por su naturaleza exploratoria y de sentir su paso bajo la piel, iguala a los objetos de su pasión: Vértigo, Le Bonheur de Medvedkin, El Espejo de Tarkovsky. Pero no sucesivamente, sino todo a un tiempo, y algo más también. Hay una consciente sobreabundancia de tangentes, impresiones, sensaciones e ideas que van en contra de cualquier finura de envoltura estrecha, de la perfección encajonada, edificante. Es la firma del cine del último disidente, como una cruz rugosa de Malevich encontrada en un antiguo cuadro de Rublev, el futuro aún presente en el pasado y viceversa, la amarga y dulce canción de “los signos negativos de la vida”.

En otras palabras, el toque Marker.

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*Remembrance of Revolutions Past. Chris Marker’s Anatomies of Melancholy. Originalmente publicado en Film Comment, XXXIX/3, mayo/junio 2003, forma parte del libro recopilatorio de textos de Howard Hampton Born in Flames: Termite Dreams, Dialectical Fairy Tales, and Pop Apocalypses (Harvard University Press, 2007). Este artículo fue traducido al castellano y publicado en el libro Mystère Marker, María Luisa Ortega, Antonio Weinrichter (eds.) Festival de Cine de Las Palmas 2006, T&B Editores.

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(4) Espíritu del folklore irlandés que se aparece bajo forma de una mujer que gime como presagio de que alguien va a morir. (N. del T.)

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