Melancolía… y este mundo se acaba. 49 edición del New York Film Festival

“Occupy Wall Street” y el décimo aniversario de los atentados contra el World Trade Center han marcado una de las más interesantes y emotivas ediciones de los últimos años: película en 3-D por primera vez en la historia de “Views from the Avant-Garde”, homenaje y análisis del papel de la crítica cinematográfica, la melancolía en blanco y negro de Ben Rivers, la confirmación del adiós como cineasta de Béla Tarr, y el anuncio del cese del director de programación del Festival, Richard Peña.


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Como admite el director de programación Gavin Smith, ésta ha sido la primera vez en la historia de “Views from the Avant-Garde” en la que se incluído en su programación una película en 3-D. Se trata de Upending, dirigida por los artistas digitales de OpenEndedGroup (Marc Downie, Shelley Eshkar y Paul Kaiser), una obra que se puede describir como una pintura con luz en movimiento. Se trata de una nueva versión, acortada para el Festival, del trabajo que se presentó en el Experimental Media and Performing Arts Center,  EMPAC (Troy, Nueva York), en marzo de 2010. En Upending, zooms de acercamiento o alejamiento, de o desde la telaraña del 3-D, hacen que la imagen se distorsione en figuras que pueden recordar bien a las galaxias del universo, o a las pequeñas celdas en el interior del cerebro, o a un viaje por el mundo submarino, o a un recorrido por el tronco y las ramas de un árbol y, por extensión, de enteros bosques creados por miles de puntos de luz. La base de esta obra es la presentación de microcosmos de espacios, formas, y colores, representación y abstracción: cuando la cámara se acerca suficiente al objeto, éste se descompone en algo distinto, en un doble juego cubista de apariencias. Parece un ejercicio para experimentar con las reacciones cerebrales al intentar dar sentido a las posibilidades (y fronteras) del 3-D. Los objetos se pueden transformar en el momento en que son vistos. Si fotografiamos un objeto desde sus distintos ángulos y colocamos estas imágenes juntas hasta que crean una imagen, el espacio en tres dimensiones se revela a la mente. En este caso, los creadores de Upending no buscan la consistencia y estabilidad de los objetos, sino la belleza de la inexactitud, de lo inacabado, de lo frágil, y de lo imperfecto. La sensación de movimiento no es sólo física, sino también emocional, espiritual. Este movimiento pretende provocar en el espectador la sensación de que no sabe/puede predecir cuál va a ser la siguiente nota musical, igual que no puede predecir dónde aparecerá el siguiente punto de luz. Las imágenes se acompañan con una nueva grabación del cuarteto número 1 de Morton Feldman, interpretado por Flux Quartet, pieza que aporta cierta cualidad táctil a la imagen. Esta banda sonora ofrece un sonido gradual, que enfatiza el proceso de construcción de estructuras que crecen para al final, siempre, terminar derrumbándose.

También como parte del programa avant-garde, Betzy Bromberg ha presentado Voluptuous sleep, película concebida como un escape de la realidad, “pasar algo de tiempo en algún otro lugar”, un lugar que es, para ella, el mundo entre el blanco y el negro, entre la luz y la oscuridad, un mundo de círculos que forman una nueva galaxia. Sus imágenes juegan con detalles desenfocados que lucen como pinturas, y que rememoran las abstracciones de los artistas Georgia O’Keeffe y Mark Rothko.  Hipnotizadora meditación en dos partes, Voluptuous sleep incluye imágenes etéreas de  texturas que reinan en un mundo en el que la luz es la única respuesta. Bromberg filmó esta película en 16mm durante año y medio, en una pequeña área del jardín de su casa, y es capaz de mostrar asombrosos detalles imposibles de apreciar a simple vista, gracias al poder de las macro lentes. La segunda parte de la película es muy emocional, sobre todo por la rotunda presencia del sonido de violines in crescendo, que la directora quería presentar como si naciera directamente de la imagen, no sólo acompañándola.

Si Voluptuos sleep es una fiesta musical, Words of Mercury, de Jerome Hiler, es una fiesta del color. Hiler empezó su carrera artística como pintor abstracto expresionista, de ahí pasó al cine, y de ahí a la creación de vidrieras, inspirado por las vidrieras de las catedrales: “Dentro de una catedral”, explica Hiler, “todo es tan oscuro, que sólo pasado un poco de tiempo las formas y los colores se aparecen a la vista, y a la cámara. Me encanta jugar con mi cámara de 16mm, disfruto y aprecio su potencial, así que utilizo la misma película varias veces, sobre-exponiendo imágenes, para dar más intensidad a los colores. Esta idea de obtener los colores en su máxima intensidad es lo que me da mayor satisfacción. En una vidriera, los colores nunca se apagan. En el film, sí. Incluso para fundir a negro una secuencia, sumerjo el original en pintura negra”. En el mismo programa, a continuación, un elusivo Nathaniel Dorsky ha presentado The return: “El título de mi película no significa nada. ¿Cómo se llama tu perro? ¿Qué significa? No estás procesando esta película con la parte derecha de tu cerebro.” Dorsky filma jugando con las distancias y colocando capas de cristales y espejos entre cámara y sujeto/objeto, como un voyeur de las formas y el movimiento, o como un explorador del inconsciente, en el que el gesto más pequeño puede convertirse en una gran imagen: “Como el día es una distracción del sueño que tuviste por la noche”, sentencia Dorsky en un arranque poético. El título puede hacer referencia, como el director finalmente insinúa, a la obsesión por encarnar y reencarnar la realidad en la mente.

Al mismo tiempo que se presentaban todas estas películas (y más), la presencia de dos de los más populares, copiados y analizados críticos de cine, los americanos Roger Ebert y Pauline Kael, han estado muy presentes en la celebración del Festival. Ebert ha escrito sobre cine durante los últimos 45 años, y presentó varios famosos  programas en televisión sobre cine, que se convirtieron en referencia de masas. Como cuenta en sus memorias, tituladas Life Itself (Grand Central Publishing, 2011), Ebert aprendió que para comunicar hay que hablar a través de la cámara, no a la cámara… Recibir un premio Pulitzer por sus críticas no le ha hecho parar y aún escribe en Internet, en su incansable afán por compartir por qué y cómo las películas están hechas. A sus 69 años, y tras ser operado de un cáncer papilar tiroideo, Ebert se comunica a través de la voz computerizada de su ordenador, con la que explica: “Las críticas de cine no se deben de hacer para artistas o para otros críticos. Las películas pueden ser sobre cualquier cosa, así que las críticas también: puedes hablar de estética, de política, o de creencias personales”. El recuerdo de Pauline Kael se ha concretado en un homenaje del Festival de Nueva York para celebrar su legado y su entusiasmo por el cine, ahora que han pasado diez años desde su muerte. Los libros “Pauline Kael: A Life in the Dark” (Brian Kellow, Viking, 2011) y “The Age of Movies: Selected Writings of Pauline Kael” (Sanford Schwartz, Library of America, 2011) se acaban de publicar para analizar las enseñanzas de una crítica visceral, cuyos textos se vuelven a utilizar en las universidades de cine de los Estados Unidos (aunque ella repudiara al círculo cinéfilo académico), en un momento de vagos modelos periodísticos a la hora de engrasar, mejorar, explorar y pulir la dinámica de cómo aproximar las artes. La seña de identidad de Kael fue su obsesiva honestidad y pasión por el cine, su intuición natural para entender el proceso creativo, y su gancho para arrancar la sonrisa del lector con vehementes e incisivas (a veces despiadadas) opiniones que le pusieron, para lo bueno y para lo malo, en el punto de mira. Su voz podía ser como un cuchillo recién afilado, pero la sangre convirtió sus textos en referentes casi míticos. Su seguridad le hizo, además, convertirse en un modelo para mujeres aspirantes a escritoras o periodistas, sólo comparable a la influencia de Susan Sontag, y hoy, y en menor medida debido a la democratización de la crítica en Internet, de Manohla Dargis con sus artículos en The New York Times, en círculos donde aún el hombre tiene el poder de la exclamación, y el punto y aparte. Tres estilos completamente distintos de entender la crítica, pero igualmente contundentes. Kael, si no hoy, fue por entonces un ejemplo de combustión intelectual incapaz de ocultar lo que piensa de una película, y de las personas que la hacen. No le importaron lo más mínimo las reglas tácitas entre clubes de críticos y de cineastas para celebrar una obra sin pensarla, o para no expresar su verdadera opinión. Kael se atrevió.

Y sin duda esta edición del Festival de cine de Nueva York será también recordada por el anuncio del Director de Programación y cabeza de su Comité de Selección, Richard Peña, de abandonar su puesto organizativo cuando finalice la 50 edición en el año 2012, el que será su cuarto de siglo trabajando con el Film Society del Lincoln Center. No es secreto que Peña es el alma del Festival. Como ejemplo, Béla Tarr viajó a Nueva York dos días sólo por no defraudar a su amigo Richard y, como él, otros muchos han convertido el Lincoln Center en el lugar obligado para presentar, año tras año, sus películas. Richard Peña: “Trabajar para el Festival ha sido mucho más que un sueño convertido en realidad, pero en los años que me quedan me gustaría explorar otras áreas de interés, ambos dentro y más allá del cine. Además siento que, como en cualquier otra institución cultural, un cambio puede ser importante porque atrae ideas frescas y nuevas formas de aproximar y liderar el Film Society en los 50 años venideros”.

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