Las ferias

A simple vista, el cortometraje documental Las ferias (1966) es distinta a toda la obra restante de Viota: una multitud de planos muy breves que observan gestos, movimientos, figuras… Una apariencia de desorden, de simple trabajo de observación por parte de un joven amateur. A pesar de esto, Las ferias es, ya, un film de Paulino Viota. Ello se percibe principalmente en su estructura, la obsesión fundamental del Viota realizador y analista.


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En 1965 Paulino Viota, por aquel entonces un joven santanderino de 17 años de edad obsesionado por el cine, intenta realizar dos cortometrajes mudos con la colaboración de varios amigos y una cámara de 8mm., propiedad del padre de un amigo. Uno es un film cómico, al modo del slapstick, el otro la ilustración de una pesadilla en la que un hombre es perseguido por la bahía de Santander. Sin embargo, al recibir la película revelada, Viota se encuentra con la sorpresa de que la mayor parte de la filmación ha resultado velada.

Un año más tarde su padre, conocedor de la ya entonces clara determinación de su hijo de ser director de cine, le compra una cámara de Super 8. Viota realiza algunas pruebas con ella y comprueba su eficacia: esta vez, el revelado devuelve las imágenes efectivamente registradas. Con esta nueva herramienta, una modesta empalmadora y un cassette portátil, emprende el proyecto de rodar su primera película.

Esta acabará resultando una rara avis dentro de su filmografía: su único documental, y su única película realizada en solitario. Deseoso de hacer algo sencillo y de no implicar a nadie de momento tras la decepción del año anterior, Viota pone su atención en las ferias que aún hoy recalan en Santander cada mes de julio, y que tenían entonces su recinto a dos pasos de su casa. A simple vista, Las ferias es también distinta a toda la obra restante de Viota: una multitud de planos muy breves (una media de dos o tres segundos), que observan gestos, trabajos, movimientos, paseos, figuras… Una apariencia de desorden, de simple trabajo de observación por parte de un joven amateur, pero a pesar de esto, Las ferias es, ya, un film de Paulino Viota. Ello se percibe principalmente en su estructura, la obsesión fundamental del Viota realizador y analista: montaje de las ferias, 2 jornadas, excurso a las playas de El Sardinero, una jornada más, desmontaje. Todo enmarcado por dos planos simétricos.

El primer plano de la película, y por ende de la obra de Paulino Viota, está tomado desde la azotea de su casa: desde allí se divisa la Plaza de las Estaciones, por aquel entonces un amplio solar situado frente a las estaciones de tren en el que se ubicaba el recinto ferial que era ocupado durante dos semanas cada verano. El plano muestra la bahía de Santander y, por un movimiento a la izquierda, entra a mostrar la ciudad y, en el centro del encuadre, la plaza. Enseguida, un zoom la aproxima: un simple solar de suelo terroso, vacío. Después comienzan a montarse las ferias, algo a lo que Viota dedica aproximadamente 5 minutos. Primeros camiones, hombres, mujeres y niños vaciándolos y montando las atracciones. Las primeras imágenes de esta parte ya aparecen marcadas por el leitmotiv de la película- y de la ciudad-: la lluvia. Sobre el constante fondo sonoro que unifica los distintos planos, la voz de Viota, neutra y firme, no deja de subrayarlo: “La lluvia, su peor enemigo [de los feriantes], los recibe dificultando mucho el trabajo de construcción de los puestos, que pese a ella, debe continuar para estar terminado a tiempo”. Muchas imágenes muestran este trabajo, en ocasiones vigilado/supervisado por el empresario, casi siempre en planos generales donde además de  los trabajadores se observa a los paseantes, observadores varios, niños que juegan, mujeres que cocinan…

Viota no se dedica a filmar a lo largo de todas las ferias (1), o al menos no nos muestra una simple colección de planos abarcando sus dos semanas de duración. Al contrario, de momento se limitará a mostrarnos dos jornadas, estructuradas cada una de forma idéntica en mañana, tarde y noche, pero la segunda de forma más breve que la primera- casi 10 minutos de una frente a los 3 de la otra. Viota se preocupa por mostrar el ritmo de la feria, que es a la vez el de la vida de aquellos que viven en y de ella, vida que se confunde con el trabajo. Lo cual indica que ya el Viota de 18 años tenía el interés por las repeticiones que le ha caracterizado siempre y por la idea, siquiera incipiente, de que estas son una herramienta bien útil para mostrar el trabajo, de modo que, aunque a partir de ahora no sean los trabajadores los más atendidos por la cámara, y que lo único permanente sean las atracciones, inmóviles ante el ir y venir de múltiples gentes anónimas, el conocimiento del trabajo de la construcción de estas, sumado a la insistencia en la repetición incesante del mismo ritmo vital y laboral, para colmo doblemente significado debido a su inevitable contraste con los veraneantes y “desocupados”, ayuda a no perder nunca la dura base de las ferias, su fondo perpetuo de vidas sujetas a constantes viajes, sometidas a los azares del tiempo. La estructura, de este modo, constituye el pilar fundamental del film, el que consigue, a pesar de la variedad de las imágenes, en muchas ocasiones divertidas o simplemente curiosas, transmitir una visión de las ferias que no lo es tanto.

Al mismo tiempo, este planteamiento repetitivo no deja de quedar disimulado por el hecho de que la segunda jornada es mucho más breve que la primera, aceptando que lo fundamental ya ha sido dicho y utilizando el espacio simplemente para mostrar más imágenes singulares y aportar alguna declaración significativa: “Otra vez vuelve la gente, exactamente como el día anterior. Así, repitiéndose todos los días el mismo ciclo durante las dos semanas de ferias”. Ciclo eterno, estructura incesante del trabajo como en el implacable plano de las puertas en el restaurante de Contactos (1970). Una estructura puede funcionar como una película secreta, que surte un efecto sin que se la perciba directamente. Las imágenes de Las ferias son vitales, al fin y al cabo son la celebración, por parte de un cineasta primerizo, del poder de observación del cine, el más simple, el más sencillo. Pero ya en el 66 es también Viota un cineasta de la formalización, que busca una estructura adecuada que permita no solo ver sino construir algo con lo visto, y que además dé cuenta de aquello que no es inmediatamente visible- esto es, la estructura oculta de aquello que se presenta a la vista y a la simple experiencia.

Al final de la segunda jornada, puede advertirse que Viota, si bien interesado por la repetición, no quiere por ello hacer un filme repetitivo. A dos planos de las ferias dormidas- y recordemos que duermen de día-, sucede un movimiento de cámara  que se aleja de ellas, tomado desde un coche. A este retroceso, sucede un avance: el auto marcha hasta la Magdalena y de allí a las playas de El Sardinero, a cuyo retrato dedicará 5 minutos y en las cuales no llueve, pero cuya llegada tendrá lugar acompañada por el sonido de la megafonía, que anuncia el encuentro de varios niños perdidos. Algunos planos generales de la playa, de la banda municipal, pero sobre todo atención a la gente que pasa por allí, en especial numerosos grupos de jóvenes, masculinos, femeninos o mixtos. El Sardinero es “el lugar donde transcurre la vida veraniega de mucha gente, sobre todo jóvenes desocupados”. Lugar, por tanto, donde solo hay verano, vacaciones, donde no hay trabajo. Aparte de un anciano que aparenta ser un pobre pidiendo a unos muchachos, Viota no muestra en este caso más que gente de vacaciones, que mira, toma el Sol, bebe, camina, habla. Las ferias en comparación devienen casi aburridas: día tras día lo mismo, y esto porque solo el cineasta permanece allí, igual que sus trabajadores, percibiendo esa repetición incesante. Casi en consecuencia, el retorno a estas será muy breve: la nueva jornada durará apenas minuto y medio, y de noche. Comienza a llover y todo el mundo se va. “La plaza queda vacía. Una jornada perdida”.

De este modo abandonamos las ferias. Al plano siguiente comienza el desmontaje, de nuevo unos 5 minutos. Atracciones medio tapadas por lonas, como si en ese momento el verano partiese. Y en efecto, junto a las imágenes de personas que recogen restos de la basura, comienza a sonar La plage, de Marie Laforet, que acompaña a la repetición inversa del primer plano, que esta vez se aleja por zoom de la plaza vacía y panoramiza hacia la izquierda hasta detenerse en la bahía, mientras Laforet canta: “Es una pena / pero los amores del verano / demasiado a menudo / temen los vientos / en libertad. / Mi corazón, buscando su verdad / acaba naufragando / sobre la playa desierta” (2). Si se continúa escuchando la canción más allá de las dos estrofas que recoge la película, el verano se va, pero al final acaba retornando, en un latido eterno. Al cine de Viota, sin embargo, el verano nunca volverá con la plenitud que le otorgan las primeras y últimas palabras de la canción de Laforet. Como sucederá en Cuerpo a cuerpo (1982), donde varias melancólicas escenas tienen lugar en la misma bahía, puede afirmarse que, aun filmando Santander en verano, Viota no conseguirá nunca evitar que el invierno golpee fuerte en sus imágenes.

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(1) Preguntado hoy, Viota no recuerda si filmó todos los días, o realmente solo las tres jornadas recogidas, ni siquiera si los planos están montados cronológicamente, recortados o montados directamente en cámara. A este respecto, el único dato claro es que el período de realización de la película, indicado al final de esta, abarca del 17 de julio al 12 de agosto de 1966. Comenzando las ferias el 23 de julio, como el propio Viota afirma en la película, hablamos así de dos semanas de ferias más otras dos de montaje y desmontaje.

(2) C’est bien dommage/Mais les amours de l’été/Bien trop souvent/Craignent les vents/En liberté/Mon cœur cherchant sa vérité/Vient fair’ naufrage/Sur la plage désertée.

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