DocLisboa 2011. Éxito de público, talento local

Un éxito rotundo de público (27.000 espectadores) arropa este festival en el cual destacaron prometedores jóvenes realizadores portugueses.


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Asistí al DocLisboa, evento más destacado en Portugal alrededor del cine documental, el pasado mes de octubre. Estuve en dos ediciones anteriores (2008, 2009) de las cuales haría una valoración irregular, en esos años me fui de vuelta a Barcelona con un buen sabor de boca sólo gracias a las secciones comisariadas por Augusto Seabra y la presencia de cineastas de gran trayectoria como Wiseman o Mekas. En 2011, con una nueva dirección desde el año anterior (Anna Glogowski) y pequeños pero significativos cambios, el festival ha mejorado en todas sus facetas y, a pesar de la crisis vivida en el país, fue la de este año una muy buena edición. Mejoró la sección oficial respecto a años anteriores, hubo un criterio coherente en la selección de las obras a competición y fuera de ella, y pude constatar todo un motor en marcha en la creación de cine portugués. Añadamos dos elementos a menudo olvidados en las crónicas pero igual de importantes en los eventos culturales: una organización impecable y un éxito rotundo de público, una asistencia que superó los 27.000 espectadores (1), cifras muy poco habituales en esta categoría de certámenes. Esta crónica estará centrada en los documentales portugueses a los cuales el citado público asistió en masa, con sed de descubrir qué contaban sus propios autores. En el próximo número de Blogs&Docs llevaremos a cabo una entrevista con Apordoc, asociación de cine documental alma de este festival y otros eventos y encuentros en Portugal claves para este desarrollo y éxito.

Documental portugés en DocLisboa 2011

El público, expectante ante los films nacionales, se encontró con varios documentales más que notables. Destacaría sobretodo cuatro de ellos los cuales tienen dos elementos en común: la edad de los realizadores (por debajo los 32 años) y su perspectiva personal, centrada en lo local (el entorno familiar, el ámbito portugués) con miras a lo global.

Brilló en el festival, llevándose el premio a la mejor película, el largometraje E na Terra não é na Lua (Es la Tierra no la Luna) de Gonçalo Tocha, divertido documental de 180 minutos que pasan volando. Se agotaron las entradas en todas sus proyecciones y fue muy bien recibida por el público, un gran éxito… con algunos matices. El realizador se concentra en lo más apartado del país, en la isla más recóndita de las recónditas Azores, para descubrir a sus habitantes pero también para, desde allí, mirar a Portugal y al resto del mundo. Esta isla, que se llama Corvo, es estudiada, observada, pisada, palmo a palmo, persona a persona, con un espíritu antropológico – festivo. Como si Tocha se propusiera actualizar el método de Flaherty en Nanook con una sonrisa risueña, como si apareciese el equipo de rodaje de Miguel Gomes para sintonizar con los autóctonos y mirar con alegría sus tradiciones e historias. El trabajo de la dirección de fotografía es excelente, huyendo de los tópicos que podrían asociarse al mundo rural. Las imágenes está tan llenas de vigor como la narración del director. Es una cámara ágil, atenta a los pequeños detalles, que sabe expresar de manera muy física, abstracta en algunas ocasiones, todo aquello que le rodea, los materiales, el suelo, las inclemencias del tiempo característicos de la región.

Toda la película tiene un ritmo enérgico conducido por un personaje de espíritu simpático y optimista que es el propio realizador. E na Terra não é na Lua es un hermoso y feliz canto de amor a la tierra y al ser humano. El contrapeso a este impactante (sin dejar de ser home-made) proyecto sea quizá esta misma alegría, que va a ritmo fugaz, el cual podría entenderse como una mirada que se decanta por lo superficial, a pesar de la larga duración y todo el conocimiento que Tocha adquiere y nos transmite de Corvo. El relato contiene algunas irregularidades. En la descripción de los personajes, sí cae en algun cliché, algunos son rápidos retratos demasiado premeditados, que hacen reir, pero son pequeños chistes olvidadizos. Y por otro lado, el realizador intenta enmarcar todo su periplo en un diario personal que se diluye, pues cobran mucha más fuerza los personajes y la isla en sí, la vertiente antropológica y retratista, que no la vertiente diarística de la película. Quizá el problema es que hay varias películas dentro de la misma película, ensambladas, eso sí, con un brío y un entusiasmo contagioso.

Yama No Anata (Más allá de las montañas, Aya Koretzky) es en este sentido más profunda. Cuenta la historia de los padres de la realizadora, quienes eligieron opciones de vida alternativas. Su padre, japonés, y su madre, francesa, dos personas inquietas y sensibles, abandonaron Japón hace unas dos décadas (no les gustaban, entre otras cosas, el desarrollo de las centrales nucleares) para tener una vida rural libre y tranquila. Cuando Aya era una niña se instalaron en el interior de Portugal en un entorno aislado dentro de un país desconocido. La realizadora tira del hilo del pasado, la historia de amor de sus padres, su personalidad, su llegada y la adaptación familiar al nuevo entorno, para llegar a su presente, el cual está lleno de dudas. Es una película más de preguntas que de respuestas y de una poesía visual senzilla, que podríamos emparentar con los haikus. Su voz en off expresa sentimientos y cuestiones, recordando en algun momento a Naomi Kawase, quizás a veces un poco naïf o inocente. En todo caso, con pocas herramientas, Koretzky es capaz de hacernos llegar de manera bella y apaciguada sus dudas (no tener claro a que mundo pertenece) y hacernos percibir algunos sentimientos (rutpura con unas raíces, sensibilidad frente a una sociedad férrea) que nos pertenecen a todos. La calma de Aya contrasta con el vigor de Gonçalo. Recibió el premio al mejor largometraje portugués.

1971-74 (Andrea Sobreira) fue el documental más sorprendente, por paradójico e insólito. El artista israelí Roee Rosen nos comentaba en una reciente entrevista algunas características de sus método de trabajo: plantear las obras  como si fuesen “una manzana podrida” (2). Una vez el espectador ha empezado a comérsela, o sea, ha entrado en unas formas que ya conoce, el gusano, “algo turbio o amenazador”, ya está dentro de él. El mediometraje de Sobreira tiene un pooc esta apariencia. Es presentado como un documental de archivo sobre las cruentas guerras coloniales en Mozambique que duraron tres años. Un exsoldado, el padre de la realizadora, comenta sus recuerdos ilustrados por  una colección de fotografías hechas en el ejército en esa época. No hay imagen en movimiento. Podría ser un documental, habitual hoy en día, de recuperación de la memoria histórica del país, de fustigación por sus crímenes. Pero aquello turbio o amenazador va apareciendo poco a poco. Nos damos cuenta, diapositiva a diapositiva, que las explicaciones del padre son muy peculiares. Tiene tal voluntad de ser detallista y didáctico que sus explicaciones se vuelven jocosas, cuando el tema es dramático. Sus limitaciones expresivas acaban de darle un toque surreal a las descripciones. Habituados a enfrentarnos a estos temas dentro de un clima serio, el padre parece no haber asumido el fondo trágico de la guerra, y el espectador ríe asustado. Sobreira, con esta fuerte dualidad en el núcleo del film, quebranta las ideas de la representación monumental y trágica de la historia del país.

Otro trabajo destacable de un joven realizador fue Tio Rui de Mário Macedo. Basado en un modo observacional clásico, el director filma la visita de Rui a su madre, en uno de los pocos permisos penitenciarios que este obtiene. Son las últimas horas antes de volver de nuevo a la cárcel. No entrevista a ninguno de los personajes, no nos explica porqué está en prisión, ni cuantos años lleva ni cuantos le quedan. No le es necesario. Los rostros de la madre y del hijo, sus gestos, sus escasas palabras, son suficientes para sostener una muy buena película portuguesamente triste y serena, con algunos planos (el plano medio del reo dentro del coche, camino de la prisión, eco de Stonys, Alone, 2001) memorables.

Dos citas finales de otros documentales portugueses. A Torre (Nuno Lisboa), también en la tradición observacional, nos hace sentir el peso del saber, con un ritmo denso, asfixiante, del aire comprimido en las bibliotecas, como si fueran fortalezas en este mundo disperso en el que vivimos, y en parte como si sus paredes fuesen también prisiones, en una alusión al clásico Toute la mémoire du monde (Resnais, 1956). Y un suspenso final, para Praxis (Bruno Cabral), que ganó un inmerecido premio al mejor cortometraje portugués. Muestra las tradiciones universitarias de las novatadas, en Portugal toda una costumbre bastante salvaje. Alguna de las imágenes captadas pueden parecerse a la iconografía que asociamos a la tortura de seres humanos, pero la manera en que está filmado, montado, y la ausencia de punto de vista propia del director, sin ingenio, ni matices ni sugerencias, convierten a Praxis en un producto vulgar, una telerealidad que, supongo, pretendía ser una denuncia o una provocación, sin conseguirlo.

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(1) “Los números del DocLisboa reflejan el éxito de la IX edición”.  Cinema Portugal, 03/11/2011.

(2) “Pensé mi trabajo como si fuera una manzana podrida, atrayendo a los espectadores ofreciéndoles mordiscos explícitamente seductores: belleza, humor, erotismo, sensibilidad, dulzura infantil. Entonces, cuando algo turbio, amenazador o monstruoso aparece, ya está dentro de ellos”. Entrevista a Roee Rosen, Blogs&Docs, noviembre 2011.

Un Comentario

  1. octavio ramirez 08/03/2012 | Permalink

    Interesante blog! Ojalá haya pronto un ciclo en México para poder ver los documentales de la DocLisboa2011

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