49º FICXixón. Declaración de guerra

Una crónica en dos tiempos: diciembre de 2011 y enero de 2012. Un titular, “Espacios de resistencia”, que ha tenido que dar paso a otro: “Declaración de guerra”. Ante la destitución de José Luis Cienfuegos como director del festival, este texto es un agradecimiento a él y su equipo por permitirnos con su esfuerzo, pasión, y sus noches sin dormir, celebrar tantas jornadas memorables de cine y alrededor del cine. 


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Ante la destitución de José Luis Cienfuegos como director del festival…

1. The future 

Cuando en el pasado mes de diciembre escribí esta crónica proponía una relectura de la 49ª edición del FICX  -mejor, de mi deambular por sus secciones- en clave política. Ante los acontecimientos de estos últimos días, esa lectura resulta ya inevitable. Lo que entonces tan sólo se podía intuir ahora se confirma como el peor de los escenario posibles. Esto es: el modelo de festival que se ha propuesto y desarrollado en Gijón durante más de quince años va a desaparecer, si es que no lo ha hecho ya.

«Resulta preocupante que los más interesantes encuentros cinematográficos del panorama nacional, en lugar de crear escuela, vayan camino de convertirse en excepcionales rarezas. Y es que los rumores llegaban también hasta Gijón: cambio de gobierno, cambio de expectativas y quizá también, de prioridades.»

Esta era la entradilla propuesta para aquella crónica y aunque han pasado poco más de tres semanas desde que la escribiera, muchas cosas han cambiado desde entonces.

Uno querría creer que aquellos que se empeñan en equiparar cultura e industria se encontrarían desarmados ante los patentes buenos resultados (económicos, también) del festival bajo la dirección de José Luis Cienfuegos desde1995, habiendo logrado elevar exponencialmente la cota de espectadores y el prestigio internacional del certamen. Más aun si tenemos en cuenta los continuos recortes presupuestarios sufridos durante las últimas ediciones. Productividad que se veía refrendada no sólo por el apoyo de un público que llenaba las salas sino también por el de la crítica especializada y los profesionales del sector (cineastas, programadores, productores, etc.), y que de algún modo misterioso y mágico lograba reunir y aglutinar sin estridencias, con naturalidad, en un espacio común de encuentros e intereses en cada nueva edición. Un vistazo a las primeras declaraciones del que es desde ya nuevo director del certamen, Nacho Carballo, hacen temer lo peor, poniendo de manifiesto no sólo una concepción de la cultura absolutamente provinciana y ajada -manifiesta en el expresado y diríase primordial deseo de ver sobre una alfombra de color rojo a alguna estrella del cine, sea lo que demonios sea eso- sino incluso una indisimulada aversión personal y actitud revanchista hacia el director saliente. Pero por si esto no fuese suficiente, resulta palpable que el nuevo equipo, surgido de la nada y sin vinculación alguna con el festival,  carece de experiencia en el sector y parece vivir bastante alejado de la realidad cinematográfica contemporánea -que, mucho me temo, no pasa por el 3D, la animación o la televisión-, y por tanto, de la que ha sido la seña de identidad del certamen durante más de una década.

Las formas en las que se ha resuelto la salida de Cienfuegos no por sorprendentes resultan novedosas, las palabras tampoco, pero duelen más viniendo de dónde venimos. Al grito de: no todo va a ser una “audiencia selecta e inteligente, nos retrotraemos irremediablemente a aquel otro que afirmaba sentir la tentación de sacar la pistola al oír hablar de cultura, pero que en su patente falta de carisma o de una verdadera vocación de incorrección política hace resaltar todo lo que en ello hay de populismo y velada ignorancia.

2. Days of the future passed

La crónica que sigue, aquella que como he comentado escribí en diciembre, quiere ser un agradecimiento -más que un homenaje- a José Luis Cienfuegos y su equipo (Fran Gayo, Elena Duque,  Alejandro Díaz y Ricardo Apilánez, en particular) por permitirnos con su esfuerzo, pasión, y sus noches sin dormir, celebrar tantas jornadas memorables de cine y alrededor del cine. Y, pese a que algún párrafo  podría haber sido retocado, he preferido conservar el hiato.

Hablar de política(s)
En un momento en que todas las vergüenzas del sistema -en forma de recortes, cancelaciones o destituciones- se airean alegremente al amparo de cierta manida palabra en un trabajo constante de vaciado y desarticulación de cada uno de los términos incómodos para el sistema (política, crisis, indignación), la programación del Festival Internacional de Cine de Gijón, basada en criterios tan poco cuestionables como son la curiosidad, el mimo o la exigencia, continúa erigiéndose en bandera de un modo de hacer las cosas en franco peligro de extinción. Tras la desaparición el pasado año de las publicaciones complemento de las habituales retrospectivas, en esta edición le ha llegado el turno a la competencia de no-ficción. La economía manda. Pese a todo, pudimos rastrear los restos del naufragio buceando entre una u otra sección.

Y es que cómo evitar hacer una relectura en clave política a la hora de elaborar un resumen de esta pasada 49ª edición del FICXixón cuando el calendario del festival se veía atravesado por una fecha clave, el 20N, que si bien no iba a suponer un cambio fundamental en nada, marcará con toda seguridad un claro punto de inflexión en nuestra historia reciente.

Aunque si hablamos de política quizá debamos hacerlo también de resistencia. Probablemente los mejores festivales sean aquellos  que van en nuestra contra, los que nos impiden repetir una y otra vez los mismos descubrimientos; y las mejores películas, aquellas que nos fuerzan a frustrar nuestras propias expectativas. Así, la resistencia nunca será solamente aquella que se enfrente a las intromisiones, sino también a uno mismo, al propio adocenamiento, al conformismo.

En este sentido podemos valorar entonces las heterogéneas retrospectivas dedicadas en esta edición a Michael Glawogger, Bertrand Bonello y Marie Losier. Tres cineastas dispares que operan desde los márgenes de la industria (Glawogger, Bonello) o directamente fuera de ella (Losier) y cuya obra invita a la polémica y la reflexión cuando no, al asombro y la ruptura de clichés. Un cine que, en definitiva, supone una sana pero directa confrontación con ese otro que llena (de películas, no siempre de espectadores) las salas comerciales de nuestro país. Pero también, cómo entender sino el funcionamiento de unas sugerentes secciones paralelas en las que, más allá de los grandes nombres (Sokurov, Solondz, Dumont) o esperados reencuentros (Hansen-Løve, Caouette, Klotz/Perceval) que componían una jugosa Sección Oficial, es posible incluir proyectos como Buenas noches, España (Raya Martin, 2011) o Vikingland (Xurxo Chirro, 2011), sin salirnos del terreno de la producción nacional, realizados desde una consciente (¿política?) precariedad presupuestaria, al margen del aporte económico institucional y  desde una insobornable perspectiva amateur. Filmes que apuestan de manera clara, decidida y valiente -ensuciándose las manos- por vías no convencionales de la financiación, la realización y la narración.

Por último, cómo no (re)pensar políticamente la presente edición del FICX si uno de los filmes que sirvió para prender su mecha de arranque fue This is not a film, la no-película de Jafar Panahi y que, antes que nada, funciona como artefacto de resistencia, cultural e ideológica frente a la tiranía e intolerancia de una clase política cada vez más atemorizada por todo aquello que suponga el cuestionamiento de sus cimientos, por débiles o minoritarias que sean las voces que los proclaman.

A la revolución por amor / Al amor por la revolución
La película El estudiante -una de las dos claras triunfadoras de esta edición- podría servir para establecer un curioso engarce con el esperado regreso a Gijón de la pareja formada por Nicolas Klotz y Elisabeth Perceval cuatro años después de La question humaine (2007). El argentino Santiago Mitre construye una enérgica ficción en torno a las intestinas luchas de poder político en la Universidad bonaerense que partiendo de lo anecdótico y lo local deviene un preciso artefacto sobre el funcionamiento de toda agrupación política y sus perversos mecanismos de poder.  Casi sin pretenderlo,  El estudiante  plantea que, al menos en lo que concierne a su cínico y joven protagonista, el Amor (las relaciones sentimentales) es el camino que conduce a la Revolución (la toma de conciencia). Por su parte, la ruta que recorren los jóvenes y airados protagonistas de Low life -uno de los filmes más esperados y posiblemente, celebrados, de la presente edición- paseando su descontento existencial por la ciudad de Lyon (capital de la magia negra en el país galo y pionera en sistemas de video-vigilancia callejera) entre pasiones propias de la juventud, la poesía y la colaboración en grupos de acción ciudadana, será el inverso, conduciéndonos de lo general a lo particular, de la solidaridad y el compromiso político al Amor, y del grupo a la pareja como meta final y quizá también, única posibilidad de resistencia. Low life filme rotundo y sin concesiones, invoca al presente, al pasado, a la vida y al cine (y su historia) a un mismo tiempo.

De padres e hijos
La otra triunfadora de esta edición fue la cineasta y actriz Valérie Donzelli con su película La guerre est déclarée, a partir de la cual podríamos establecer una de las líneas de fuerza temáticas y representacionales que atravesó este año buena parte de la programación del festival: las relaciones entre padres e hijos y el trasvase intimidad-documento-ficción. Donzelli da cuenta de sus fantasmas recreando su vivencia personal junto a Jeraim Elkaim, su pareja y que también se interpreta a sí mismo en el film, tras descubrir que su hijo de dos años padece un grave tumor cerebral. Un material propicio para la reflexión de carácter diarístico o documental,  o incluso, para una ficción lacrimógena y condescendiente, se convierte en sus manos en algo más parecido a una comedia musical en la que se dan cita personajes y anécdotas biográficas pasadas por el tamiz de la fábula. Quizá el mayor mérito del film sea el de esquivar todas las trampas derivadas de su propio punto de partida, caminando sobre la cuerda floja pero siempre con la cabeza erguida sin molestarse siquiera en echar un ojo al vacío.

En la misma línea se conduce Jonathan Caouette con Walk away Renée, nueva vuelta de tuerca a la propuesta autobiográfica de Tarnation (2003). Caouette se centra en esta ocasión en el retrato de su madre enferma a partir del viaje que emprenden juntos desde Austin, Texas hasta Nueva York para internarla en un centro médico cercano. La película, extensión declarada de su anterior obra, es un compendio de imágenes de archivo, reiterativo y frágil (su facilidad extrema para repetir una y otra vez el esquema: imágenes emotivas + canción pop, evidencia su origen como extra de DVD), conmovedor cuanta más libertad alcanza (delirios espaciales incluidos) y dudoso en muchas otras ocasiones. Más allá de maravillarnos/sorprendernos ante la exposición permanente que el cineasta hace de su vida íntima, en muchas ocasiones llega a imponerse cuanto hay de premeditación en cada uno de sus gestos. Otro interesante paralelismo se podría establecer entre esta y la mucho menos celebrada Photographic Memory, el nuevo film de Ross McElwee presentado en la sección Esbilla. McElwee referente a la hora de tirar del archivo fílmico familiar y el auto-análisis de tintes irónicos, regresa en esta ocasión a un momento determinante de su juventud (un período de búsqueda personal en la Bretaña francesa) para tratar de comprender, en el reflejo de las imágenes y los años transcurridos, la de su propio hijo en el tiempo presente. Si bien McElwee, tirando de la cuerda de las asociaciones, abraza a Proust y se permite trenzar las imágenes de su hijo esquiando colocado de marihuana con las de sus propios amoríos de cuatro décadas antes, hay, como siempre en su obra, un sutil pero directo modo de dar cuenta de los miedos, dudas y temores ligados al paso del tiempo y las relaciones que lo aleja de toda grandilocuencia; en su cine todo es lo que parece, ni más ni menos, y esa es, mucho me temo, una línea que aleja su obra de adhesiones entusiastas. Así, es probable  que el filme de Caouette generase una mayor aceptación  con una propuesta mucho más frágil (o quizá por eso mismo).

Por su parte, la española Iceberg -único filme nacional a competición en la Sección Oficial y galardonado con una Mención Especial-, realiza su propia incursión en la adolescencia y sus fantasmas renunciando a toda visualización de la figura adulta. La película de Gabriel Velázquez  discurre, como el río Tormes que retrata, por aguas poco convencionales para la ficción patria: estudiado minimalismo narrativo y fuerte planteamiento dramático y formal (uso del off) que tiende a enredarse en exceso en la madeja de lo simbólico y lo trascendente, pero que si se sostiene es debido a la fuerte pregnancia que toma de la geografía (paisajística y humana) que retrata.

Milagros Mumenthaller o Mia Hansen-Løve presentaron también sendos relatos sobre la adolescencia y los caminos de la madurez. La argentina Abrir puertas y ventanas  parte de una sencilla proposición con aires de comedia adolescente pero que progresivamente va ganando en solidez de tintes bergmanianos evocando cierto sentido del fuera de campo del relato cortazariano (El examen, Casa tomada). Un amour de jeunesse, por su parte, deja de lado toda lectura política que no pase por la propia educación sentimental. Sin lugar a dudas, dos de las propuestas más gratificantes del festival.

Buenos tiempos para la lírica
Quizá fuera Vol special (Fernand Melgar, Suiza, 2011) la obra de línea más claramente documental (de registro observacional) que participaba este año en la Sección Oficial. La película centra su foco de interés en la inmigración ilegal dando testimonio del funcionamiento de uno de esos no-lugares tan gratos a los estados contemporáneos: un centro de reclusión para repatriados, en la siempre neutral Suiza. Melgar, de algún modo, parte del punto en el que Klotz y Perceval decidían detener su película, menos interesados en la burocracia que en el modo en que esta afecta al individuo. La descripción del confinamiento y sus personajes, aún siendo paciente y minuciosa, acaba por resultar meramente testimonial, informativa. Similares resultados, aunque con mayores dosis de incorrección política, ofrece el austríaco Michael Glawogger en su última película, Whore’s Glory. Un tríptico de (forzadas) resonancias religiosas en torno a la prostitución y sus usos y costumbres, en la que la sordidez gana terreno a medida que avanzamos o, más bien, descendemos (metáfora del infierno incluida), a través de su metraje. De Thailandia a México pasando por Bangladesh, no se le puede reprochar a Glawogger la fuerza y determinación de sus imágenes, pero sí cierta vocación de dirigir o significar en exceso determinados momentos (a través de una más que dudosa selección musical, por ejemplo). Finalmente demasiadas cosas quedan voluntariamente fuera o a un lado de la mirada de Melgar y Glawogger; cosas que de un modo u otro sí es posible rastrear en las excelentes ficciones con las que ambas se relacionan: L’Apollonide y Low life.

La sección Rellumes acogió, tras su paso por Venecia, Hollywood Talkies de Óscar Pérez  y Mia de Ribot que  relata el irónico destino de unos cuantos actores y actrices españoles en el Hollywood que recién comenzaba a hablar a principios de los treinta. Cierta idea del remontaje y el found footage se resquebraja a partir de la renuncia de sus creadores a trabajar con imágenes en movimiento de las películas que relatan, centrándose exclusivamente en fotografías y tomas propias que retratan un Hollywood abstracto, tan soleado como desolado. Una narración distanciada que busca poner a prueba la credulidad del espectador y más aún la credibilidad de la Historia, pero que quizá sufra de un exceso de formalismo que acabe por imponerse sobre su propio material. Por su parte,  The Black Power Mixtape: 1967-1975 propone una revisión al archivo (esta vez sí) de la televisión sueca a partir de imágenes y entrevistas alrededor de la génesis y evolución del movimiento Black Power y que, como acostumbra a suceder en estos casos, alcanza mayores cotas de interés en función del personaje que ocupe en cada momento la pantalla. Así, poder ver y escuchar a Angela Davis o Stokely Carmichael, en 2011 como en 1968 (y aquí habría que hablar de una política de cuerpos y voces), es exponencialmente más interesante que el propio concepto del mixtape o el innecesario contrapunto incorporado mediante los comentarios de destacados personajes afroamericanos contemporáneos (músicos principalmente).

Mucho más interesante en su juego con el material de archivo resulta Poussières d’Amérique de Arnaud des Paillières, vista ya en el FID Marseille y que  sigue la línea de trabajo trazada por la anterior Diane Wellington (2010). Des Paillières trata el metraje encontrado como si de un vestigio arqueológico se tratase, como si las latas de celuloide albergasen ecos de una civilización ya extinta (América, los Estados Unidos) y cuyos mitos e historias hubieran de ser refundados al calor del fuego a partir de las imágenes de incontables hombres y mujeres nacidos y muertos al margen de la Historia. Con un envoltorio mucho más modesto, pero igualmente poético, des Paillières pisa sin necesidad de caer en discursos New Age el mismo terreno que la excesivamente celebrada The tree of life (Terrence Malick, 2011).

Igualmente sugerente es la minimalista construcción que realiza Nicolas Provost en la breve Moving stories a partir de las evocadoras imágenes de un avión surcando los cielos y la enigmática utilización de un diálogo en off, dejando que sea el espectador quien otorgue sentido a lo que está viendo.

Sin duda la sección Llendes volvió a ser, un año más, el refugio de algunas de las propuestas más interesantes, en la que, además de dos programas de cortometrajes -uno de filmes portugueses comisionados por el festival Vila do Conde que ponía en relación parejas de músicos y cineastas, y otro de la parisina Mezzanine Films, en el que destacaba la presentación del nuevo mediometraje de Louis Garrel-, pudimos encontrar sugerentes interrelaciones en el terreno de la no-ficción.

Siguiendo con piezas cortas, Joao Pedro Rodrigues y Joao Rui Guerra da Mata presentaban Alvorada Vermelha, nueva constatación del excelente estado de forma de la cinematografía del país vecino,  que al modo de una contemporánea Le sang des betes (George Franju, 1949) acaba por trascender el retrato del funcionamiento del Mercado Rojo de Macao. La sequedad y violencia de ciertas imágenes se ve sugerentemente matizada mediante la inclusión de desconcertantes derivas surrealistas y cinéfilas. Por su parte, el donostiarra Koldo Almandoz hace del fotograma único y la estroboscopia su materia de investigación formal en Mantis estroboscópica; una breve pieza en la que explora los límites de la percepción y que remite al porno amateur y el manga.

Si Yasujiro Ozu nos enseñó la fuerza expresiva y narrativa que cabe en una acción tan nimia como es la de pelar una manzana para hablar de la pérdida, la resignación o el paso del tiempo, en Vikingland del gallego Xurxo Chirro, podemos encontrar un azaroso paralelismo con Banshun (1949) en el momento en que su protagonista pela y come una naranja en tiempo real ante la cámara, aunque, por supuesto,  sin conciencia alguna de la importancia cinematográfica de su gesto. El tiempo (su duración y desvanecimiento), el trabajo, o la distancia (la de un hogar en permanente fuera de campo), son algunos de los materiales con los que Chirro construye/manipula  este film a partir de las imágenes grabadas por el marinero Luis Lomba a bordo de un ferry entre Dinamarca y Alemania a principios de la década de los noventa. A lo largo del metraje son muchos los sorprendentes logros instintivos (tempo, control del encuadre, esencialidad) presentes en las grabaciones de este cineasta que nunca lo fue (Lomba) y los descubrimientos de ese otro que está aprendiendo a serlo a través de la mirada de otro (Chirro). Da la casualidad de que Xurxo Chirro es un buen amigo, y su película una de las más interesantes que hemos podido ver este año en Gijón.

Pero si el instinto natural para el encuadre de Luis Lomba sorprende, la colaboración entre Mauro Andrizzi y el dramaturgo sueco, Marcus Lindeen,  en pos de cierta idea de lo azaroso o de juego de cadáveres exquisitos en Accidentes gloriosos,  acaba por resultar anodina y más que desconcertar, flaquea por su escasa consistencia. A la narración de unos textos trufados de costumbrismo mágico, se contraponen (o a la inversa) imágenes en un blanco y negro de alta definición, que no pretenden ilustrar o acompañar a aquellos, pero que tampoco llegan a revelar nada esencial por sí mismas. Si dadá proponía la ruptura eminentemente política con lo establecido a través de la liberación del instinto y una consciente, y sistemática sin embargo, utilización de la ironía, la excesiva subjetividad del surrealismo corre el peligro de caer en la autocomplacencia y quizá ese sea uno de los principales problemas del filme de Andrizzi.

Una de las propuestas más esperadas era la del todavía jovencísimo y reputado cineasta filipino Raya Martin, que traía a Gijón Buenas Noches, España, avalada por su selección para la competición oficial del Festival de Locarno y que generó reacciones diversas.  Sus mimbres son mínimos. Apenas unos minutos de metraje (super 8, video) que se repiten en distorsionados bucles incesantes, sin sonido diegético, trufados de ruidos o diálogos apenas inteligibles  en torno a la etérea presencia de una pareja de treintañeros, en un viaje que tiene algo de alucinado y psicodélico hacia el norte de España. Irritante para quien se pudiera haber acercado con ciertas expectativas o ideas preconcebidas, algo en Buenas Noches, España camina hacia la esencialidad: una pareja que vale por todas las parejas, una historia (de encuentros, amor y desamor) que vale por todas las historias. El subtítulo, “Introducción a la historia de la teletransportación entre España y sus colonias” sólo cabe entenderlo como una mera invitación al juego y la ironía (aquí sí) frente a la excesiva gravedad de ciertos registros.

Y siguiendo con el juego, dejamos para el final la retrospectiva dedicada a Marie Losier. La neoyorquina de adopción y militancia underground, en la estela de los Jack Smith o Ron Rice, hace de lo lúdico y la revisión dadaísta (aquí también) de ciertos intereses del DIY punk su modus operandi. La belleza de las imágenes creadas por Losier es la de quien ofrece la impresión de que más que haberse liberado de cadenas narrativas o formales de algún tipo, nunca las ha contemplado, haciendo estallar sus artefactos ¾distribuidos aquí en dos programas de cortos y la revisitación de su aclamado largometraje The ballad of Genesis and Lady Jaye¾ en una sinfonía de colores, sobreimpresiones, juegos (The touch retouched), retratos (The ontological cowboy) y homenajes (Electrocute your stars!), de las colaboraciones con los hermanos Kuchar  a las recurrentes imágenes de su terraza ¾como los primitivos, Losier recurre al cielo abierto en busca de luz¾ poblada de hombres ataviados con gorros de baño y colorete, cazuelas de espaguetis voladoras y confeti (Flying saucey!). Una explosión de libertad que quizá no trate de plantear cuestiones trascendentales sobre el futuro del cine (Losier sigue filmando en 16mm), pero que tampoco lo pretende. No future.

Ángel Santos, diciembre 2011/ enero 2012

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