18ª l’Alternativa de Barcelona. Visiones desesperanzadas

A mediados de noviembre se celebró en Barcelona la 18º edición del festival de cine independiente l’alternativa. La muestra nos ofreció un heterogéneo mosaico de comunidades solitarias, filmadas en un tono general de desesperanza que parecía tejer una red de semejanzas entre todas las secciones del festival.


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En un año tan preocupante, en el que tantos festivales vieron su programación recortada o directamente fueron suspendidos, parece que l’Alternativa es una de las citas que mejor ha aguantado el temporal dentro del mapa nacional. A pesar de contar con menos sedes que en ediciones anteriores, las secciones no se han visto resentidas en cantidad. La programación de esta 18º edición estuvo algo más apelotonada en torno al CCCB, el cual adaptó su nuevo Teatre para diversas proyecciones a pesar de que sigue siendo un espacio poco idóneo para ver cine. Este año, en las secciones paralelas, una mirada hacia el cine argentino en colaboración con la casa América de Barcelona, y una no menos interesante muestra sobre cine documental turco. Igualmente, acercamientos a las obras de Alain Cavalier y Patricio Guzmán, y una selección en la sección Panorama de interesantes piezas de creadores nacionales como Jose María Orbe, Albert Alcoz o Chus Domínguez.

Y entre tantas secciones a simple vista dispares, parece existir una línea argumental que atraviesa muchas de las películas: la muestra nos ofreció retratos de convivencia entre comunidades solitarias, algunas efímeras, otras que resurgen tras una catástrofe, otras que han desaparecido y donde sólo quedan vestigios… en definitiva, la importancia de la individualidad y de esa figura dentro de una red familiar, de una comunidad cerrada. El tono general desesperanzado de estas visiones urgentes sobre formas de vida propensas a la desaparición hace que esta edición de l’Alternativa parezca querer tejer una red de semejantes entre tantas comunidades opuestas.

Largometrajes, ficción y no ficción

Quizás por esto, la más radical y desencantada de todas, la cinta El último año de Peter Hoffmann, fue la que se alzó con el premio en la categoría de no ficción. La película cuenta los estertores de un grupo de vendimiadores que acuden a la recogida de la uva quizás por última vez. Los cambios en el trabajo del campo y la vida nómada que llevan hacen que cada temporada pueda ser la última. El director, Hoffmann, es un vendimiador más que decidió hacer la película para dar cuenta de estas vidas. La cinta logra dejar un poso de tristeza por un mundo que se pierde y por unos protagonistas que abandonan el pueblo pirenaico quizás para no volver, quedando este propósito por encima de la tosca descontextualización de imagen y sonido permanente que a veces parece poco trabajada. Aún así el director, compañero de trabajo de ellos, consigue filmar momentos sumamente íntimos, dignificando un oficio en acuciantes vías de extinción. La urgencia de estas imágenes, la necesidad de que este estilo de vida agonizante perdure en el tiempo es lo que hace que el premio final otorgado tenga un cierto sentido de justicia.

En el mismo marco que ésta, El lugar más pequeño, de Tatiana Huezo, película que venía de ganar el máximo premio en Visions du Reel de Nyon, no terminó de colmar las expectativas. La aspiración poética que engalanan sus imágenes distancian al espectador de lo que realmente es el tema a tratar, y hace perder fuerza al retrato político y social de la comunidad, un pueblo de El Salvador que fue arrasado hace años y que hoy día ha vuelto a levantarse a espaldas del mundo. En una línea parecida se encuentra Territoire Perdu, de Pierre-Yves Vandeweerd, documental sobre el exilio y la vida estancada en un campamento de refugiados saharaui. La película alberga como la anterior dudas desde la concepción formal: la elección del formato Super8 parece bastante aleatoria y el uso de un formato que remite a tiempos pasados termina por distanciarnos de un drama tan actual. La mejor forma de denunciar los problemas de un asunto tan vigente no parece que sea escogiendo un formato tan nostálgico, donde sus imágenes preciosistas parecen sacadas del pasado, eludiendo la fuerza de la inmediatez. Blue Meridian, de la belga Sofie Benoot, es otro acercamiento a base de retazos a una naturaleza concreta, en este caso el Misisipi, un viaje que trata de acercarse a las agotadas aguas del gran río y la decadencia de la zona. El problema de base es que la película empieza con la conclusión a la que se quiere llegar (un brillante y sugerente arranque en un abandonado pueblo) y a partir de ahí se recrea en una galería de personajes extraños y de estampas desoladoras. El final, ahondando en las ya transitadas heridas del Katrina en Nueva Orleans, no hace mucha justicia a la vitalidad que hoy está recuperando la ciudad; retratarla como un páramo es ofrecer algo totalmente opuesto a lo que hemos podido vivir los que hemos visitado Nueva Orleans recientemente.

Sorprendentemente clasificada en la sección oficial de ficción, en Mercado de Futuros Mercedes Álvarez también se interesa por modos de vida proclives a la desaparición: entre tanta observación distante hacia la especulación inmobiliaria y a los mercados, la película se construye entre el desalojo de una casa y la dispersión de toda la memoria que albergaba en un mercadillo donde muchos de estos objetos están enterrados. Dudas sobre la perdurabilidad de la memoria, y entre ellas, las imágenes del sistema dominante. Gravity Was Everywhere Back Then, de Brent Green, tragicómica cinta casera rodada en stop motion, se alzó con el premio a mejor película de ficción, mientras que La vida útil, el ejercicio cinéfilo y nostálgico del uruguayo Federico Veiroj, recibió una mención especial.

Cortometrajes y otras secciones

Por tiempo, espacio y quizás también por no caer en lugares comunes, no entraremos a analizar el acercamiento a la filmografía de figuras tan conocidas y necesarias como Patricio Guzmán (se pudo ver su última película, Nostalgia de la luz) y Alain Cavalier (citar Irene sería hablar de la, a mi juicio, mejor película proyectada durante estos nueve días de festival) así que directamente haremos mención a algunos cortometrajes dentro de la heterogénea y abundante selección, donde se vieron interesantes trabajos de directores ya conocidos como Peter Tscherkassky (Coming Attractions cómica pieza de found footage del director austriaco, en este caso sobre el mundo de la publicidad y el avant garde de los años veinte), Leon Siminiani (Los orígenes del marketing (pieza pluma sobre asuntos pesados) vitalista y original ejercicio de montaje hecho a partir de esbozos visuales, Wild Life, de Amanda Forbis y Wendy Tilby, visión romántica de animación sobre la conquista del lejano oeste y que obtuvo un merecido premio, Pandora, de Virgil Vernier, que ya se pudo ver en el FID Marsella 2010 y que habla de las dinámicas de poder y la influencia social desde la puerta de una discoteca parisina, o la bella reescritura de material de archivo que hace Arnaud des Pallières en la breve pero emocionante Diane Wellington.

En la sección paralela Translaciones: cine documental independiente de Turquía, a destacar varios documentales, el interesante La última estación: Shawaks, de Kazim Öz, cinta con pocos diálogos que ofrece un hipnótica alabanza sobre la vida en soledad y los constantes planes de supervivencia de una comunidad nómada, que nos acerca zonas que se nos hace muy lejanas simplemente por la belleza de sus imágenes. Engarza extrañamente con El último año, la película que comentábamos al inicio, por su lograda dignificación de un estilo de vida en constante lucha por subsistir. Y no estaría de más despedir este texto haciendo mención a La resistencia del 2 de septiembre, película dirigida en 1977 por el Colectivo Cinema du Peuple, la más revolucionaria de todas las vistas en el festival. Este corto e incendiario documental sobre la oposición de la población turca al régimen dictatorial adquiere más relevancia visionada en estos tiempos. Surgen como seminales imágenes de los continuos levantamientos a la opresión dictatorial que aún hoy no han remitido en el norte de África y Oriente Próximo. Si el cine debe estar siempre ligado a los tiempos que corren, su visionado hoy hace que estas escenas filmadas en Turquía hace treinta años ya no sean vistas como simples vestigios de otro tiempo lejano, sino que devengan en imágenes enquistadas en un tiempo inefable y que albergan una asombrosa correspondencia con el presente.

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