Fotografía española en los años 50 y 60. Parte II: Momentos decisivos

Durante los años 50 y 60 del pasado siglo, en pleno ecuador de la dictadura, España vivió un momento de renovación de la cultura y las artes. Literatura, cine, pintura, arquitectura… todos los ámbitos fueron objeto de un despertar siempre condicionado por los estrechos márgenes que permitía el régimen. En el caso de la fotografía, el olor a naftalina fue dejando paso a una nueva generación de fotógrafos que agitaron el apolillado ambiente con la renovación como estímulo.


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Los aires de renovación se extendieron por toda la geografía, encontrando a sus más férreos defensores en los jóvenes fotógrafos de pequeñas localidades en las que no podían ver proyectadas sus aspiraciones. Si en un primer momento esta realidad fue absolutamente minoritaria, en un segundo la carga de profundidad de la renovación fueron haciéndola propia pequeños grupos que, como en los casos de Terrassa o Sabadell, comenzaron a mostrar una presencia activa en sus respectivas agrupaciones fotográficas (15).

Mientras que a principios de los 60 el grupo de Madrid se andaba recomponiendo (impasse que se superaría con las incorporaciones de Vielba, Juan Dolcet, Fernando Gordillo, José Aguilar, Rafael Romero y Gonzalo Juanes), la figura emergente de Colom hacía de Barcelona un irresistible foco de atención fotográfica. Como demostraba la exposición individual de su obra que aconteció en Aixelà en 1961, la fotografía de Colom era resueltamente distinta a la de cualquier otro. El Barrio Chino barcelonés se convirtió en su protagonista principal, ecosistema variopinto en el que se daban cita marineros, travestidos, raterillos y prostitutas, fauna nocturna y diurna que ya retratara el incontenible Jean Genet en Diario del ladrón (1949). El ambiente lumpen del hoy maquillado Raval encontró en la fotografía furtiva de Colom a un memorable retratista que humanizaba los barrios bajos y dignificaba a sus habitantes. El trabajo paciente del catalán era una mezcla de voyeurismo y discreción, el testimonio clandestino de una época de supervivencia en la que paseaban de la mano lo sublime y lo más bajo (16).

El final del verano

Ni la Agrupació Fotogràfica de Catalunya se reducía a los fotógrafos mencionados, ni La Palangana representaba a todo el colectivo fotográfico madrileño. En el seno de la AFC y de la RSFM existieron otras voces indispensables y también sensibles al cambio de rumbo de la fotografía española. Por lo que respecta a Catalunya, entre otros, destacaron los fotógrafos Eugenio Forcano, Pedro Martínez Carrión, Ramón Bargués, Tous Jové, Galí Rivera o Joaquim Gomis, autor que les había precedido a todos ellos y que estuvo vinculado a círculos de vanguardia. Por lo que respecta a Madrid, las cosas allí fueron algo más movidas, apareciendo como reacción a La Palangana algunos grupos, efímeros como El Grifo, o ciertamente significativos como La Colmena. La Colmena estuvo constituida por un nutrido grupo de aficionados que, organizados a iniciativa de Carlos Miguel Martínez, acusarían a Vielba y a otros de invisibilizar al resto de asociados a la RSFM. Al parecer, las tensiones en el seno de la agrupación fueron grandes, y de ellas dan cuenta unas palabras de Masats en el boletín de la misma: “Solamente quiero dar la voz de alarma, ¡Señores, que la hidra de la escisión asoma una de sus diez y seis orejas!”.

Las rencillas, según algunas fuentes, no serían de carácter fotográfico sino más bien ideológico. Desde La Colmena señalaron a La Palangana como núcleo de ascendencia conservadora, y denunciaron que en la invitación que se cursó a fotógrafos españoles para la exposición de París en 1962 no se hubiera invitado a ningún fotógrafo crítico con el régimen. Lo cierto es que las controversias en el seno de la RSFM no hacían sino ejemplificar las tensiones mismas de la España de aquellos años. Implicaciones ideológicas aparte, La Colmena es hoy todavía un grupo en gran medida por descubrir, actor con voz propia de la que luego se conocería como Escuela de Madrid, una forma común de entender la fotografía salpicada de grandes individualidades (17).

Antes de morir por inanición, de degenerar o convertirse en otra cosa, Pérez Siquier y Artero prefirieron aplicar la eutanasia a la revista Afal. Atenazada por su siempre delicada situación económica y ante los signos de cansancio que evidenciaban sus responsables, Afal procedió a su autoliquidación. Aquella empresa romántica “por la evidente desproporción entre el fin que se persigue y los medios con que se inicia la acción” (18) tocaba a su fin en gran medida por haber perdido el sentido. La fotografía en España había cambiado, y aquellos jóvenes insatisfechos ya podían desarrollar su fotografía en un marco distinto, menos asfixiante, en adelante sujeto solamente a los caprichos del mercado y de los grupos mediáticos. Afal cumplió con su cometido, contribuir a la expansión del concepto fotográfico. Muchos fotógrafos se profesionalizaron y prosiguieron con sus carreras, algunas de ellas exitosas. La fotografía había conquistado el lugar que demandaba y que creía por derecho suyo.

Pero, de alguna manera, el movimiento colectivo e ilusionante había tocado a su fin. El final de El Mussol (19) y el parón voluntario al que Colom sometió a su fotografía en 1964 no hacían sino confirmar la nueva etapa. En Madrid, las desavenencias se intensificaron con la llegada de Gerardo Vielba a la presidencia de la RSFM en ese mismo año, hasta el punto de darse de baja ilustres fotógrafos de la agrupación. El nombramiento de Vielba, reputado conservador que sustituía al todavía director de Arte Fotográfico Ignacio Barceló, era un ejemplo bastante clarificador del tipo de cambio que se había producido. La fotografía moderna se había institucionalizado, algunos de sus representantes pasaban a tomar los mandos, sus criterios dominarían los concursos y sus fotos llenarían las páginas de las revistas especializadas. Incluso los más insignes pictorialistas adecuarían su fotografía a unos nuevos aires que ya soplaban menos. Era un hecho: el objetivo de alcanzar la modernidad para la fotografía española había sido cumplido. Las páginas de Imagen y Sonido (20) así lo atestiguaban.

Epílogo

Once años después de aquella primera exposición con Terré y Masats, Xavier Miserachs suscribía en 1968 un contrato en exclusiva con Triunfo. Su colaboración en la emblemática revista se inició con el reportaje en tres partes, Amar en Madrid, con Francisco Umbral a las letras. Apenas un par de meses después cubriría el estallido del Mayo francés en una serie de reportajes muy difundidos. El salto era evidente. Publicidad, consumo, turismo de masas. La fotografía, como el país, había cambiado. Maspons y Miserachs retrataban el desenfado ibicenco, las concurridas boîtes, los happenings esnobs y la gente bien que frecuentaba Tuset Street y Bocaccio. Barcelona, ciudad abanderada de la modernidad española, fue la que primero lo anunció. Surgieron nuevos nombres: Colita, Toni Catany, César Lucas, Pilar Aymerich, Paco Elvira, Marisa Flórez, Cristina García Rodero, Jorge Rueda, Joan Fontcuberta. Una nueva y heterogénea generación pedía paso. En 1971 aparecía la revista Nueva Lente, aglutinadora de algunas de las nuevas ideas en fotografía. Nuevas historias, estados de excepción, fin de ciclo.

Las décadas de los 50 y 60 constituyen una auténtica edad de oro de la fotografía española. Al calor del blanco y negro, la fotografía dejó de permanecer sorda a lo que ocurría a su alrededor. Los fotógrafos, aventureros, apasionados, autodidactas, retrataron el pulso de un país en estado de trance que poco a poco despertaba de su letargo. La toma de conciencia colectiva, inconsciente las más de las veces, animó una mirada inteligente y múltiple, única, producto de la fusión de pericia, instinto y corazón. El neorrealismo español, categoría que gana enteros a la hora de etiquetar el resultado de una fotografía y su época, generó una experiencia estética fuera de lo común que solo recientemente ha ido viendo reconocido el lugar que sin duda merece. Un grandioso patrimonio en cuyas imágenes se encuentra una pequeña parcela de nuestra historia que acrecienta nuestro gusto por la fotografía y hace más intensa y tonificante la agradable experiencia de la contemplación.

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(15) Albero, Boada o Bros son algunos ejemplos del florecimiento de las nuevas ideas en estas agrupaciones locales.

(16) Más allá del perímetro acotado por Colom merece la pena llamar la atención sobre la obra de Jacques Leonard, un auténtico outsider fuera de toda coordenada. Maspons o Colom habían dedicado alguna de sus series a los gitanos de Montjüich y del Somorrostro, pero sin duda fue el fotógrafo francés el que más y mejor retrató aquella vida periférica. Casado con la gitana y modelo de pintores Rosario Amaya, en el legado del enigmático Leonard, “el payo Chac”, descansa la memoria en blanco y negro de los gitanos de Barcelona.

(17) Entre los miembros más destacados de La Colmena se encontraron, además del propio Carlos Miguel Martínez, Vicente Nieto Canedo, Donato de Blas, José Blanco Pernía, Sigfrido de Guzmán, Evaristo Martínez Botella, Serapio Carreño, Carlos Hernández Corcho y Rafael Sanz Lobato, flamante Premio Nacional de Fotografía 2011. Algunos de ellos formarían parte posteriormente del Grupo 5.

(18) José María Artero en Afal nº 35, primavera 1962.

(19) Tras sendas exposiciones en la sala Aixelà y una presencia bastante activa durante los primeros años de la década, El Mussol se disolvería en 1964.

(20) Proyecto apadrinado por el incansable Casademont, tercera vía entre Arte Fotográfico y Afal, cuyo primer número vio la luz en 1963.

Un Comentario

  1. Revista Web 22/05/2013 | Permalink

    Excelente viaje por la España de los años 50-60, enhorabuena!

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