ZINEBI 53. Oportunidades perdidas

La última edición del Zinebi ha traído consigo un cambio del que se presuponía que iba a ser un punto de inflexión de mayor calado. La concentración de las proyecciones en los multicines de la Alhóndiga Bilbao, ha eliminado de un plumazo la tediosa dispersión de las películas, pero el festival ha desaprovechado esta oportunidad única para replantear algunas cuestiones de fondo, ha vuelto a incurrir en una serie de atávicas rutinas que año tras año se traducen en un cúmulo de carencias interrelacionadas.


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ZINEBI 53. Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao

La última edición del Zinebi ha traído consigo un cambio del que se presuponía que iba a ser un punto de inflexión de mayor calado. La concentración de la sección oficial y los distintos ciclos en los multicines de la Alhóndiga Bilbao, ha eliminado de un plumazo la tediosa dispersión de las películas, tan característica en los años anteriores, a lo largo y ancho de la villa. Sin embargo, el festival ha desaprovechado esta oportunidad única para replantear algunas cuestiones de fondo. Lejos de tomarla en consideración y asumirla como el revulsivo necesario que atendiera a los problemas estructurales que venía arrastrando, dicha maniobra se ha quedado en la superficie; por ello, es imposible hablar de un cambio real. Así, se ha vuelto a incurrir en una serie de atávicas rutinas que año tras año se traducen en un cúmulo de carencias interrelacionadas.

Una importante es la flagrante falta de definición. Sobre este problema general pesan las palabras con que se autodenomina: Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao. ¿Se puede extraer de aquí que el documental es el objeto primero sobre el que vuelca sus esfuerzos? ¿Por qué esta escisión entre documental y cortometraje? ¿Aquellas películas que se adscriben al género documental pueden rebasar el metraje atribuido al corto? Y lo que es más grave, si se parte de esta premisa, ¿por qué el programa se desglosa en tres categorías con sendos premios: documental, ficción y animación? ¿Por qué las dos últimas no quedan recogidas en el rótulo? ¿Tiene sentido que un film de ficción canónica y treinta y cinco minutos de duración como Bez Sniegu  (Without snow Magnus Von Horn, Polonia, 2011), gane el Gran Premio de un festival que destaca el documental y cortometraje como sus guías fundamentales?

Estas y otras incógnitas resultan más evidentes en el desarrollo del certamen. Pero además, a esta falta de criterio sobre el formato, se le suma el amalgamamiento de planteamientos estéticos, tanto en el plano de expresión como de contenido. Esta es la tónica general a la que el espectador debe enfrentarse. No existe un filtro previo adecuado que erija un discurso propio e invista al festival de la autoridad necesaria sobre las películas. Más bien al contrario, las películas lo devoran, como si lo diluyeran en un magma inasible. Por otro lado, y aunque pueda parecer paradójico, tampoco las obras concretas adquieren un protagonismo notable. Están eclipsadas por el caótico conjunto. Dicho en otras palabras, las películas interesantes de diversa índole -sin duda las hay- quedan relegadas a un segundo plano por la masa fílmica que las ahoga. Desde el film-ensayo experimental hasta el mainstream televisivo, con todos los puntos intermedios, se dan cita en un cajón de sastre un total de setenta y tres propuestas, además de los ciclos informativos compuestos por películas de producción española y vasca que quedaron fuera del concurso.

La falta de coherencia en el trabajo de preselección, explicaría en gran medida lo que arriba he señalado. El Zinebi ha optado por el camino fácil. Uno tiene la sensación de que se sirve de su gran nombre y buena posición institucional en el panorama internacional, para recibir un abultado número de películas desde todos los rincones del mundo y limitar su labor a la elaboración de una muestra, en el sentido estrictamente estadístico, más o menos representativa. Ahora bien, esto no es suficiente. Debería tener claro qué es lo que quiere y buscarlo, ya sea mediante oteadores o a través de una criba más estricta. Y, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, desprenderse de una vez por todas de toda consideración extra-fílmica en el proceso de selección, en el cual, parece ocupar un lugar importante el método de cupos para garantizar un mínimo de cortometrajes vascos y españoles. Más allá de este tipo de sensibilidades y políticas maniqueas, lo que verdaderamente está en juego es la identidad estética que el festival se quiera dar a sí mismo.

Hay otro aspecto que no debemos pasar por alto con respecto a los ciclos paralelos. Todos gozan de atractivo y su presencia podría estar más que justificada. Cabe subrayar el dedicado al cine experimental de la escuela de cine CalArts; las retrospectivas dedicadas a los cineastas Luc Moullet y al sorprendente Masao Adachi; o el ciclo Abierto por reforma, con un enfoque mucho más radical, del que sobresalía la estimulante obra del solipsista Giulio Questi. Pero se incurre en un craso error: el exceso y la superposición. Un total de siete ciclos, más las proyecciones de los homenajeados, además de la sección oficial, constituyen un corpus saturado de sí mismo. Más aún teniendo en cuenta que se proyectan a la misma hora. De esta manera se conforma un sistema en capas que imposibilita un visionado coherente y elimina cualquier atisbo de vocación pedagógica. El resultado:  salas casi vacías y ausencia total de debate. Un escaso poder de convocatoria en definitiva.

Quizá estas razones son los principales motivos por los cuales hablar del Zinebi implique no hablar de cine, como da cuenta esta crónica. Está preso en su propio engranaje. Sin detenerse a pensar en qué ofrece al espectador y cómo se lo ofrece. Una maquinaria a piñón fijo que aspira a más (más ciclos, más cortometrajes, más mediometrajes, más homenajes) pero sin la lubricación necesaria que facilite una correcta interconexión entre sus elementos. Condición imprescindible para que podamos verlo adecuadamente, gozarlo, interpretarlo…

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