DOC NYC. En busca del documental comercial

El cine de no-ficción expande las posibilidades creativas del cineasta en un mundo, el del encuadre, sin reglas rígidas. Pero a veces la no-ficción se estructura de una forma estándar, en la que lo importante es la continuidad de la narración. Nueva York muestra la última hornada de esta opción audiovisual, junto a trabajos en desarrollo, paneles de discusión, y referentes documentales de épocas pasadas. Una amalgama que busca proyectar y promover un tipo de documental que responde a lo que se supone que es vendible, a lo que se supone que es, en definitiva, comercial.


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DOC NYC confirma la apuesta de sus orígenes: mostrar documentales basados en la lógica narrativa, en un montaje clásico delimitado por el guión de una historia. Grandes reportajes, con toques de autoría, que atraen al público porque se inmiscuyen en la privacidad consentida de personajes de cierto renombre en cualquier ámbito: arte (Calvet de Dominic Allan), arquitectura (Eames, the architect and the painter, de Jason Cohn y Bill Jersey), música (Cure for pain: The Mark Sandman story de Robert G. Bralver y David Ferino), fotografía (Elliott Erwitt: I bark at dogs de Douglas J. Sloan), y el amplio espectro de la excentricidad en general, o del genio en particular.  El director artístico del Festival es Thom Powers, encargado de la selección de documentales del Festival de Toronto y creador de Stranger Than Fiction, un programa dedicado a proyectar todos los martes por la noche en las salas de los cines IFC Center un documental seguido de una conversación con sus directores y otros miembros del equipo o protagonistas de la película. Figuras estelares como Michael Moore y Barbara Kopple están muy vinculados con DOC NYC. La programación se salpica de nombres como Errol Morris, Werner Herzog y Jonathan Demme, ya calificados como “amigos” de este evento anual. Que Jem Cohen, cineasta más cómodo en entornos como el Festival de Rotterdam o de Berlín, forme parte del equipo de consejeros de DOC NYC, saca a la luz contradicciones por resolver, conflictos y carencias, pero también oportunidades que pueden volverse a favor, con el tiempo, de cineastas algo más arriesgados y experimentales. De momento, el clasicismo y un claro enfoque comercial en las formas ha reinado en esta segunda edición, celebrada del 2 al 10 de noviembre en el centro de Nueva York.

La gran estrella del Festival ha sido Werner Herzog. Tras mostrar su película Into the abyss. A tale of death, a tale of life en los Festivales de Telluride y Toronto, Thom Powers la rescató para mostrarla en Nueva York, poco antes de su estreno comercial. “Dentro del abismo podría ser el título de cualquiera de mis películas”, afirma, irónico, Herzog. En esta ocasión, el director presenta el caso de dos chicos de Texas condenados a pena de muerte y cadena perpetua por un triple asesinato.  Lo que podría ser otra vuelta de tuerca al mundo de la sinrazón visto por Werner Herzog es, sin embargo, una película atípica para el director: el espectador no encontrará aquí la voz del cineasta a lo largo de la historia, tan sólo en las entrevistas, y esta vez Herzog mostrará cuál es su opinión y juzgará lo que está pasando. “Aborrezco la pena de muerte y estoy aquí para intentar entenderte, pero eso no significa que tú me gustes”, responde Herzog al preso Michael Perry, durante una entrevista de escasos 15 minutos realizada tan sólo 8 días antes de la ejecución fatal. “Lo que quiero”, declaraba Herzog tras la proyección de la película, “es expandir nuestro sentido del mundo y profundizar en nuestro sentido de la compasión. Esta película es para ti –el espectador- y para las familias que representas”. El momento culminante de la película son estos 15 minutos de entrevista, sin introducción o contemplaciones: los acusados desconocían quién es Werner Herzog, y el cineasta tenía un tiempo raquítico para intentar entender a los protagonistas. Esta entrevista se ha convertido en polémica desde el punto de vista de lo que a uno le enseñan en la escuela de cine, o según los parámetros periodísticos de cómo se debe de hacer una entrevista. Herzog maneja pausas, preguntas retóricas, a veces preguntas obvias, o medias preguntas en busca del melodrama. Para unos, este método denota la maestría, sensibilidad e intuición de un director. Para otros, muestra manipulación y no saber aprovechar el momento. Herzog intenta encontrar un sentido de equilibrio entre acusador y acusado, aunque afirma: “Una película no es la plataforma adecuada para un debate sobre la pena capital. Ésta es tan sólo una historia de vida y de muerte”. Para el espectador que busca escuchar la inconfundible voz de Herzog a lo largo de toda la película, el Festival también mostró Happy people: A year in the Taiga, producida y narrada por él, y dirigida junto al ruso Dmitry Vasyukov, quien tenía más de cuatro horas de imágenes de los cazadores de Siberia, un área “dos veces el tamaño de los Estados Unidos, y al que sólo se puede acceder por helicóptero o barco”. Herzog edita las imágenes cedidas por Vasyukov e intenta añadir un tono épico de soledad, diálogo con la naturaleza y libertad (sin impuestos, sin gobierno, sin reglas) donde no hay (o no se ve) profundidad poética: Herzog falla diciéndonos lo que debemos sentir en una película que no muestra lo que promete.

Jonathan Demme, conocido director de ficción pero también reputado realizador de películas de no-ficción como The Agronomist o Neil Young: Heart of Gold, presentó en DOC NYC la película que grabó en Nueva Orleans tras el huracán Katrina, I’m Carolyn Parker: The good, the mad and the beautiful. Jonathan Demme: “Yo nunca hago preguntas a la gente que grabo para una película documental. Hago “retratos documentales” (así es como los defino) de gente a la que admiro y que me inspira muchísimo. Sólo tengo que dejarles hacer o hablar. Me gusta llegar al centro de lo que está pasando. Coges tu cámara, miras a la persona, y le dejas ver que estás interesado en ella. Ellos hablan y tú te callas, con la cámara encendida. Si sigues callado, ellos empiezan de nuevo a decir lo que ya dijeron, pero cada vez más y mejor. Lo que a mí me llama la atención en el cine, lo que me influye, es el Neorrealismo y la Nouvelle Vague. También me siento atraído por ese sentimiento de belleza y libertad que se desprende de películas como Después de la boda, de Susanne Bier (he llegado a estudiar al detalle esta película), o por la elegancia de formas de Max Ophüls. Cuando estás trabajando en un documental, quieres conseguir más drama y emoción que con una ficción, porque esto es lo que necesitas para atraer y enganchar al público. Cuanto más cerca estás de tu protagonista, más intensidad consigues.  Yo siempre me siento demasiado cerca de lo que he grabado. El que encuentra sentido al material es mi editor. Realmente no sabes muy bien qué estás grabando hasta que te sientas a ver las imágenes. Esto suena a obvio, pero no lo es. Miro las imágenes y no sé qué hacer con ellas, así que el primer paso para mí es eliminar todas las imágenes que, simplemente, no funcionan, están mal grabadas, fuera de foco, etc. A veces me siento como un publicista que intenta hacer llegar el punto de vista de un sujeto al público. Es por eso que el hacer una película documental es una colaboración. El protagonista te deja entrar en su casa, en su coche, en sus secretos, en su vida. En realidad, soy más un entusiasta que un publicista”. La voz de Jonathan Demme recorre la mayor parte de I’m Carolyn Parker: The good, the mad and the beautiful. Esta voz ofrece el contexto político y económico del momento (2005) en los Estados Unidos, y rellena otros huecos de la narración visual. Los planos y el montaje no satisfacen ningún criterio estético, los planos se cortan antes de tiempo, y los encuadres son descuidados, algo poco típico de las películas de este director. El primer retrato documental dirigido por Jonathan Demme fue Primo Bobby (1992), una película que pasó desapercibida, y en la que el director intenta reconectar con su primo, el sacerdote Robert Castle, tras 30 años sin verle. “En el caso de Carolyn Parker”, declara Demme, “yo estaba grabando en el barrio simplemente movido por los acontecimientos, sin la intención real de hacer una película. Llegué a su casa de casualidad, simplemente porque me gustó el edificio. Para ganar esa intensidad emocional que siempre busco, volví cada tres o cuatro meses durante cinco años para visitar a Carolyn y su familia. Esta misma curiosidad que me llevó a Nueva Orleans, me lleva ahora a grabar en Nueva York el movimiento anticapitalista Occupy Wall Street. Después ya veré qué hago con el material…”

Motivado por esta misma sensación de “tener que estar ahí, no ser ajeno a lo que está pasando”, Jem Cohen ha enseñado en la gala de clausura del Festival su quinto cortometraje grabado en vídeo digital en las manifestaciones de Occupy Wall Street, en el parque Zuccotti del sur de Manhattan. Tiendas de campañan, pancartas y blues concentrados al final de un octubre que sorprendió a todos con más viento e incluso nieve del que es normal por esas fechas. Cohen: “Algunas de mis películas me han llevado hasta diez años o incluso más de mi vida, pero otras las hago de inmediato, como una respuesta visceral a determinados acontecimientos. Cuando mis amigos me preguntaron por qué no había documentos cinematográficos o en vídeo de las manifestaciones, decidí ir allí y grabar. Mi posición es documentar con la observación directa y expresar solidaridad sin hacer propaganda. Es importante para mí dejar algo de espacio también para el lirismo y la experimentación. Estoy haciendo estas películas en homenaje a una genuina conciencia política nacida en la calle, y a una tradición documental forjada por cineastas como Jean Vigo, Joris Ivens, Humphrey Jennings, Agnès Varda y Chris Marker, a quienes dedico estos documentos”.

La película que ha clausurado el Festival también se hace eco de una preocupación social y política. Se titula The island president y está dirigida por el director de fotografía Jon Shenk. El protagonista, Mohamed Nasheed, luchó durante 20 años contra el régimen dictatorial de las islas Maldivas. Durante este tiempo, le arrestaron 12 veces y fue torturado casi hasta la muerte en dos ocasiones. Tras esta lucha, y recién cumplidos los 41 años, fue elegido presidente, pero ninguno de los objetivos de su agenda política tienen sentido para él si el resto de países no acuerdan paralizar los estragos del cambio climático: si las cifras continúan como hasta ahora, el océano barrerá las Maldivas, destino recóndito pero, a la vez, centro turístico por excelencia de la sociedad más rica del mundo. La altitud de estas islas es la misma que la de ciudades como Nueva York, entre otras, que correrán su mismo destino. Si se pierden las Maldivas, no se perderá sólo un territorio, sino una entera identidad nacional y cultural milenaria. “La lucha más importante es la lucha de todos nosotros por sobrevivir. Las Maldivas es el paraíso y el infierno al mismo tiempo. No hay sitio para la democracia, si no existe el país. No hay nada que negociar con el clima. Tenemos que conseguir un acuerdo para sobrevivir. Podemos perder muchas batallas, pero no podemos perder el mundo”, afirma Nasheed. Jon Shenk grabó durante 75 días imágenes de las islas y entrevistas, junto a secuencias construidas con momentos de la vida personal, reuniones, conferencias, discusiones en la Asamblea General de las Naciones Unidas, e intervenciones televisivas del día a día, interminable, de Nasheed. The island president es una superproducción documental que muestra el viaje emocional y las concesiones morales de un político en su lucha contra Goliat, la lucha de un hombre contra el fatal futuro del planeta.

El empeño de DOC NYC por mostrar y promover documentales rentables ha quedado claro en esta edición con el anuncio oficial de la unión del director del Festival, Thom Powers, y el cineasta Morgan Spurlock (Super Size Me; The Greatest Movie Ever Sold) en la creación de la empresa Launch PAD. La compañía cobrará a los cineastas por buscar marcas comerciales que esponsoricen sus documentales. Estas marcas variarán en consonancia con el contenido de las películas. Según Powers, las marcas se beneficiarán de la comunidad a la que van dirigidos los documentales. Está por ver si los cineastas que asisten a Occupy Wall Street se decantan por incluir el logotipo del banco de turno como solución para financiar próximos proyectos.

Un Comentario

  1. paco b 22/01/2012 | Permalink

    Excelente. Aquí quedan perfectamente reflejadas todas las contradicciones de eso que se llama documental narrativo o comercial. La lógica del capitalismo no se aplica al documental así como así… sus fisuras salen por todos lados: cómo se puede afirmar que se ‘celebra’ esa forma y luego se tiene como figura central a Herzog o Cohen en la ceremonia de clausura? Estos tipos (o tipos como estos que se mueven también en nuestro contexto más inmediato) son los que se apropian de las palabras, las resemantizan y nos obligan a reconsiderar nuestras posiciones. Por qué realizadoras como Naomi Uman tienen la necesidad de redefinirse como ‘documental experimental’ si en realidad pertenecen a la extirpe documental (sin adjetivos) esa de la que habla Cohen en este texto. Nos obligan a perder espacios semánticos, enunciativos y simbólicos… y vamos cediendo, pero no debería ser así…

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