Rencontres de Montréal 2011. Situar en el mapa un buen festival

El Rencontres de Montréal es un muy buen festival de documentales que se alinea en una órbita estética cercana a la parte occidental europea añadiendo una acertada influencia latinoamericana. Llevado a cabo por un equipo muy joven, entusiasta y profesional, es un festival a tener en cuenta en la ruta de eventos de cine documental del mundo.


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Ubicación cartográfica

Fui invitado como Jurado de la Crítica en los Rencontres Internationales du Documentaire de Montréal, en el Québec, Canadá. Escribo pues esta crónica desde la perspectiva de alguien que estuvo dentro del festival.

Si intentase hacer una clasificación de los eventos cinematográficos relacionados con el cine documental de la Europa occidental  (sobre todo Portugal, España, Italia, Francia, Bélgica y Holanda pero también Dinamarca, Alemania, Suiza, Austria e Inglaterra) podría dividirlos en tres categorías, según el tipo de películas que acogen. La primera sería el documental dentro de un marco industrial, cercano a las cadenas de televisión y a los países donde se comercializa bien en salas. Sus películas tienen predilección por las grandes historias, tienden a “primar el documento frente al documental”, como señalara en esta misma revista Gonzalo de Pedro a propósito de IDFA, y buscan un lenguaje accesible para llegar a cuanto más público mejor. Acostumbran a ser festivales de tamaño mediano o grande. La segunda categoría sería la opuesta a la primera: un cine documental, digamos “autoral”, que necesita de un público participativo, un cine que investiga y experimenta al igual que lo hacen sus inquietos espectadores. Son eventos abiertos a una concepción del “documental” que se expande hacia otras ramas y prácticas. Vive éste en un circuito alternativo de tamaños muy variados, desde encuentros medianos hasta núcleos pequeños de resistencia, pasando por secciones dedicadas a la no ficción en festivales medianos y grandes con predilección por la ficción. La tercera se situa en la línea del medio, y englobaría a festivales que, por un lado, proponen encuentros con la industria y, por otro, no renuncian a dar cabida a un cine documental independiente y arriesgado. A la vez, presentan una buena parte del programa pensando en atraer a un público amplio, apostando por autores conocidos y ya consagrados. Acostumbran a ser festivales exclusivamente dedicados al documental y de tamaño medio. Es la categoría donde se podrían ubicar más eventos, aunque con diferencias entre ellos.

Los encuentros de documental de Montréal (RIDM) se pueden situar de una manera clara en esta tercera línea, ubicándose también en unas propuestas estéticas y preferencias autorales similares a los de estas latitudes europeas. El RIDM sería un evento destacado en alguno de estos países citados anteriormente pues se sitúa en su órbita añadiendo una certera influencia de cine latinoamericano. Québec, por lo que pude ver, oir y entender en mi corta estancia de 10 días, es una región con una fuerte indentidad propia, alejada en muchos aspectos de la vida americana y canadiense anglófona, e igualmente con una relación cortada con Francia, tópico que cualquier extranjero europeo no conocedor de esa tierra presupone erróneamente. Tiene una identidad singular. En este caso el RIDM ejerce de puerta abierta a lo foráneo con las influencias comentadas así como también de espejo del cine local quebequés y canadiense.

Si tuviera que poner algun “pero” al festival estos serían pequeños, y más teniendo en cuenta que la dirección actual no lleva ni un año y medio al mando. Quizá diría que se podría añadir un vía más de indagación dentro del costado independiente, más hacia la no ficción del “grupo 2” citado anteriormente y olvidarse un poco de los limitados parámetros de la industria. Y apostar también por todo el trabajo de cine independiente documental (y sus amplios alrededores) más cercano, el hecho actualmente tanto en Canadá como y sobretodo en Estados Unidos. Quizás alejarse dos pasos de las influencias europeas y buscar un discurso propio, allí donde esté.

El festival es llevado a cabo por un equipo muy joven, tan entusiasta como profesional. La dirección recae en manos de la también joven directora Roxanne Sayegh y su funcionamiento y organización es impecable. Público numeroso llenó las diversas salas y los espacios del festival cada día. Éxito. Así pues, en esta primera ojeada a este festival de documentales canadiense, podríamos concluir que es un encuentro  brillante, importante, para tenerlo en cuenta, una ruta más a anotar en el mapa, con muy buena relación con latinoamérica y esta parte de Europa.

Películas locales

La sección que me tocó calibrar no fue, pero, la más brillante del evento. Las películas canadienses que participaron a competición estaban muy influencidas por parámetros televisivos, algunas de ellas muy simples en su concepto y realización. Me quedo con dos, que fueron finalmente las premiadas de la sección.

Les États-Unis d’Afrique (Los Estados Unidos de África, Yanick Létourneau, 2011) es una película sobre el continente africano actual planteada como un film militante de América Latina de los 60 y 70, pero con un lenguaje visual actual y una imagen colorista. Un exitoso rapero senegalés, Didier Awadi, lleva a cabo la grabación de un nuevo disco con la poco modesta intención de sublevar toda África, un llamamiento a la revuelta muy de nuestros tiempos. El realizador le sigue en su periplo de búsqueda de colaboradores para hacer el disco, que son en gran parte otros raperos exitosos africanos y afroamericanos, pero también filósofos, escritores, activistas, familiares de políticos asesinados como Lumumba o Thomas Sankara. El proyecto de Awadi se acaba convirtiendo en un espectacular trabajo de recuperación de la memoria histórica de todo el continente, y el film lo sigue de manera trepidante. Se entrega al espectador un discurso politizado, cerrado de antemano y sin posibilidad de divergencias, con un montaje que va mesuradamente de menos a más, como un buen discurso militante, con un final esplendoroso: vemos un niño por un camino polvoriento cantando brazos en alto a la gloria de aquellos que intentaron hacer una África diferente y murieron en el intento a manos de los que aún gobiernan ahora.  Aún asumiendo su obviedad política, no deja de ser un documental curioso y coherente con su propuesta.

El otro film destacable fue The Wiebos’s war (La guerra de Wiebo, David York, 2011). Explicaba la vida de Wiebo Ludwig, un fanático religioso que ha creado todo un núcleo familiar a su alrededor, viviendo alejado en el interior de Canadá. Un endiosado y poderosísimo personaje que se topa con otro dios más poderoso e influyente que él, el del capital. Una empresa petrolífera empieza a hacer extracciones y pozos cerca de las granjas de la familia Ludwig, llevando a su aislada pero pacífica existencia la muerte de seres queridos y la destrucción. Los políticos, los medios de comunicación y los ciudadanos canadienses son retratados en su cobardía por el ojo observador de York, así como el retrato de Wiebo es el de un titán castigado, hastiado de luchar. “¿Qué hecho mal?” dice gritando al cielo Brad Pitt en El árbol de la vida (Terence Malick, 2011) cuando muere su hijo. “¿No he ido a la iglesia cada domingo? ¿Es que no he rezado cada noche? ¿Es que no he seguido tus órdenes?” con una perplejidad y frustración similar a la de este inolvidable personaje.

Una de las películas locales que tuvo más éxito, a la postre estrenada en salas tras el féstival, y que en mi opinión fue la más hueca y débil de toda la sección fue Carnets d’un gran détour (Cathérine Hebert, 2011). Una mirada muy superficial a África, una narración naïf con una realización de una mal entendida belleza (postales turísticas), ante la cual sólo me puedo remitir a proyectos que nacen de ideas similares y han sido ejecutados con maestría, como Afriques comment ça va avec la douleur de Raymond Depardon o Mirages de Olivier Dury.

Películas foráneas

Varias de las mejores películas que había en la sección internacional y en la paralela Horizons las hemos podido ver en otros festivales y comentado en otras crónicas, como por ejemplo El lugar más pequeño (Tatiana Huezo, 2011), La BM du Seigneur (El BMW del Señor, Jean-Charles Hue, 2010), Territoire perdu (Pierre-Yves Vandeweerd, 2011), Qu’ils reposent en revolte (Sylvain George, 2010) o Yatasto (Hermes Paralluelo, 2011) y a sus reseñas me remito. También acompañaron a la programación autores de prestigio con películas que han estado visitando los festivales más representativos de todo el mundo, como Wiseman (Crazy Horse, 2011) o Stefano Savona (Tahrir, 2011). Me centraré, por tanto, en otras dos películas que considero ambas talentosas y son un poco más desconocidas.

La primera es Spectres del realizador belga Sven Augustijnen y tiene una relación temática (distante) con la citada anteriormente Les États-Unis d’Afrique. Augustijnen sigue en plano secuencia a su protagonista, Sir Jacques Brassinne de La Buissière, ex funcionario colonial belga en el Congo y erudito historiador especializado en el asesinato de Patrick Lumumba. La tesis del señor Brassinne se presenta como impecable, y en ningun momento sus teorías muestran contradicciones. Culpa del asesinato a los líderes africanos rivales de Lumumba y exculpa en todo momento a los gobernantes belgas, entre ellos nobles e íntimos amigos de Brassine, de los cuales podemos ver aún su esplenderosidad económica, pues parte del rodaje es en el interior de sus mansiones. El peso de la muerte de Lumumba, quizá el líder más importante asesinado en África en todo el siglo XX, flota, pero, en el aire, en sus consciencias, y aunque sus impenetrables teorías y defensas parecen irrebatibles, la mirada de Augustijnen deja entrever esos fantasmas. La investigación y explicación del crimen de Lumumba les lleva hasta el Congo, hasta la carretera donde su cuerpo fue despedazado y esparcido, hasta el árbol donde fue fusilado, en unas imágenes nocturnas, tensas, de soledad entre Brassinne y Augutijnen, que recuerdan a las poderosas imágenes finales de Raya Martin en Autohystoria (2007), en el asesinato de los líderes nacionales filipinos. Una mirada a la memoria africana y belga de aparente solidez en la superficie pero con un fondo de grietas por las que aparecen los espectros del pasado.

La otra película internacional que me gustaría resaltar es El velador, de la mejicana Natalia Almada. Es el retrato de un entierramuertos en México. En lugar de hablar del México violento, de los narcos, de la brutalidad de esta temática de una manera directa o impactante, Almada ausculta la actualidad del país observando a este modesto trabajador, huyendo de toda morbosidad y espectacularidad. En un cementerio con apariciones de coches caros y mausuleos kitsch, la realizadora se fija en el silencio, lo rutinario y lo repetitivo. El protagonista limpia las tumbas, gesto lento, grave, mientras las transformaciones del cielo nos indican como pasan los días y los seres humanos. El terror y el dolor del México actual están latentes en el silencio de la película, la cual no necesita nada más que eso para expresarlo.

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