22 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

En su 22ª edición, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata está más raro que nunca. Con distintos rumbos y con ninguno al mismo tiempo, la programación pareciera ser el resultado de un conflicto serio entre las personas destinadas a elegir películas para un festival clase A y aquellas otras dedicadas a pisarle la cola al otro gran festival de cine de Argentina, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente.


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Mar del Plata
CONTANDO LAS RAZONES: MENOS 9, 8, 7, 6…

En su 22ª edición, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata está más raro que nunca. Con distintos rumbos y con ninguno al mismo tiempo, la programación pareciera ser el resultado de un conflicto serio entre las personas destinadas a elegir películas para un festival clase A y aquellas otras dedicadas a pisarle la cola al otro gran festival de cine de Argentina, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI). El resultado de todo esto se materializa en una grilla de programación bicéfala capaz de hacer dudar hasta al mismo director artístico del festival. En la que, por ejemplo, a una función de Sol de otoño (1996) de Eduardo Mignogna le sigue una de Song and Solitude (2006) de Nathaniel Dorsky, y así.
Es por eso que esta lista es algo rara también, porque trata de reflejar todo lo anterior. Son nueve películas en vez de diez (o algún otro número redondo), ubicadas de manera descendente y, tal vez lo más importante a la hora de empezar a leer esto, no necesariamente todas buenas y/o interesantes. Las nueve en cuestión:

9: Là-bas, de Chantal Akerman (2006)
“Un día, tomé la cámara, la ubique por ahí y entonces un cuadro, un plano se me apareció de repente. Y me dije esto es fantástico. Esperemos y dejemos que las cosas sucedan”. Y así nació la nueva obra maestra de Chantal Akerman, compañera de juego de La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954) y Empire (Andy Warhol, 1964).
Enteramente filmada a través de la ventana de un departamento de Tel Aviv, exceptuando unos planos del mar, Là-bas registra la espera de una realizadora en la búsqueda de su nueva película. A través de este complejo procedimiento de puesta en escena de lo actual, cercano al de la cineasta norteamericana Lynne Sachs, las imágenes de lo que sucede “allá abajo” capturadas por Akerman, llegan a la pantalla inalteradas, atravesadas por una profunda carga autobiográfica. Como si se tratara de un making off. Pero no.

8: v. o., de William E. Jones (2006)
Siguiendo las huellas no paralelas de Guy Debord y la monumental Los Angeles Plays Itself de Thom Andersen, el norteamericano William E. Jones realizó un video compuesto de planos sin sexo provenientes de películas porno gay pre-1985 y los unió con bandas sonoras de películas extranjeras sin más criterio que la misma duración entre imagen y sonido. Decididamente estructural, v.o.(de versión original) es un juego de yuxtaposiciones audiovisuales destinado a cumplir su objetivo mediante la prueba y error más que con un montaje premeditado. Y así, incorporando esas asperezas como elementos principales, su espacio narrativo dejará de ser la pantalla para concentrarse en la mente del espectador. Sí, si Eisenstein viviese sería fanático de v. o..

7: Puna, de Hernán Khourian (2007)
Desde un lugar totalmente original dentro del panorama del videoarte argentino, acentuando la potencialidad de la imagen sin intervenciones, Hernán Khourian –realizador de Las Sábanas de Norberto (2003)- traza un recorrido sensorial por la topografía de la Puna, sus habitantes, sus costumbres y su invasión turística. De un lado para otro, con los mejores sacudones de cámara vistos en largo tiempo, Puna es, al mismo tiempo, el retrato de una tierra todavía hoy incógnita y un manifiesto sobre las posibilidades estéticas del video.

6: Time of Closure, de Mehdí Sahebi (2006)
Un retrato atípico y desestabilizador dentro de las convenciones éticas y estéticas del documental actual (y de siempre), Time of Closure muestra exactamente lo que se propone: la muerte de una persona aquí y ahora. Y no hay mucho más para agregar. Porque su mayor logro es ése, la seguridad con la que Sahebi acompaña a Giuseppe Tommasi (adicto de 44 años, enfermo de cáncer y HIV positivo) durante los últimos nueve meses de su vida. Desde los primeros tratamientos de radioterapia y su internación hospitalaria hasta su último respiro y todas las etapas de la cremación. Sin desviar jamás la mirada. Como una especie de conjunción entre la intimidad hogareña de Jonas Mekas y la mirada implacable –casi científica- de Stan Brakhage.

5: Kurt Cobain: About a Son, de AJ Schnack (2006)
En una de esas, si AJ Schnack no hubiese visto Last Days (2005) jamás se le hubiese ocurrido realizar un documental sobre Kurt Cobain. O por lo menos no de esta manera. Ya que hay algo muy similar entre su estructura flexible y aleatoria y la de la última película de Gus Van Sant: ambas emplean aquello no mostrado como fuerza impulsora del relato.
En el caso de About a Son, eso no mostrado será lo oído: una entrevista –más bien monólogo- de Cobain basada en las más de 25 horas de grabaciones realizadas por Michael Azerrad para su libro Come As You Are: The Story of Nirvana. Y lo mostrado será lo no oído, como sucedía magistralmente en The Joy of Life de Jenni Olson o en The Other Side de Bill Brown, planos de las ciudades de Aberdeen, Olympia y Seattle. El documento definitivo sobre la mayor figura del rock de los noventa.

4: Cerca de Bony, de Andrés Denegri (2006)
Hay algo en el artista argentino Oscar Bony que lo hace escaparse constantemente. Nacido en 1941, integrante del Instituto Di Tella en los sesenta, pintor, cineasta ocasional y hasta el día de hoy autor de una impresionante serie de fotografías a tamaño real intervenidas con disparos de un revólver 9mm, su figura permanece hoy casi oculta en la mayoría de los espacios locales. Este retrato fuertemente autobiográfico de Andrés Denegri se propone hacerlo un poco más visible. Con una aproximación más cercana al videoarte que al documental biográfico, Denegri integra textos en pantalla, imágenes en super 8 y confesiones a cámara, siempre en la búsqueda por capturar a su huidizo objeto delante de cámara. En el intento por estar Cerca de Bony.

3: Semen, de Ernesto Baca (2007)
Para su tercer largometraje, Ernesto Baca decidió crear el eslabón faltante entre Cabeza de palo (2002) y Samoa (2005). Mitad narración anti-naturalista descendente de Picado fino (Esteban Sapir, 1996) y mitad experimentación formal abstracta, la historia de una violación es interrumpida sistemáticamente por espermatozoides dibujados, rayados y quemados directamente sobre la película; como siguiendo los conflictos externos e internos de su protagonista. El resultado no sería tan desconcertante si Baca se hubiese detenido ahí y no hubiese tratado de reflejar absolutamente (simétricamente, básicamente) todo lo otro: el violador, su encierro, su irónico castigo, un bebé en camino, etc. etc. etc. Si existe algo así como el ‘cine experimental elefante blanco’ (ver Swivel y Counter para confirmarlo), Semen es, con su abultado equipo técnico y apoyo institucional, el representante oficial de La Argentina.

2: Swivel, de Oliver Husain (2006)
Continuando en la línea de Manny Farber y su caracterización del arte de la obra maestra, Oliver Husain realizó una película de 16 minutos compuesta íntegramente de paneos de 360 grados unidos digitalmente para generar la sensación de un Gran movimiento de cámara ininterrumpido. Así, en su over the topness algo descalibrado y carente de la profundidad de El arca rusa (Alexander Sokurov, 2002), Swivel pone en escena ese pecado farberiano de “tratar cada centímetro de la pantalla y de la película como un área potencial de creatividad digna de premio” mientras registra las mutaciones diarias de la moderna Shangai. Confiado de que su público se maravillará con sus coloridas formas giratorias.

1: Counter, de Volker Schreiner (2005)

Razón por la cual esta nota tiene esta estructura decreciente (léase decadente), y por la que esta película se encuentra al final, Counter es un ejercicio chato de found footage que consiste en una cuenta regresiva desde el número 266 hasta cero. Un Craig Baldwin sin espíritu y un Matthias Müller sin ideas, Schreiner se dedica a compilar planos de películas comerciales en los que aparecen números dentro del rango establecido (puertas de hoteles, tableros, cronómetros) automáticamente, sin reflexión. De la misma manera que Nocturne, de Peter Tscherkassky (incluido en el film colectivo The Mozart Minute), aunque también salvando las distancias, Counter da la sensación de haber sido creada por una computadora, sin rastro humano alguno. En la avalancha actual de la reutilización de material ajeno son, generalmente, aquellas películas con una marcada megalomanía (formal o conceptual) las destinadas a fallar.

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