Le Quattro Volte

Cameo recupera ahora, en una parca edición, una de las películas más celebradas del Festival de Cannes de 2010, Le Quattro Volte, segundo largometraje del cineasta milanés Michelangelo Frammartino, una reflexión tan profunda como lúdica sobre la relación del hombre y la naturaleza.


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TODO FLUYE

Siempre me he sentido reconfortado por la idea, o la intuición más bien, de que a la naturaleza le importamos bien poco, y que pese a todos nuestros esfuerzos por acabar con ella, será esta la que, una vez hayamos desaparecido del mapa, continuará su curso reconquistando para sí aquellos espacios que una vez le fueron hurtados: carreteras, pueblos, ciudades. Y es que de vez en cuando, algo tan banal como el descubrimiento de un simple tallo de helecho rompiendo el asfalto en su camino hacia la luz, es capaz de recordarnos, aunque sea por un instante, nuestra total vinculación y sometimiento al elemento natural, por mucho que nos hayamos empeñado en distanciarnos de ello.

Volver la mirada por un instante a la vida en el campo, alejada de todo el ruido mediático de la actualidad, puede ser un ejercicio tan necesario y revelador, como, bien es sabido, una muestra de cierto carácter burgués y naíf. Afortunadamente, cualesquiera que sean las reflexiones que hayan guiado a Michelangelo Frammartino  en la concepción de su estimulante propuesta, alcanzan en su plasmación una amplitud y hondura notables, y que probablemente tengan algo que ver con su trazo claro y pausado, sin necesidad de énfasis ni grandilocuencia discursiva, logrando hacer de la figura humana y su deambular por este mundo, uno más de los múltiples elementos que componen el filme, no su único y devorador centro de energía.

Aún no lo hemos dicho, será la estructura circular del filme –esas quattro volte sucediéndose en elegante transmutación de la figura humana a la animal, de ahí al elemento vegetal y de vuelta a la tierra–,  la propiciadora última de sentido y que se sustenta en todo momento en valores formales antes que discursivos: explícita renuncia a la palabra, venga ésta de dentro o de fuera de las imágenes. Un círculo de transmisiones unido por el humo, el polvo, la ceniza  –polvo eres y al polvo volverás– y puntuado por una serie de fundidos a negro que nos sitúan fugazmente en un improbable punto de vista: no somos más que pura materia en transformación. El remedio casero a base de polvo bendito con el que el pastor lucha contra la enfermedad será devuelto a la tierra tras su muerte. Del mismo modo, el cabrito perdido en el bosque servirá de sustrato para el imponente abeto que, como objeto de celebración popular primero y fuente de riqueza después, se erigirá en el centro del relato antes de ser reducido a cenizas y convertido en carbón para completar el ciclo.

Pero si más allá de estas consideraciones la película de Frammartino alcanza verdadera significación, es por su habilidad para convertir estas simples ideas vagamente filosóficas en verdaderas y poderosas ideas cinematográficas.

Y es que si, en apariencia, Le Quattro Volte arranca como un documental observacional centrado en la figura de un viejo pastor calabrés, pronto deja claras sus intenciones acogiendo en su seno ramificaciones que se abren tanto a la fábula como a la comedia. A través de una sutil pero sistemática elección de encuadres y decisiones de montaje, se abre ante el espectador una ruta que conduce antes a la propia esencia del cine que al mero hecho testimonial. Una línea que hunde sus raíces en las imágenes de los creadores primitivos (de Flaherty a Murnau), pero que se extiende sin reparos hasta alcanzar simas más profundas y enredarse en el neorrealismo (De Sica) o la concepción estructural de un cineasta tan poco naturalista como Jacques Tati.  En la construcción propuesta por Frammartino no hay prácticamente espacio para lo azaroso, primando por encima de todo el trabajo sobre el guión y la puesta en escena. Si en uno de los primeros momentos nos llama la atención una desacostumbrada posición de cámara, elevada entre los tejados del mísero poblacho, para registrar un simple trayecto del viejo pastor –y que remite antes a los decorados de un filme de René Clair que al propio retrato objetivo de ese espacio–, en el flujo del tiempo y de las imágenes alcanzará todo su significado cuando el humo del carbón salga por aquella misma chimenea, pero desprovisto ya significativamente de toda referencia humana.

Pero si hay un momento que sintetice y defina esta ambivalencia entre la querencia por lo real y la pura construcción fílmica propuesta por Frammartino, este se encuentra en el celebrado plano secuencia en el que el perro del pastor es súbitamente elevado a nivel de protagonista de la acción.

Aquejado de sus achaques, el viejo pastor ha desaparecido de imagen. Un encuadre –visto ya en numerosas ocasiones–, nos muestra la casa del pastor, a la derecha, y el cerco en el que guarda su rebaño, a la izquierda. Cruzando el encuadre de arriba abajo un camino atraviesa el espacio. El pueblo se prepara para una celebración religiosa, una representación de la crucifixión. Poco a poco, por el camino, comienzan a llegar lugareños disfrazados de romanos; el can del pastor, nervioso, les ladra cortándoles el paso, hasta que uno de los centuriones lo espanta calle abajo. La cámara sigue, desde este momento y durante todo este largo plano secuencia, al perro. Cuando la procesión se pierde de vista, el perro regresa al encuadre inicial. La escena continúa con la intervención de un niño miedoso y con un fortuito accidente automovilístico provocado por el perro juguetón. Como decimos, es una escena larga, medida con absoluta precisión en el manejo de los movimientos de cámara, interpretación, sonido y la utilización del fuera de campo; organizada sobre una puesta en escena que implica a un animal como protagonista –premonición del trasvase en el punto de vista que se concretará poco después– y sobre la que gravita una ausencia fundamental: el pastor, que nos había servido de guía desde el arranque del filme, yace en su cama muerto.

La importancia de la figura humana a partir de este momento quedará reducida a lo anecdótico –meros cuerpos fragmentados, o figuras en plano general–, un elemento más de ese todo que abarca la propia naturaleza y que se acabará transfigurando en una incorpórea niebla joyceana que flota sobre todos los vivos y los muertos de los valles calabreses.

FICHA TÉCNICA
Dirección y guión: Michelangelo Frammartino
Con la participación de: Giuseppe Fuda, Bruno Timpano, Nazareno Timpano.
Música:Paolo Benvenuti
Fotografía: Andrea Locatelli
Montaje: Benni Atria y Maurizio Grillo
Dirección artística: Matthew Broussard
País y año de producción: Italia, Alemania y Suiza, 2010

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