El Volti: mostrar el cine clandestino en Catalunya

El Volti funcionó desde 1971 hasta 1976 como una distribuidora clandestina de cine prohibido y militante. Su desaparición también implicó, curiosamente, el borrado de toda referencia a su historia. Clandestino en su trayectoria, continuó siéndolo para las generaciones futuras. Sin embargo, el Volti existió y tuvo una parte –pequeña pero no desdeñable— en la lucha democrática de este país: fue una tímida contribución desde del cine a derrotar la dictadura existente. Es por esto que conviene recordarlo, como un planteamiento distinto del cine.


    Post2PDF

La lucha política y social contra el franquismo fue sustancialmente diferente de lo que ser ahora es hacer un acto de oposición, porque había un factor que impedía los actos prácticos, incluso los más banales signos de resistencia. Este factor, nunca nombrado pero siempre presente, era el miedo: un miedo difícil de imaginar, pero que era el compañero fiel que secundaba todos actos que se emprendieron.

Hubo que comerse el miedo para ir a tirar unas octavillas o para efectuar una pintada. Había que comerse el miedo –y mucho— para emprender una huelga, y resistir luego toda clase de amenazas. Había que comerse el miedo para dirigirse a una asamblea de universitarios (entre los que podía haber policías de paisano). Sin embargo, se hizo.

No sólo era el miedo a la policía, omnipresente, sino un miedo difuso a todos aquellos que –por miedo también ellos— podían acabar denunciándolos. Sin embargo, hubo quién saltó la barrera del miedo, y siendo cada vez más, acabaron ocupando calles y plazas, haciendo que el movimiento de la izquierda antifranquista fuera uno de los principales agentes políticos y sociales del cambio de sistema político.

Aunque también había que comerse el propio miedo para otras cosas. Por ejemplo, para hacer ver cine a los demás. Cine prohibido, como es lógico. Desde seleccionar la sala, avisar a la gente, procurarse un proyector, llevar las películas, tener un lugar seguro donde guardar las películas (y los proyectores), conseguir los fondos necesarios para ello, hasta contactar con quién tenía las películas en el extranjero (o aquí) todo ello requería; también, entrega generosa y voluntad militante.

Lo sorprendente fue que se hizo, y que durante varios años (1971-1976) funcionó en Catalunya una por así llamarla «distribuidora», El Volti, que proyectó en numerosos barrios de Barcelona y en casi todas las capitales de comarca de Catalunya películas como El acorazado Potemkin (1925) de Sergei Eisenstein o Viridiana (1960) de Luis Buñuel. Una vez pasada la proyección, el secreto desaparecía: la gente comparaba el evento y quedaba constancia de que había logrado hacerse la proyección, y esto era una victoria innegable de las fuerzas de oposición.

Sin embargo, las historias cinematográficas  de finales del franquismo y de la transición al nuevo régimen no guardan memoria de esta experiencia militante (ni de otras que hubieron, como la Central del Curt, 1974-1982). El caso más sorprendente todavía, es que la historiografía política y social de izquierdas tampoco guarda ni siquiera un pálido reflejo para quienes se comieron el miedo para hacer que otros pudieran ver una serie de películas prohibidas.

Pero El Volti –y su sucesora, la Central del Curt— son instituciones, sin las que raramente la sociedad humana puede funcionar. Son agregados colectivos en cuyo seno se toman decisiones que permiten que una sociedad marche en un sentido determinado. En el caso de El Volti fue importante mientras existió, aunque a partir de 1976 perdió su sentido a ojos vista.

Desde la muerte de Franco, se empezó a liberalizar la censura cinematográfica y el empuje del movimiento democrático comenzó a crear los «espacios de libertad» (sobre todo el Catalunya), que solían ser momentos concretos, generalmente actos públicos, en que era posible decir francamente lo que se pensaba. Las peticiones de películas iban en aumento y amenazaban una institución tan débil como era El Volti.

Todo cambió cuando las televisiones empezaron a rodar también los espacios de libertad. El cambio ocurrió el 11 de septiembre de 1976, jornada nacional de Catalunya: ¿por qué habían de perder tiempo los cineastas militantes, si ya ese acto lo cubría la televisión? De un día para otro, lo que habían rodado los grupos militantes cambió de naturaleza: de material político se convirtió en material histórico. El Grup de Producció (Pere Joan Ventura) y el la Comissió de Cinema de Barcelona (que, de hecho, era sólo Manel Esteban) se disolvieron, desapareciendo así la última razón para mantener algo parecido a El Volti.

El material del Volti fue en parte a la Central del Curt y en parte a la Confederación Obrera Nacional de Catalunya (CCOO). Cuando se creó el Institut del Cinemà Català, la CONC cedió todo el material al ICC. La primavera de 2011 todo este archivo fue depositado en el Archivo Histórico de la Filmoteca de Catalunya (que aún está clasificándolo).

Llegar, proyectar, marchar (pero sin que te cojan)
Los últimos años de la dictadura del general Franco –desde el estado de excepción de 1969— asistieron a un fuerte crecimiento de la oposición al régimen, a un crecimiento de los sectores en movilización (que ya no eran tan solo el movimiento obrero) y a una creciente deslegitimación de las instituciones franquistas, sobre todo en Catalunya.

En el cine, se suele citar la  creación, en 1974, de la distribuidora clandestina Central del Curt, que distribuyó material ilegal por todo el estado, dio a conocer autores que antes eran difíciles de ver (como Antoni Padrós o Pere Portabella) y fue el símbolo preclaro del cine alternativo en aquellos años. Pero esta historia, siendo cierta y valiosa, no es, ni mucho menos, toda la historia.

Hubo otra distribuidora, ilegal y clandestina, vinculada a las Comisiones Obreras, aunque, en realidad, casi todos sus militantes eran del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC); en particular, los miembros que garantizaban la seguridad del material. Su nombre era El Volti, es decir el voltio: nombre que sencillamente designa el lugar dónde se guardan las películas.

El comienzo de sus actividades se sitúa al comienzo de los setenta (aunque había ya actividades cinematográficas antes de esa fecha). Su principal objetivo era permitir ver unas películas que estaban prohibidas y un tipo de cine, claramente militante, que estaba perseguido porque se oponía al franquismo con su ser y sus imágenes. Ni el PSUC ni Comisiones Obreras impusieron nunca órdenes a El Volti, ni decisiones sobre su actividad: hacer ver películas era una actividad demasiado trivial para intentar imponerse a ella. La amplitud de criterios estaba en su éxito: cuantas más películas exhibían se confirmaba el papel central de los comunistas en la lucha contra la dictadura.

La experiencia duró hasta 1976. Ante la perspectiva de cambio inminente, negociaron con la Central del Curt el traspaso de sus fondos, gestionada por Mariano Aragón (de Comisiones Obreras y miembro de ambas distribuidoras).

El Volti llegó a distribuir unas cincuenta películas, más algunas que sólo tuvo temporalmente, como Noche y niebla (1955) de Alain Resnais. Las proyecciones se hacían en locales de la iglesia, entidades, garajes, etcétera. Estos locales solían carecer de proyectores. De manera que se recurrió inicialmente a aparatos prestados, pero finalmente se optó por comprar dos proyectores, que con el tiempo, demostraron su eficacia (pues estaban constantemente en funcionamiento).

El Volti era una mezcla de seguridad clandestina y una proyección pública que tenía que ser forzosamente más abierta. Las medidas extremas de seguridad afectaron al depósito de películas. Nadie, salvo un reducido número de personas, sabía dónde estaba el voltio. Había cortafuegos rigurosos que impedían conocer dónde estaban guardadas las películas. Al mismo tiempo, había un criterio más laxo acerca de la seguridad de todo lo demás: por ejemplo, las entregas de material se efectuaban abiertamente en viernes por la tarde en un bar muy concurrido.

En su trayectoria ocupó cuatro locales, en casas (o empresas) de militantes: Pere Ignasi Fages, Juan Martí Valls, Asunción Garzón y Antoni Bartomeus. Después había los que se encargaban de distribuir las películas (o incluso de llevarlas a donde estaba previsto proyectarlas: Joan Anton González Serret (luego director del Institut del Cinema Català) y Roc Villas (luego, director de la Filmoteca de Catalunya), que eran las mentes pensantes de la distribuidora. Junto a ellos existían algunos ayudantes, como Montserrat Torras, Jordi Socias (luego conocido como fotógrafo) y Josep Sánchez. El resto –como, por ejemplo, traer películas del extranjero— se hacía mediante gente próxima del partido comunista, sin demasiada dificultad: en realidad, costaba más salir que entrar.

El atractivo del Volti
Dedicar tiempo al Volti, con todos los peligros que esto representaba, sólo tenía sentido si se conseguía atraer a bastante público. Aunque había varías películas que tenían un éxito asegurado, precisamente porque estaban prohibidas. Por ejemplo, Viridiana de Luis Buñuel, que fue la más proyectada de la distribuidora. Se pasó en casi todas las capitales de comarca. Su pase era clandestino, pero después era imposible evitar los comentarios valiosos de los que la habían visto. La policía se encontraba siempre ante lo que no había podido detener a tiempo. También mostraron La hora de los hornos (1968) de Fernando Solanas y de Octavio Gettino, que era ampliamente conocida. El acorazado Potemkin (1926) de Sergei M. Eisenstein era una de las películas más proyectadas en Super8mm.

Después estaban también las películas ilegales, nacionales y extranjeras. Había las de Antoni Lucchetti, Helena Lumbreras, Llorenç Soler y también el cine militante, rodado por Manel Esteban y Pere Joan Ventura (o Grup de Producció) a quienes lo rodaban. Entre los independientes, Noticiario R.N.A. (1970), de Soler, tenía el éxito asegurado por su tono socarrón y su mala baba, que solía encantar a quienes habían ido a una proyección clandestina.

Las películas militantes tenían un atractivo especial, pues mostraban lo que estaba prohibido, denegado y perseguido. La muntanya (1970) era una de estas, que mostraba el encierro de intelectuales y artistas en Montserrat. Mitin en Montreuil (1971) –de la que entraron cerca de treinta copias en España— fue una de las películas más vistas. El ver a las multitudes del Partido Comunista de España cerca de Paris, aumentaba la capacidad de resistencia en el interior y fortalecía la decisión de aunar esfuerzos para acabar con la dictadura. Lo mismo podía decirse de Sant Cugat: primero de mayo (1973) o Manifestacions a Barcelona, 1 i 8 de febrero (1976), que fue el verdadero macro éxito del cine militante barcelonés, en los finales del franquismo.

Había también películas extranjeras que interesaban mucho, a pesar de estar habladas en otras lenguas. Fue el caso de los cortos, Vietnam A y B (sin fecha) y La ofensiva del Tet (1969), hechos por operadores del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sud. Durante la guerra del Vietnam estas películas permitían ver imágenes vietnamitas de la guerra, que se mostraban distorsionadas, o directamente negadas, en el NoDo o en televisión. Es cierto que no todas las películas tenían el mismo éxito, pero el atractivo de unas incentivaba las otras.

El éxito de una distribuidora comercial se mide por el nivel de recaudación, pero en el Volti éste no es un criterio nada fiable. Durante la mayor parte de su existencia, no había precio de entrada fijo, sino que se recababa una aportación voluntaria. A fin de cuentas, valía más la gente que acudía que su dinero. En cambio sí que había un indicador de éxito seguro: no fue nunca desarticulado. Jamás cayó detenido ningún militante, no se perdió ninguna película a manos de la policía y nunca se encontró dónde se hallaban las películas. Desde este punto de vista, el triunfo fue total.

El Volti desapareció en 1976, y con él, curiosamente, toda referencia a su historia. Clandestino en su trayectoria, continuó siéndolo para las generaciones futuras. Sin embargo, el Volti existió y tuvo una parte –pequeña pero no desdeñable— en la lucha democrática de este país: fue una tímida contribución desde del cine a derrotar la dictadura existente. Es por esto que conviene recordarlo, como un planteamiento distinto del cine.

SUSCRIPCIÓN

Suscribirse a la newsletter

Redes sociales y canales de vídeo

  • Facebook
  • Twitter
  • Vimeo
  • ETIQUETAS

    ARCHIVO