Chung Kuo-Cina

Chung Kuo-Cina (1972) es la película más larga del recientemente facellido Michaelangelo Antonioni. Dura 217 minutos repartidos en 3 episodios de algo más de una hora cada uno. Sus otras películas suelen estar en torno a las 2 horas y muchas veces duran incluso algo más, lo que quizá indique una debilidad del cineasta por los metrajes largos, pero Chung Kuo supera cualquier expectativa


    Post2PDF
Inicio   1 2

Chung Kuo-Cina (1972) es la película más larga del recientemente facellido Michaelangelo Antonioni. Dura 217 minutos repartidos en 3 episodios de algo más de una hora cada uno. Sus otras películas suelen estar en torno a las 2 horas y muchas veces duran incluso algo más, lo que quizá indique una debilidad del cineasta por los metrajes largos, pero Chung Kuo supera cualquier expectativa. ¿Por qué tan larga? La película no da ninguna respuesta a esta pregunta. Hasta cierto punto, en una visión simplificada, la China de Antonioni podría parecer un reportaje como cualquier otro, sólo que mucho más largo y lento. Pero la duración es también para esta película un modo de plantear enigmas.

La sensación de que la película dura más de la cuenta se debe a que no sólo es larga en términos generales, sino que cada secuencia, cada acción o paisaje descrito en ella, lo es de un modo mucho más prolijo, pausado o sin un objetivo claro de lo que se considera corriente en este género de obras. Quizá las tres actitudes estén conectadas: la voluntad de ser minucioso, preciso, lleva a proceder con parsimonia, para asegurar que no se olvida nada, que todo es tratado por igual. El resultado es una clase especial de lentitud, como la de una balada entre dos canciones rápidas, sólo que aquí se trataría de un disco compuesto únicamente de baladas.

Ni siquiera la famosa secuencia final de los acróbatas en el teatro consigue romper la monotonía. Parece hacerlo durante unos minutos, justo cuando arranca tras la larga secuencia del Tai-Chi, pero pronto se desvanece la impresión de acelerado que provocaba el giro veloz de los platos sobre los palillos. El motivo es la duración de la secuencia (casi 10 minutos) y que al amontonar una acrobacia tras otra, encadenando números que, aunque vistosos, no siguen ninguna progresión (cada número sigue el hilo del “más difícil todavía”, pero como un número sucede al anterior este hilo queda roto cada vez), el espectáculo pierde brillantez, se vuelve extrañamente uniforme.

Es curioso que para ello la película hace poco más que dar la duración “real” del acontecimiento, el tiempo que realmente ha ocupado en el teatro donde actuaban los acróbatas. Porque no se trata de una retransmisión en directo, aunque por momentos pueda parecerlo. Vemos cómo unos malabaristas sustituyen a otros en el escenario y se preparan para el siguiente número. Es como si la brillantez del espectáculo fuera mucho más frágil de lo que pudiera parecer, como si bastara no hacer nada, o hacer muy poco, para ponerla en peligro.

Al regreso de su viaje de 5 semanas por China, cuando visionaban los rollos revelados, Enrica, la mujer de Antonioni, dijo: “¿Cómo es posible? Yo estaba allí con Michelangelo y no he visto nada de lo que él ha visto.” Sin embargo, no hay nada especialmente espectacular, inesperado, en la película. Si enumeramos sus motivos, tal vez podría parecer que encierran cierta vistosidad (Tai-Chi, acupuntura, monumentos, acrobacias, pobreza, obras de ingeniería…) pero estas son ni más ni menos que las cosas que uno esperaría encontrar en China. Con los mismos temas, se podría haber hecho una guía de viaje, o un libro de testimonio de los que firman sin reparos los intelectuales que vuelven de China. La propia vistosidad de los motivos no es garantía de que, tan pronto como se recuperen, su imagen no se volverá opaca, insignificante.

Todo esto no vuelve menos cierto el hecho de que Antonioni ha visto cosas en China, como dice su mujer. ¿Cómo presenta lo que ha visto? No hay nada de especial en las cosas que ha ido a ver, y tampoco en el modo en que las presenta, que es un modo lineal, yuxtapuesto, como amontonado (1). Una cosa sigue a la anterior sin que sea posible descubrir un orden de presentación y sin que haya noticias sobre el plan que seguirá en los próximos minutos. A veces se dice: “Hemos decidido viajar a Suzhou”, pero no hay modo de saber hasta cuándo las imágenes presentadas seguirán siendo las de esa maravillosa ciudad. Sin embargo, tampoco se trata de una película desordenada o caótica, ni siquiera imprevisible. El espectador no está desorientado en ningún momento, quizá no pueda estarlo. Una voz le guía -“Ahora nos encontramos en la Plaza de Tian An Men”- y el orden de las secuencias no tiene nada de raro, si el aparente azar de una errancia tenaz, de un viaje, no debe considerarse ya algo raro de por sí. Del mismo modo que no nos sorprende cuando alguien nos pone el vídeo de las vacaciones que tras un primer plano de un tucán vengan las cataratas del Iguazú y tras estas la piscina del hotel, el orden de las secuencias de Chung Kuo se impone como natural, sin dejarnos reflexionar acerca de la más que posible falta de naturalidad de un viaje en el que estamos embarcados sin saber cuál será la próxima etapa (lo que nos tranquiliza es la confianza ciega en el guía, y a veces tranquiliza tanto que acaba con cualquier asomo de curiosidad).

—-

(1) Si hay una imagen recurrente en Chung Kuo es la del montón. Las preciosas carpinterías ornamentales encastradas en los templos, las montañas de alimentos en el mercado, los macizos de rostros en las calles, los grupos de obreros apiñados en traseras de furgonetas, los propios acróbatas en sus torres humanas, la irrupción inesperada de una manada de caballos… llenan cada poco tiempo el encuadre de esta película como la niebla o la lluvia el de otras. Especialmente memorable es el largo travelling por el aparcamiento de bicicletas: “En Pekín, nos han dicho, hay más de un millón de bicicletas”.
(2) Una revista como Blogs & Docs tiene forzosamente que interesarse por la visión teórica que un gran maestro como Antonioni tenía del documental. En efecto, sus ideas sobre el género están lejos de ser las corrientes, y además resultan comprometidas si las comparamos con algunas de las dominantes en la actualidad. Puede decirse que Antonioni tenía una idea extremadamente ortodoxa pero no ingenua del documental. Para él, la ficción tenía pocas posibilidades de prosperar dentro de una película documental. El éxito o el fracaso de los documentales que jugaban la carta de la ficción se medía en una balanza que contrapesaba realidad y trama. La idea era que si esta balanza estaba aunque sólo fuera un poco descompensada, si no se lograba un equilibrio perfecto entre ambas partes, la película fracasaba. Así, en sus críticas juveniles llega a enmendarle la plana al mismo Flaherty, al juzgar que en Hombres de Arán una realidad sobreabundante convierte en innecesaria la trama, y que en Saboo-Tomai, el de los elefantes sucede al revés). Una salida razonable a este problema casi insuperable le parecía a Antonioni evitar la mezcla deliberada de documental y ficción. Para él, la especificidad del documental residía en la sensibilidad superior del autor con respecto a su tema, no en su imaginación. Chung-Kuo puede verse como un documental en el que prácticamente no hay ficción construida por el autor (como señalábamos antes no existe una trama, las secuencias se suceden del modo más sencillo, al hilo de la visita). También es cierto que probablemente se trate de una obra radical: poco después de su estreno Antonioni publicó un texto titulado “¿Todavía es posible rodar un documental?”. Para sus primeros cortometrajes, en cambio, había optado por ensayar la mezcla sabia de trama y realidad. Hay un maravilloso texto de 1939 donde Antonioni expresa sus dudas, a propósito de la preparación de su primera película, Gentes del Pô: “Antes de nada, una pregunta se impone: ¿documental o película de ficción? La primera forma es sin ninguna duda atractiva. El material es rico, sugestivo. (…) Material desde luego abundante, pero peligroso porque se presta a la retórica.”(“Pour un film sur le fleuve Pô”, M. Antonioni, Écrits 1936/1985, Roma, Cinecittà International, 1991.)

Inicio   1 2

Un Comentario

  1. Ángel 02/01/2013 | Permalink

    Pués si da la sensación de ser lenta y de que le sobran cosas yo,viéndola pensaba que le faltaban cosas.China es muy grande y tiene muchos matices y parece un documental muy superficial que le falta un poco de profundidad en los escasos temas que trata.

SUSCRIPCIÓN

Suscribirse a la newsletter

Redes sociales y canales de vídeo

  • Facebook
  • Twitter
  • Vimeo
  • ETIQUETAS

    ARCHIVO