Demon

Ya en su nombre oficial actual (Visions du Réel), el Festival Internacional de Cine Documental de Nyon señala el interés de sus organizadores por investigar la naturaleza del acto de explorar la realidad, sujeta ésta a diferentes interpretaciones no sólo en relación a su significado, sino incluso a la posibilidad misma de su aprehensión y la certeza, al menos en parte, de su construcción.


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Permítaseme realizar un pequeño experimento narrativo sobre la primera de estas secuencias para delinear intuitivamente el desafío que forma el núcleo fundamental de Demon

Sinopsis de los primeros minutos de Demon

Tentativa número 1:

El film abre con un plano del protagonista fumando y escupiendo sangre. Continúa con una secuencia en la que afila meticulosamente unos cuchillos en un cobertizo. A sus pies hay un perro al que ata las patas y el morro. Recuesta la cabeza del animal sobre una palangana. Fundido a negro. Plano detalle de los ojos del perro. Fundido a negro. Poco después una mujer está cocinando. El protagonista y un niño prueban el guiso.

Tentativa número 2:

Jegor intenta controlar la tos que le produce la tuberculosis fumando. Acaba de sufrir un ataque y aún está escupiendo sangre. Su cara demacrada y su cuerpo macilento nos confirman la presencia de la enfermedad, que poco a poco lo está matando. Los tatuajes por todo el cuerpo nos revelan su pasado criminal y su paso por el durísimo sistema penitenciario ruso. Jegor entra en un cobertizo donde comienza a afilar el cuchillo. A sus pies un perro está reposando tranquilamente. Está claro que Jegor va a sacrificar al perro. Cuando cree que el instrumento está suficientemente afilado, ata las patas y el morro del perro para evitar su huida. El animal, ignorante de la cruel determinación del hombre, se deja hacer. Jegor le coloca la cabeza sobre una palangana para que la sangre no corra por el suelo cuando le corte el cuello. La tensión es inaudita mientras esperamos lo inevitable. Pero el director, misericordiosamente, nos ahorra el horrible momento del degollamiento, agonía y muerte del animal. No evita, en cambio, mostrar sus ojos vidriosos una vez muerto -ojos que parecen querer preguntar “¿por qué me has matado?”. La mujer de Yegor cocina al perro, que poco después es consumido por toda la familia.

Fin del experimento.

Nuestra imaginación es una aliada peligrosa. Nuestro afán por dotar de una estructura narrativa a las imágenes, de reconstruir una historia, hace que rellenemos los huecos que el cineasta ha ido sembrando deliberadamente. El riesgo de inventar la realidad es insoslayable. ¿Por qué mata Jegor al perro? Seguramente, nos decimos, para obtener algún tipo de perverso remedio casero para su afección. La “respuesta” surge irremediablemente de la relación entre el montaje y nuestra búsqueda incesante de relaciones de causa y efecto. Pero podrían existir muchas otras interpretaciones. El perro podría estar muy enfermo (a fin de cuentas a penas se mueve) y Jegor querría aliviar su sufrimiento. Es igualmente factible. O… ¡alto ahí! ¿No estaremos -maravillosa expresión- montándonos una película? Pues subyace una duda aún más fundamental: dado que en ningún momento lo vemos, ¿cómo sabemos que Jegor mata realmente al perro? El plano de los ojos es demasiado breve como para saber si pertenece a un animal vivo o muerto.

Y aunque lo viéramos, jamás podemos estar seguros del estatus ontológico de las imágenes. Consideremos la segunda secuencia, un momento que causa verdadera estupefacción. Un chico del vecindario visita a Jegor. En medio de la insulsa conversación el joven le pide que asesine a su padre. Jegor le pregunta por el motivo. Repuesta: nunca se han querido como padre e hijo. Jegor le dice que ha ido al sitio correcto y accede a matarlo a cambio de un teléfono móvil.

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