Crude oil

¿Qué es la última obra de Wang Bing? Una película inabarcable, una instalación-mantra, una extravagancia… Catorce horas de un retrato desapasionado de un trabajo en el desierto que alimenta al sistema.


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Crude Oil de Wang Bing

Antes de empezar a retozar en reflexiones sobre la cotidianidad de la explotación en una potencia emergente, un aviso para espectadores: ver Crude oil consiste en pasar catorce horas casi en tiempo real con unos señores mal peinados que descansan, trabajan, fardan de móvil, ven una película, pasan frío, trabajan de nuevo, fuman…  Sin olvidar como elemento principal el espacio en el que se desarrollan tan auténticas, por comunes y sin manipular, actividades: un yacimiento petrolífero en medio de un desierto de una provincia periférica de China. Esta es, de manera cruda, la última obra de Wang Bing que La Casa Encendida exhibió sin pausa dentro de la programación de La noche en blanco madrileña, una ¿película? inabarcable y radical en más de un sentido.

Crude oil es fiel a ese sello de la filmografía del cineasta chino que consiste en dar de sí las costuras de la narración audiovisual. Aunque en forma y fondo se acerca más a su primer documental, el admirado Al oeste de los raíles (2004), el impulso detrás de su gestación puede que esté más enraizado en He Fengming (2006), como una reacción en fondo y forma a esa película (1). Así, donde aquella estaba encajonada en una habitación, aquí transcurre en un paisaje sin fin; si allí la narración oral de la anciana iba construyendo la película, aquí el relato no existe, se evita; y el personaje principal omnipresente de la primera se sustituye por un equipo de trabajadores observados a distancia a los que difícilmente podríamos distinguir unos de otros, como un elemento más de un cuadro frío en todos los sentidos.

Este proyecto nace de una propuesta del Festival de Rotterdam. En un principio la idea de Wang era grabar (en digital, como siempre) 10 horas al día durante una semana a unos hombres trabajando aislados en medio del desierto. La película debía durar 70 horas que, dividida en diez capítulos, se exhibiría durante todo el certamen holandés para que los asistentes pudiesen pasearse por la vida de aquellos operarios cuyo alienante trabajo tiene como fruto la vitamina C de nuestro sistema: el petróleo. Pero al tercer día a 3900 metros sobre el nivel del mar, el director sufrió un severo mal de altura y tuvo que abandonar el lugar y su plan original. El resultado definitivo se quedó en 840 minutos divididos en dos partes que, como señala al comenzar, “muestra 24 horas de la vida de un equipo de obreros en un yacimiento”.

Más allá de su duración, no resulta apta para muchos ojos una cinta con mínimos movimientos de cámara, escasos cortes (hay varios planos fijos que duran más de una hora), encuadres en los que la acción queda en off, un sonido donde las conversaciones se acercan más al ruido (de hecho, en principio no quería subtitular), elipsis caprichosas y, sobretodo, una ausencia total de narrativa. En ese lugar extraterrestre en el que el horizonte no acaba, la mirada se siente sin embargo enclaustrada en el objetivo prácticamente inmóvil del cineasta. Y a la vez hay algo hipnótico en el constante run-run de la perforadora, en la luz del pequeño barracón de descanso que, en medio de esa inmensa nada, parece salido de un sueño y, sobretodo, atrae tanto como desconcierta ese tono desapasionado que recorre todo el metraje.

Hay en Crude oil retos a la paciencia, a la imaginación y arranques que hacen pensar en que pronto llegará a las pantallas algo parecido al suprematismo audiovisual. Como esa escena que, en tres planos, muestra el trabajo de dos operarios en la plataforma. Y su trabajo consiste en cinco movimientos, cinco movimientos, cinco movimientos, cinco, cinco… repetidos así durante tres horas. La composición es hermosa -el encuadre, el horizonte limpio en contraste con el hierro y el ruido de la extracción-; la imagen es terca como un mantra que lleva al espectador o bien a perderse en cada detalle, o a la irritación. O aquella otra escena en la que en un único plano que dura más de dos horas vemos a otros trabajadores -¿o son los mismos?- absorbidos por una película de acción. Escuchamos la música tensa, los diálogos sensuales, las sirenas de policía, los disparos que vienen del televisor, pero no vemos más que sus cuerpos y caras a distancia suficiente como para que nunca sintamos nada por ellos, muy lejos de esa imagen hermana de Ten minutes older (Herz Frank, 1978). Aquí se contempla sin emoción.

A raíz de su estreno en Rotterdam (2), surgió un debate que aunque pueda parecer prosaico está en el centro de la capacidad de Crude oil de trascender, de ayudar al espectador a atravesar su impenetrabilidad formal. El asunto era saber cuál es el contexto en el que se debe exhibir esta película/instalación. El programador holandés Gertjand Zuilhof habló de ello en esta interesante crónica donde además cuenta detalles de cómo se gestó el proyecto.  Su conclusión es que dan igual las condiciones en las que se exhiba. Sin embargo, si la naturaleza de la obra no queda clara, ¿no corre el riesgo de quedar sepultada bajo la anécdota por su metraje? Para acercarse a esta obra no está de más saber que no nació para ser vista sino para ser visitada, para sentarse enfrente como el que se queda un rato en un banco, mira y luego se va. Esa era la intención original de Wang Bing y si no se respeta se corre el riesgo de que de la película lo único que sobresalga sea la extravagancia.

Shoah (Claude Lanzmann, 1985), Die kinder von Golzow (Winfried y Barbara Junge, 2006), Evolution of a filipino family (Lav Diaz, 2004) o incluso las Histoire(s) du cinema de Godard son algunos de los numerosos títulos cuya duración supera por varias cabezas las canonizadas dos horas, sin embargo en todas el contenido (narrativo, emocional…) era directamente proporcional a ese exceso. El de Crude oil está vacío a propósito de ese contenido para dejar sólo trabajo y un desierto frío. Saber qué quiere contar Wang Bing con este documental que aparentemente no cuenta nada es más un ejercicio adivinatorio que de comprensión, pero es muy probable que esa crudeza que ya está en el título tenga mucho que ver. La crudeza y el petróleo.

– – –

(1) Sobre He Fengming y su manera de trabajar, hay una extensa e interesante entrevista con Wang Bing en la revista Cinema-Scope.

(2) Tras su paso por el festival holandés, donde obtuvo una mención especial, se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Hong Kong y en el FIDMarseille. Su paso por Madrid el pasado 13 de septiembre fue la cuarta ocasión en la que el público pudo verla.

FICHA TÉCNICA:
Dirección: Wang Bing
Dir. de fotografía: Wang Bing
Producción: Wang Bing
País y año de producción: Holanda, China, 2008.

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