VI Festival In-Edit: homenaje a Albert Maysles

El Festival Internacional de Cine y Documental Musical de Barcelona (In-Edit) ha homenajeado en su sexta edición a Albert Maysles, figura clave del direct cinema americano, que ofreció en una clase magistral en la ciudad.


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Albert Maysles, el cámara que estuvo allí

Desde hace aproximadamente un mes, unas palabras murmullan en mi cabeza. Cuando las escuché, parece quedar ya muy lejos –durante el pasado 41º Festival Internacional de Cine de Catalunya (Sitges) -: “Puedes ir por el otro lado del camino que recorres cada día. Aún siendo el camino el mismo, puedes ver cosas nuevas. ¿No es suficiente motivo para vivir?”, expresa uno de los personajes de The sky crawlers (2008), de Mamoru Oshii. Por supuesto, Albert Maysles (26 de noviembre de 1926, Brooklyn, Massachusetts) procede de un enclave espacio-temporal muy diferente al del realizador nipón, y sin embargo, seguramente subscribiría dicha enunciación como filosofía de vida. Es más, no dudaría en eliminar los signos de interrogación y la partícula negativa. A estas horas, Maysles será uno de entre millones de personas a quienes los resultados electorales al otro lado del charco les habrán alegrado el día.

La recién concluida sexta edición del In-Edit (Festival Internacional de Cine y Documental Musical de Barcelona) optó este año –tras el tributo a Don Letts en 2007- por ofrecer un cálido homenaje a Albert Maysles. El veterano realizador de Brooklyn formó parte, junto a su hermano David Maysles -fallecido en 1987 y que se encargaba del registro del sonido y de supervisar la posproducción-, de la avanzadilla del direct cinema en los Estados Unidos de los sesenta. El festival programó cuatro de sus documentales musicales (What’s happening! The Beatles in the U.S.A., Gimme shelter, Ozawa y Soldiers of music: Rostropovich returns to Russia) y lo trajo a Barcelona para impartir una master class. Más que un reputado realizador de la versión americana del cinéma vérité, la audiencia asistió al rostro sabio y entrañable de un veterano maestro que había visitado España por última vez hacía más de cuatro décadas, atendiendo una invitación de Orson Welles.

Nadie duda a estas alturas de que adentrarse en una sala oscura puede conllevar una suerte de descubrimiento, como esas “cosas nuevas” que a veces uno puede encontrarse por la calle. La revelación con la que seduce Maysles consiste, entre otras cosas, en  dos logros fundamentales: hace realidad una eficiente máquina del tiempo mediante la cual nos sitúa in media res, en el mismo núcleo del hecho histórico y personal que su ojo observador capturó; y por otro lado, cómo en el centro mismo de la acción, Maysles se vuelve invisible para cedernos su mirada privilegiada y sensible, aguda y respetuosa  con la realidad objeto de su interés.

Maysles estuvo allí. Nosotros estamos allí: recibiendo a los Beatles en el Nueva York de 1964, compartiendo su habitación de hotel y su perplejidad ante el histerismo de las fans; en el enclave concertístico de Altamont y en la sala de montaje de los Maysles junto a los Rolling Stones a finales de los sesenta; viendo dirigir la Orquesta Sinfónica de Boston y sintiendo sudar a Seiji Ozawa a mediados de los ochenta; regresando en 1991 a la ex URSS y reencontrándonos con el tiempo perdido del violonchelista Mstislav Rostropovich. Maysles no es montaje de entrevistas (“La pregunta siempre es retórica”, afirma) con rescate de material de archivo y/o voz en off conductista. Su cine no es objetivo, sino honesto. Su lente diverge de cuanto tiene que ver con el sensacionalismo, la desmesura, la gratuidad o el morbo y persigue un ambicioso objetivo: una crónica de lo real sincera y emocionante, eso que él denomina “retazos de humanidad”, “pequeños momentos” o “chispas iluminadas”. Mientras que Ozawa (1985) y Soldiers of music: Rostropovich returns to Russia (1991) son un híbrido entre el retrato de un músico, la crónica histórico-política y cómo estas disciplinas condicionan la vida personal, What’s happening! The Beatles in the U.S.A. (1964) y Gimme shelter (1970) suman a la foto de grupo una descripción social y generacional, la de la juventud “sixties” entregada a sus ídolos desde una nube de histeria, drogas y/o violencia.

Bajo el efecto de admiración por lo descubierto, nos invadía una intensa curiosidad acerca del método de trabajo de Maysles -de joven, estudiante de psicología. El director de Massachusetts explicó que la clave de sus documentales reside en “generar una especie de confianza, de afecto, de cuidado” con aquellos que pretende retratar. Es la condición sine qua non para lograr que los retratados sean ellos mismos y se sientan libres. Para él, el acto de filmar es en esencia “un acto de amor, amor a primera vista”. Sus palabras ilustran no sólo un estilo cinematográfico, sino una postura ante la vida -si es que ambas cosas pueden disociarse-. “Mis talentos son con la cámara y en relación a las personas delante de la cámara”, aseguró.

Maysles, que ya siendo niño se mostraba como un observador avezado que contemplaba las diferentes expresiones que la música originaba en el rostro de su padre, explicó que la pretensión de sus documentales musicales es “capturar a los músicos (…), el rostro que produce la música”. Expuesto el método, la autenticidad de ciertos pasajes sigue resultando asombrosa y misteriosa, como si lograra construir una especie de suspense no premeditado a partir de su filmación de la cotidianeidad. Maysles acostumbra a citar una frase de Alfred Hitchcock: “En una película de ficción, el director es Dios. En una película de no ficción, Dios es el director”.

Be yourself
Así es cómo Maysles ha ido construyendo una trayectoria de captura de la realidad que desecha instrucciones de dirección y pautas de guión o de puesta en escena. No existe un control a priori de lo que sucederá ante la cámara más allá de la selección de un hecho concreto (a veces, de encargo) y de las decisiones de cámara tomadas instantáneamente. La imprevisibilidad de los acontecimientos mientras el piloto de grabación estuviera encendido alcanzó su connotación más trágica en Gimme shelter (Albert Maysles, David Maysles, Charlotte Zwerin), donde asistimos al apuñalamiento de Meredith Hunter, un joven afroamericano sobre el que se echaron encima los Ángeles del Infierno -contratados como seguridad por los Rolling Stones para su concierto multitudinario durante el Altamont Speedway Free Festival (California) en 1969-. En aquel mismo momento, sobre el escenario, Mick Jagger entonaba Under my thumb. Gimme shelter ofrece además una significativa nota diferencial con respecto al resto de documentales musicales. A las imágenes registradas del concierto de Altamont van intercalándose las reacciones de la banda, ejerciendo una especie de derecho a réplica, durante su visionado en la sala de montaje de los Maysles. Mick Jagger, Charlie Watts, Keith Richard, Mick Taylor y Bill Wyman contemplan a los Rolling Stones. La seriedad en los rostros, el silencio ante los fotogramas, la petición de Jagger de rebobinar el momento en el que el adolescente es acuchillado… colisionan con los festivos sombreros que la banda lucía a su llegada a Nueva York. Maysles resaltó durante su charla la secuencia en la que el grupo escucha Wild horses. Cada uno reacciona de modo diferente y la cámara opta por seguir el rostro, las botas y los movimientos de Richard.

Los momentos de autenticidad en el cine de Albert Maysles pueden contarse a puñados. En este sexto In-Edit hemos disfrutado de unos cuantos. En What’s happening! The Beatles in the U.S.A.: el baile que se marca Ringo Starr -ajeno a la presencia de la cámara-, los tiempos muertos junto al cuarteto en la  habitación de hotel y su reacción inocente y espontánea ante la convulsión que supuso  su llegada a Estados Unidos. En Ozawa: el emocionante momento en el que Seiji y su compañero ruegan al cámara que respete un momento íntimo y éste corta automáticamente y cómo Maysles se aproxima al Ozawa director de orquesta, a su cuerpo, a sus gestos y a sus movimientos, expresiones de la pasión sentida. En Soldiers of music: Rostropovich returns to Russia: el violonchelista clásico y su esposa, la soprano Galina Vishnevskaya, regresando un día de nieve a la casa donde vivieron 16 años atrás, antes de su exilio, y en el recuerdo, su amigo Alexander Solzhenitsyn. Maysles afirmó que si hubiese más conocimiento de los hogares de los diferentes puntos del planeta y en consecuencia, de su vida, “se habrían evitado muchas cosas”. Asimismo animó a desarrollar las posibilidades retratísticas que ofrece el vídeo para conservar “un valioso testamento vital de las personas” y como  “otra manera de conectar a la gente con el mundo que le rodea”.

El futuro de este octogenario “hombre de la cámara” se mueve en varias direcciones. Durante su master class avanzó unas imágenes del documental que está rodando con Rufus Wainwright –cuya música es “una nueva forma de ópera”, según Maysles-. Además, sigue dándole forma a un par de proyectos con títulos provisionales que comenzó hace tiempo: In transit, filmada en seis países diferentes durante trayectos en trenes de larga distancia, y From the mouths of babes, realizada a partir de conversaciones espontáneas con dos niños, de cuatro y seis años. Y si existe un secreto, Maysles tiene la llave para llegar hasta él: “Nunca dirijo. Sólo observo”. Como la célebre “mosca en la pared”.

Sumándose a estos actos, en la Filmoteca de Catalunya se proyectan hasta el próximo día ocho de noviembre cinco películas más de la filmografía de Maysles –entre ellas, las reputadas Salesman (1968) y Grey gardens (1975).

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