Mai Masri, cineasta palestina

“Es importante trabajar a través de las imposibilidades y los obstáculos mostrándolos, tratar de focalizar los detalles, la intimidad, el interior. He aprendido que cuando el plan A no funciona debe haber un plan B, y cuando este falla, un plan C. Siempre estar a punto, tener una reacción rápida, utilizar lo inesperado. Me di cuenta de la importancia de filmar la vida diaria bajo la ocupación, de los detalles, de los ruidos, de las fugas. Era mucho más poderoso.”


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Los sentimientos de pertenencia y separación a un territorio junto con la guerra son la base de la obra de la cineasta palestina Mai Masri, que ha pasado mayor parte de su vida en el exilio. El pasado mes de noviembre participó en la I Mostra de Cinema Palestí con Frontiers of Dreams and Fears tras de recibir en la SEMINCI el Primer Premio del Jurado de la Sección Tiempo de Historia por 33 días. Conversamos sobre cómo relaciona su posicionamiento político en defensa de la causa palestina con su profesión de cineasta.

¿Puede contarnos cómo se gestó la película Frontiers of dreams and fears (2001) y cómo se estableció la relación con las adolescentes protagonistas?

Trabajo con los niños del campo de refugiados de Chatila (Líbano) desde hace años, pues vivo cerca de allí. He seguido la historia de sus habitantes desde 1982 durante la invasión israelí del Líbano, el sitio de Beirut, las masacres de Sabra y Chatila. En 1982 el campo estaba totalmente destruido y descubrí cómo la gente era capaz de reconstruir rápidamente sus casas y sus vidas. Después llegaba de nuevo otra destrucción, pero la gente siempre era capaz de continuar. Para mí esto era un símbolo muy significativo. A pesar de todo, los palestinos reconstruían siempre sus vidas, tratando de sobrevivir. Conocía pues a estas familias desde hacía mucho tiempo.

Mi primer filme en el campo fue Children of Chatila (1998) y en ese tiempo empecé a relacionarme con los que posteriormente serían los protagonistas de Frontiers of Dreams and Fears. Decidí hacer la película con ellos al saber que estaban intentando entrar en contacto con otros niños refugiados de Palestina. A través de la mirada de las dos jóvenes protagonistas, Mona y Manar, quienes inicialmente se conococieron por Internet, después se cartearon y finalmente se encontraron en la frontera poco después de la liberación del Sur del Líbano. Esta liberación de la ocupación israelí después de 20 años es un momento histórico muy importante. Pude capturar el momento en que los palestinos del Líbano pudieron, por vez primera, ver Palestina. Histórico, conmovedor y muy breve. Familias que habían estado separadas durante 50 años se pudieron reunir en la frontera. Fue como un milagro.

Se podría decir que la importancia, el significado, el simbolismo, las emociones, la esperanza que produjo en los palestinos ese momento fue uno de los punto álgidos de la historia de Palestina. Sólo fueron 2 ó 3 días. Después los militares israelís lo impidieron, prohibieron cualquier tipo de encuentro en la frontera, la declararon zona militar cerrada. Continué filmando, llevando cartas de un lado a otro de la frontera y éste es el tema de fondo del film: cómo los niños se conocieron a través de las cartas, cómo se explican su vida de una manera muy íntima. La intifada cambió la realidad sobre el territorio, la ocupación pasó a ser más brutal, haciendo más difícil la vida de los palestinos. Muchos fueron asesinados sin razón, como el abuelo de Manar, que había salido simplemente a comprar el pan.

En la película vemos los niños creando puentes de comunicación para enfrentarse a la división, la niña que aprende a bailar, la danza como forma de expresión. Todas estas acciones son una mezcla entre la desesperación y la voluntad de plantar cara a la situación.

Sí, creo que es importante comunicar ese mensaje, cómo la gente continua a pesar de todas las dificultades, a través de la creatividad en el caso de estos jóvenes, tratando de comunicarse siempre a través de Internet o como sea, de mantener su cultura a través de la música y la danza, todo son formas de resistencia. El humor es muy importante, es impresionante cómo la gente mantiene el sentido del humor, una manera de mantener la cordura en estas condiciones tan difíciles. No han perdido la humanidad a pesar de la violencia y la destrucción. Con la muerte rodeándolos mantienen el sentido de la comunidad, son tolerantes, abiertos y entienden la importancia de la solidaridad.

Háblanos de 33 días, el film con el que has ganado el premio del jurado en la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

Vivo en Beirut. El film se sitúa en 2006, durante el ataque israelí al Líbano, que fue una verdadera guerra en el Líbano. Lo que hice fue filmar a la gente cercana, las historias que me inspiraron. Sentí que en aquel momento era importante mostrar la vida de gente corriente, artistas, periodistas, jóvenes voluntarios, cual era su rol durante la guerra. En el Líbano fue un fenómeno el movimiento civil, la solidaridad, la gente que abría sus casas, todo el mundo quería hacer algo. Y como directora de cine lo mejor que podía hacer era mostrar el lado humano que nunca se enseña. Cuando se habla de la guerra es sobre la violencia, sobre las acciones militares, pero nunca escuchas nada sobre la dimensión humana. Y este se el poder real de nuestras sociedades, creo. Al menos en el Líbano y Palestina hay una fuerte iniciativa civil de gente que quiere sobrevivir y resistir a todas las formas de opresión, violencia y destrucción.

¿Qué dificultades te encuentras cuando filmas en los territorios ocupados?

Es muy difícil filmar para los directores palestinos que trabajan bajo la ocupación, ya que encuentran muchos obstáculos: check points, soldados disparándoles… Muchos de mis colegas han sido heridos mientras filmaban una película. La ocupación israelí tiene miedo de las imágenes, consideran la cámara una clase de testigo que muestra la brutalidad de la ocupación y muchas veces disparan a matar. Yo he afrontado dificultades pero nunca he sido herida. Creo que he tenido suerte, pero es una cosa que siempre está presente. A veces antes de ir a filmar he redactado mi testamento. Nunca se sabe, es peligroso. Pero al mismo tiempo mientras estás filmando no piensas en ello, piensas en las cosas positivas, en la solidaridad de las personas, en el privilegio de poder expresar lo que la gente esta viviendo a través de la cámara.

Es una experiencia importante aprender cómo filmar en condiciones difíciles. He filmado sobre todo en dos lugares, el Líbano y Palestina. Filmar en el Líbano durante las invasiones israelíes, las guerras y los bombardeos fue difícil. En Palestina, bajo la ocupación, con soldados, controles militares y confiscaciones, es una realidad diferente. Pero he aprendido, porque ya llevo haciendo películas muchos años, a convertir las dificultades en ventajas. Por ejemplo, cuando estuve filmando en mi ciudad natal, Nablús, había toque de queda, la ciudad era una área militar cerrada donde era casi imposible grabar. Había 10.000 soldados en los tejados de las casas, puntos de control militar por todas partes, tiroteos, la intifada era especialmente dura en la ciudad. Pero pude entrar en la ciudad con mi equipo, secretamente, con la ayuda de la gente, nos escondían y estuvimos filmando desde las ventanas, escondiéndonos siempre. Esto fue la película, la imposibilidad de hacer la película. Se convirtió en una especie de diario de lo que hacíamos cada día. El proceso se convierte en la historia, es importante trabajar a través de las imposibilidades y los obstáculos mostrándolos, tratar de focalizar los detalles, la intimidad, el interior. He aprendido que cuando el plan A no funciona debe haber un plan B y cuando este falla un plan C, siempre estar a punto, preparada, tener una reacción rápida, utilizar lo inesperado. Me di cuenta de la importancia de la filmación de la vida diaria bajo la ocupación, de los detalles, de los ruidos, de las fugas. Era mucho más poderoso porque daba una idea auténtica, con más fuerza que cualquier otra idea que yo hubiera podido crear.

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