Andres Veiel. El sismógrafo alemán

Andres Veiel fue uno de los protagonistas del 15º Festival Internacional de Cine Independiente L’Alternativa, celebrado en Barcelona del 14 al 22 del noviembre pasado. El festival quiso reconocer su trayectoria como documentalista, le invitó a ofrecer una clase magistral y proyectó cinco de sus trabajos.


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“Cuanto más descubro, menos me parece saber. Así que hasta cierto punto puedes llamar “caja negra” a mi cine. Cuanto más profundizo en un tema o en una biografía, más grande llega a ser la caja negra”.
Andres Veiel

Cuando uno se expone por vez primera a la obra o a parte de la obra de un realizador que desconoce totalmente, trata de encontrar asideros, constantes temáticas y formales que le permitan configurar una imagen propia a partir de ese trabajo ajeno. Esta búsqueda se presenta necesaria para originar cierta familiaridad que lleve a identificar y comprender las inquietudes y propósitos de quien se puso tras la cámara.

Andres Veiel (Stuttgart, 1959) aterrizó en Barcelona con motivo de la retrospectiva de cinco películas que le dedicó la 15ª edición del Festival L’Alternativa. Los títulos  proyectados: Balagan, Die Überlebenden, Black Box BRD, Die Spielwütigen y Der Kick. Sus organizadores, como expresa el catálogo de dicha edición, consideran a Veiel “uno de los directores de documentales más complejos e interesantes de Alemania”. Aparte de la exhibición de casi toda su filmografía –a excepción de Winternachtstraum (1992) y Drei von Tausend-Werschafft die Schauspielprüfung? (1999)-, Veiel ofreció una clase magistral en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Reflexionando a posteriori sobre los documentales de Veiel que tuvimos la oportunidad de ver, nuestra memoria selecciona aquellas imágenes que, a nuestro parecer, mejor definen su postura como cineasta. Es en esos instantes donde creemos hallar la “esencia Veiel”. Black Box BRD (2005): la viuda de Alfred Herrhausen, mandatario del Deutsche Bank, relata cómo escuchó desde casa la explosión del coche donde viajaba su marido. El documental se construye a partir del supuesto antagonismo entre la figura de Herrhausen y Wolfgang Grams, miembro de la RAF (Fracción del Ejército Rojo, más conocida como Baader-Meinhoff) y uno de sus presuntos asesinos, que murió en la estación de tren de Bad Kleinen durante una extraña intervención policial. Durante Black Box BRD -Premio al Mejor Documental Europeo en 2001- nos acordamos de un falso documental danés de hace un par de años, AFR (Morten Hartz Kaplers, 2007).

Más instantes. Balagan (1993): Khaled, el actor palestino, cuenta a su comunidad que participa en una obra de teatro sobre el Holocausto junto a actores judíos. Arbeit macht frei (“El trabajo os hace libres”) es el título de la pieza escenificada por el grupo Akko. Die Spielwütigen (El furor de actuar, 2003): cuatro aspirantes a actores de teatro confiesan sus frustraciones y desengaños ante la cámara, pero también la desmesura de su pasión: “Para mí es existencialmente necesario actuar”, dice uno de ellos. El documental recorre su sacrificado camino hacia la profesionalidad. Die Überlebenden (Los supervivientes, 1994-1996), retrato generacional: Veiel y sus antiguos compañeros de bachillerato tratan de recrear una fotografía de hace 16 años. Tres huecos. Quienes debían ocuparlos se quitaron la vida. Para llegar a capturar todas estas confesiones, Veiel ha seguido un largo proceso de acercamiento –de cinco años en el caso de Black Box BRD– hasta lograr hacerse con el papel de confidente íntimo, cómplice sincero y mediador privilegiado. “Los documentalistas somos buitres que amamos a nuestras presas”, piensa Veiel (1).

La comadrona afable
Veiel asume que su voluntad artística está fuertemente ligada a su compromiso humanitario y es por ello por lo que en sus imágenes y más allá de los ideales políticos, religiosos, sociales y/o artísticos que movieron a sus protagonistas a obrar de tal o cual manera, permanece el individuo como terreno a reivindicar. En consecuencia, sus filmes se constituyen fundamentalmente de palabras y gestos. Por un lado, el peso recae en las palabras como armazón de los testimonios individuales: bien a través de personas que vivieron de cerca, más o menos, los hechos; bien a través de personajes creados para la ocasión. Por el otro, los gestos como expresión esencial de la subjetividad de quien ha decidido compartir con el realizador su propia intimidad. Veiel –que se licenció en Psicología, pero cuya orientación cambió al asistir a un curso en dirección y dramaturgia impartido por Krzysztof Kieslowski– ejerce como una especie de voluntariosa e infatigable comadrona para aproximarse a las pasiones íntimas que impulsaron a los individuos objeto de su atención.

Sus documentales son fruto de un laborioso rastreo, de una investigación profunda efectuada con la voluntad de comprender, de arrojar luz sobre determinados casos o materias de relevancia política, artística y/o autobiográfica. No obstante, dichas esferas quedan trascendidas en última instancia por los testimonios en primera persona y su valía como toma de pulso de lo social. Los documentales de Veiel reivindican la atención en el individuo para lograr la comprensión de determinados comportamientos y actitudes sociales. El peso de la acción suele recaer en dos o tres personas, no más, y es habitual que se configure a partir de la tensión entre aparentes opuestos. En Balagan se adueñan de la pantalla Madi, una joven judía ortodoxa hija de un superviviente de los campos nazis, y Khaled, el joven palestino; en Die Überlebenden, dos de los tres suicidas, los padres de uno de ellos y la novia del otro; en Black Box, las figuras de Alfred Herrhausen y su viuda y las de Wolfgang Grams y sus padres; en Die Spielwütigen, cuatro aspirantes a intérpretes teatrales; en Der Kick, dos actores que interpretan en un único escenario todos los papeles posibles de un trágico suceso real.

Cuatro años antes de la realización de Der Kick -con base en la obra teatral que ya Veiel adaptara junto a Gesine Schmidt siguiendo el espíritu de Peter Weiss-, tres jóvenes torturaron y asesinaron a otro en una localidad del este alemán. En estos hechos se basa la representación de Veiel. Der Kick deja constancia de otra de las inquietudes capitales del director de Sttutgart: el territorio de la representación. Jugando con sus límites e incertidumbres, el concepto “dramatización” es una de sus piedras angulares para tratar de alcanzar una determinada verdad: bien una verdad sobre el teatro (Die Spielwütigen), bien una verdad a través del teatro (Der Kick). Esta última es además una apuesta formal que persigue un distanciamiento radical de los modos sensacionalistas con los que suelen abordarse en los medios casos de naturaleza similar. Un escenario, todos los lugares. Dos actores, todos los papeles.

Sus películas vienen a ser retratos de la Alemania actual, de su historia reciente y de su ciudadanía presente. El cine de Veiel pretende servir de espejo para sus conciudadanos y su deseo de comprender no comete el error de imponer lecturas ni explicaciones cerradas. Cada espectador puede buscarlas. “Sus películas se conciben como posible reconciliación y curación en la base del discurso público abierto.” (2)

A pesar de algunas enfatizaciones molestas y de algunas caídas del ritmo dramático por dispersión narrativa, no hay ninguna duda de que tras las películas vistas, Veiel seguirá disponiendo de nuestro interés y tiempo. Tanto Balagan como la obra interpretada por el grupo Akko reivindican la función del arte como instrumento exorcizador de la barbarie histórico-colectiva y sobre todo, remarcan la necesidad del recuerdo y la memoria, de una manera parecida a Les artistes du Théâtre Brûlé (2005) del genial camboyano Rithy Panh. El próximo proyecto de Veiel retomará el tema del Baader Meinhoff experimentando por vez primera desde la ficción.

– – – –
(1) Palabras extraídas del artículo “Operar a cor obert” (“Operar a corazón abierto”) de Bernat Salvà para el diario AVUI con motivo de la master class durante L’Alternativa.
(2) Tal como expone Thomas Klingenmaier, crítico del Stuttgarter Zeitung.

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