Glauber Rocha. El infierno es demasiado dulce

El Festival L’Alternativa de Barcelona ha ofrecido una retrospectiva del brasileño Glauber Rocha, quien es considerado como uno de los mejores directores brasileños de todos los tiempos. Su influencia cinematográfica es fácilmente detectable en el nuevo cine brasileño de los Walter Salles o Fernando Meirelles.


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En su 15º edición el Festival de cine independiente de Barcelona L’Alternativa ha ofrecido una interesante retrospectiva del brasileño Glauber Rocha, proyectando las seis películas más significativas de su filmografía. Iconoclasta, vanguardista y necesariamente provocador, puso los fundamentos del llamado cinema novo. Dada la relevancia de su figura, y antes de adentrarnos en ella, un apunte: convendría que la organización sopesase la idoneidad de la Casa de América como lugar de proyección, dado lo poco apropiadas instalaciones de la misma.

Rocha (1939-1981), influído por neorrealismo italiano y nouvelle vague, fue un experimentador de lenguajes cinematográficos con tendencia a la vanguardia. Su obra se concentra en los años 60 y 70 con la fractura que supone el exilio (1971) de un país gobernado por la dictadura militar implantada en 1964. En su obra son constantes el misticismo y el folclore, a la par que un gusto por un discurso profético muy patente en las apariciones de Antonio das Mortes, el cazador de cangaçeiros (bandoleros). El personaje (“dicen que es un cangaçeiro falso”), eje sobre el que pivotan Deus e o diabo na terra do sol (1964) y O dragao da maldade contra o santo guerreiroAntonio das Mortes (1969), ayuda al director a retratar un país sustentado por un pasado histórico violento y dependiente política y económicamente de potencias extranjeras. Escondidas sobre diatribas, revanchas y quimeras, las películas ofrecen una pugna bíblica entre el Bien y el Mal en el que el destino se perpetúa entre los ritmos de la música popular afro brasileña.

Barravento (1961) es su primera película. El gustoso trabajo de blanco y negro presenta varias correspondencias con la persistente huella del realizador; fuertes dosis de tragedia, exceso, sensualidad, negritud, música, fueras de campo… que se ven desbordadas por la violencia estructural de Deus e o diabo na terra do sol, primera aparición del siniestro vengador. Después de su película más aclamada y nominada a la Palma de Oro en Cannes, Rocha escribe el manifiesto de la estética del hambre, contraria a los dictados formales y económicos de Hollywood y de la carioca productora Vera Cruz. La nueva estética se inserta en el ya florecido cinema novo brasileño anticipado por Vidas Secas (1963) de Nelson Pereira dos Santos y Os Fuzis (1963) de Ruy Guerra. Deus… afianza a Rocha como principal ideólogo del movimiento.

La aventura de Terra em transe (1967) dispara las críticas a izquierda y derecha mientras Castello Branco gobierna con mano dura el país. Con O dragao da maldade… intensifica su reconocimiento internacional al recibir el premio al mejor director del festival de Cannes. Ahondando en su mejor momento, esta década de los 60, suponen para el autor una estrecha relación con la intelectualidad crítica europea del momento (Barthes, Eco…) y con autores como Jean Rouch de quien se separará tras una agria polémica a finales de los 70. La música ritual contra el silencio: los extremos siguen presentes en una obra con profusión de alegorías simbólicas que abordan poderosamente al espectador, tendente a alejarse y volver a ser llamado por el recurso de lo onírico. La maldad, esa suerte de locura polimórfica que sacude a los mortales, crea crueles filósofos (“el destino de la miseria está en el infierno”, “tengo que encontrar otros enemigos para dar sentido a mi vida”) que pontifican en este western existencial de tintes épicos y vocación incendiaria sobre el trasfondo de la reforma agraria. Su siguiente film, O leão das sete cabeças (1969), es rodado en Angola en una búsqueda de los orígenes africanos de la cultura brasileña. La tensa relación con la dictadura se recrudece; una coproducción lleva al director a Barcelona donde dirigirá a Francisco Rabal, Emma Cohen y Luis Ciges en Cabeças cortadas (1970), guión co-realizado con Ricardo Muñoz Suay, en una historia que retrata los últimos días de un dictador.

Ya en el exilio el cineasta dirige los largometrajes Câncer (1972), Historia do Brasil (1974), As armas e o povo (1975) y Claro (1975) que supone su ruptura con Europa. De vuelta a Brasil filma Jorjamado no cinema (1977) y el polémico cortometraje Di Cavalcanti (1977) donde acude cámara en mano al entierro del afamado artista plástico Emiliano Cavalcanti para producir una obra doblemente arriesgada que le coloca más cerca de Luis Buñuel y André Breton que de Jean-Luc Godard y que le granjea la enemistad de la familia del pintor. La provocación artística deviene pura y simple provocación a ojos de aquellos, querellándose y logrando su prohibición en Brasil hasta la fecha. En los años siguientes la carrera del director se ve abocada, como su persona, al ostracismo después de una serie de desagradables escándalos protagonizados por un desdibujado Glauber Rocha.

Con A idade da terra (1981), su última e hipnótica película en vida (en 1985 aparecería una póstuma Historia do Brasil), genera más confusión en el medio. Lo iconoclasta de la misma la sitúa en el terreno del cine experimental y su acogida es generalmente fría a pesar de la categoría de “lección de cine” que le otorga su amigo Michelangelo Antonioni. Con la ausencia de títulos de entrada y de final el autor pretendía hacer patente la apertura de su universo simbólico que, pese a la sana intención, no consiguió parar la evolución hermética de su cine. Con pocos diálogos a lo largo de sus 160 minutos, Rocha mantiene viva su inquieta búsqueda del movimiento y del color, la convulsividad de los primitivos y vanguardistas impulsos de su cine, la experimentación en la transmisión de sensaciones. Filmada poco antes de morir, A idade da terra cierra el ciclo de la excesiva y violentamente provocadora filmografía del cineasta nacido en Bahía.

El brasileño llevó al límite la capacidad expresiva del cine, recorriendo el camino que va de la vanguardia estética hasta el compromiso social, y puso los fundamentos de aquello que se conoció como cinema novo y la estética del hambre. Considerado como uno de los mejores directores brasileños de todos los tiempos, la influencia cinematográfica de Glauber Rocha es fácil de detectar en el nuevo cine brasileño de los Walter Salles (Estaçao central do Brasil, 1998) o Fernando Meirelles (Cidade de deus, 2002).

Dentro de L’Alternativa se proyectaron A idade da terra, Barravento, Cabeças cortadas, Deus o Diabo na Terra do Sol, O dragao da maldade contra o santo guerreiro y Terra em transe, una sección comisariada por Daniela Stara. Por su parte, Cameo tiene previsto el lanzamiento de un pack dedicado a Glauber Rocha que incluye estás películas (excepto Cabeças cortadas) el 14 de enero de 2009.

Un Comentario

  1. E.C. 18/12/2008 | Permalink

    es vergonzoso que un festival que se digne de tal nombre “proyecte” en una “sala” como la de casa américa, espacio totalmente inadecuado para ver cine de una manera mínimamente aceptable: la pantalla es pequeña y casera, el sonido de la sala inadecuado (se oyen voces externas), las sillas inadecuadas, el espacio es diminuto, etc. etc. etc. un cero para quien haya decidido (y aceptado) programar un cineasta de la talla de glauber rocha en este espacio. el año que viene lo hacemos en el comedor de mi casa, que más o menos, vendrá a ser lo mismo pero más cerca.

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