Mónica del Raval

Sin escatimar humor y desenfado, Betriu realiza un ejercicio de antropología urbana para ofrecer, con Mónica del Raval, un ‘tableau vivant’ del barrio barcelonés acorde con los tiempos.


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Se abre el telón. Tras él encontramos listo el dispositivo necesario para rodar la escena. Luces, cámara, acción. El director de la película le da instrucciones a Mónica. Desde un primer plano frontal, ella toma la palabra para definir muy claramente el propósito del filme:

“Me llamo Mónica Coronado, aunque mi verdadero nombre es Ramona Coronado García. Aunque todos me conocen por Mónica o la Chicholina. Llevo veinte años en Barcelona, viviendo en el barrio del Raval, y siempre ejerciendo la prostitución. Al principio, cuando llegué a Barcelona, tenía la costumbre de hacer una especie de diario contando mi vida y mis experiencias. Ahora hace mucho tiempo que no lo hago, por eso quiero enfrentarme a las cámaras, quiero contar mi historia, y todo lo que cuente será verdad, o al menos mi verdad. Sólo cambiaré el nombre de alguno de los personajes que aparecen, para no herir su sensibilidad. Mis principales entrevistas tendrán lugar en el altillo del café de la Ópera, en plena Rambla barcelonesa y enfrente del Liceo, donde tantos años estuve trabajando. Y ahora, después de tantas entrevistas que llevo con Paco Betriu, ha llegado el momento de rodar la película y enfrentarme a la cámara”.

Dos elementos aparentemente antagónicos llaman la atención en el arranque de este documental firmado por Francesc Betriu: la teatralidad y la exhibición del dispositivo de la representación (que también encontraremos al final de la cinta) y la clara adscripción del filme a lo que podríamos llamar la “historia de vida” cinematográfica.

El elemento teatral viene dado por numerosos aspectos de la puesta en escena: El aria “Casta Diva” compuesta por Vincenzo Bellini en la banda sonora, el telón rojo que se abre al comienzo y se cierra al final de la película, la presencia en el espacio fílmico del equipo técnico o incluso la inscripción inicial que reza “Los hechos y los personajes descritos en esta película son completamente ficticios y cualquier parecido con hechos o personas reales, muertas o vivas, es pura coincidencia. O quizá no”.

Desde la asunción del artificio con que arranca la historia de Mónica del Raval se establece un primer guiño de complicidad con el público, pues, como nos ha enseñado la historia del cine, la exhibición del dispositivo de la representación, la mise en abîme, contribuye a crear un poderoso efecto de verdad en la mente del espectador. Sin embargo, este es un recurso mucho más frecuente en el cine de ficción que en el documental, por lo que no deja de dotar de originalidad en su planteamiento al filme de Betriu.

Un segundo atributo de la película reside en su capacidad para condensar el aprendizaje experiencial de Mónica y ofrecérselo al espectador convertido en un documento que trasciende lo personal para terminar retratando uno de los barrios más genuinos de la ciudad de Barcelona. Pero nada hay en el documental de Betriu, pongamos por caso, de la furtividad de las fotografías robadas por el fotógrafo Joan Colom, en la década de 1960. Ningún atisbo, tampoco, de conmiseración o denuncia social vertidas sobre el oficio más viejo del mundo. Como dice el cura del barrio, Mónica es prostituta de vocación y sólo abandonaría su oficio, recalca ella, si le tocara la lotería.

Mónica del Raval ofrece al espectador una visión imparcial de la vida en el barrio y del carácter genuino de muchos de sus vecinos sin renunciar a la creación de una fuerte empatía con la protagonista de la película. La cámara la sigue en sus andanzas haciendo al espectador partícipe de la desenfadada actitud vital de esta mujer de la calle. De su mano descubrimos lo que hay al otro lado de los abigarrados balcones de la calle d’En Robador: un barrio en constante proceso de transformación en el que todo fluye y nada, o casi nada, permanece; un poliedro en el que gentes llegadas de todas partes conviven con los vecinos de toda la vida.

Al contrario que hiciera Colom en su día para obtener sus maravillosas instantáneas del Raval, Betriu ha buscado la complicidad de Mónica para adentrarse en las entrañas del barrio. Desaparece el efecto de claroscuro y lo que obtenemos a cambio es una paleta de colores brillantes y, en la mayor parte de los casos, abigarrados. En esta película, todo es excesivo. Desde la presencia de Mónica, cuyo cuerpo desbordante es objeto de fascinación para sus clientes, para la pintora de un barrio elegante y, obviamente, para el ojo de la cámara, hasta el lenguaje impúdico que Mónica y sus amigos emplean a la hora de relatar sus experiencias sexuales.

Así, aunque la historia se enmarca en una representación que, en el plano formal, toma prestada en gran medida la imaginería del teatro burgués, el universo de Mònica del Raval invoca al espíritu rabelesiano heredero de la cultura popular cómica y carnavalesca de la Edad Media y el Renacimiento. A ella atribuyó Mijail Bajtín el poder de subvertir la jerarquía y los valores establecidos y de desvelar un nuevo orden en el que la prohibición y la censura moral y social son abolidas temporalmente. El espíritu burlón de Mónica, que parodia y ridiculiza pero que también sabe ser tierno, tiene mucho de ese humor carnavalesco que para Bajtín es, por encima de todo, festivo. Y la risa que provoca, y que es patrimonio del pueblo, se distingue por ser general (todos ríen), universal (nada escapa a ella) y ambivalente (alegre y llena de alborozo, pero también burlona y sarcástica) (1).

Como hemos sugerido ya, el cuerpo y el lenguaje son, en Mónica del Raval, los dos elementos primordiales a través de los que los personajes se comunican con el mundo y a través de los que accedemos a su realidad en tanto que espectadores. Como en el universo rabelesiano, “el énfasis está puesto en las partes del cuerpo en que éste se abre al mundo exterior o penetra en él a través de orificios, protuberancias, ramificaciones y excrecencias tales como la boca abierta, los órganos genitales, los senos, los falos, las barrigas y la nariz (…) y en actos tales como el coito, el embarazo, el alumbramiento, la agonía, la comida, la bebida y la satisfacción de las necesidades naturales”. Nos introducimos en las entrañas del Raval. Y donde había vísceras, encontramos corazón.

– – – –

(1) Véase Mijail Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, Madrid, Alianza Editorial, 1998, pág. 17.
(2) Op. cit., pág. 30.

Mónica del Raval fue estrenada en noviembre en Valencia, por iniciativa del director y la productora de la película. De momento, el filme no dispone de distribución en salas comerciales.

FICHA TÉCNICA
Dirección: Francesc Betriu
Guión: Francesc Betriu
Fotografía: Frederic Comí
Producción: Nieves López Menchero
Montador: Tomás Suárez
País y año de producción: España, 2008.

2 Comentarios

  1. Steam Monkey 20/02/2011 | Permalink

    ¿Está en DVD?

  2. SGL 21/02/2011 | Permalink

    Sí, está en la Fnac:

    http://cine.fnac.es/a359825/Monica-del-Raval-sin-especificar?PID=7&Mn=-1&Mu=-13&Ra=-3&To=0&Nu=1&Fr=0

    Aunque en la web no está disponible, sí la tienen en las tiendas. Un saludo!

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