23° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

Del 6 al 16 de noviembre se celebró en Argentina el vigésimotercero Festival Internacional de Cine Mar del Plata. Recorrimos gran parte de sus proyecciones, analizando viejas y nuevas obras, de autores noveles y consolidados como Agnès Varda, Jia Zhang-ke, Makoto Sato o Terence Davies.


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En un festival donde lo constitutivo de su esencia resulta el eclecticismo de su programación y la cantidad de títulos en exhibición (252 largometrajes y 136 cortos), es difícil de soslayar la imposibilidad que se presenta al intentar realizar una cobertura certera y amplia del contexto del evento. En ese interregno surgen diferentes posibilidades de abordar el hecho fílmico  – que escape de un inadecuado encasillamiento y categorización – y trazar variables que permitan recorrer las diferentes vías que propone para su tránsito. “Todo – decía Arlindo Machado –  en el universo de las formas audiovisuales, puede ser descrito en términos de fenómeno cultural, o sea, puede ser decorrencia de un cierto estadio de desenvolvimiento de las técnicas y de los medios de expresión, de las presiones de la naturaleza socio-económica y también de las demandas imaginarias, subjetivas, o, si se prefiere, estéticas de una época o lugar” (1).

De las múltiples variables apuntadas por Machado, factibles para esta travesía iniciática ante la vastedad fílmica, el recorrido está por demás plagado de certezas e incertidumbres, de marchas y contramarchas, debiendo intentar articular uno de los tantos y aleatorios modos de aprehender el universo de imágenes que se nos propone, una suerte de cartografía posible diremos, intentando tangencialmente construir un  relato, una lectura por demás subjetiva y azarosa. “¿Cómo escribir borrando las huellas o corrigiendo las huellas que la experiencia ha dejado en nuestra vida? ¿Cómo inscribir o grabar la letra propia en la vorágine de palabras extranjeras y recuerdos ajenos? ¿Cómo llenar los blancos, las escenas no dichas de nuestra historia personal?” (2).

He aquí uno de los muchos resultados posibles de la exploración errática llevada a cabo por este cronista, vagando por la incertidumbre del territorio cinematográfico:

Imagen Final (2008) acude a una de las imágenes de archivo más estremecedoras y míticas de los años setenta y que aún persisten en el imaginario colectivo latinoamericano, la del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen, quien filmó su propia muerte a manos de un grupo de militares – un plano sostenido de un soldado que le dispara – en una revuelta meses antes del golpe militar de 1973 en Chile. Secuencia que recorriera el mundo y que fuera utilizada en otros filmes (La Batalla de Chile de Patricio Guzmán), pero que dejara en el olvido a su autor, su historia y la de su asesino. El realizador Andrés Habegger emprende el camino de intentar restituir del olvido y descubrir estas historias, incorporando no solo los conmovedores testimonios de familiares y amigos, sino que gracias al abundante material de archivo que el propio Henrichsen rodara para la televisión Sueca, logra rescatar la obra del autor asesinado.

En Regreso a Fortín Olmos (2007) de los argentinos Patricio Coll y Jorge Goldemberg, la memoria y el dolor del recuerdo atraviesan y permiten testimoniar una realidad por demás compleja. En 1966 los propios realizadores formaban parte del equipo de documentalistas que rodaba Hachero Nomás, un retrato de la explotación de los trabajadores del monte en la región del Chaco Santafesino (ubicada a unos 800 Km. al norte de Buenos Aires) por parte de los contratistas de la empresa inglesa “La Forestal”. A la par que rodaban, en el pueblo de Fortín Olmos se instalaron un grupo de curas obreros europeos que impulsaron una experiencia emancipadora de desarrollo social, autogestión y cooperativismo, que atrajo a distintos sectores sociales y profesionales comprometidos solidariamente con los pobladores. En el filme, los realizadores regresan cuarenta años después intentando registrar los testimonios de aquellos protagonistas, recatar las voces de los que formaron parte de esa experiencia colectiva solidaria, que en un vigoroso contrapunto reflexivo posibilita una crítica visión sobre las convicciones político-sociales de una época signada por dictaduras militares en el país sudamericano (1966-1973), logrando una obra elucidada en el sentido propuesto por Glauber Rocha en La Estética del Sueño: “La razón dominadora clasifica el misticismo de irracionalista y lo reprime a bala. Para ella todo lo que es irracional debe ser destruido, sea la mística religiosa, sea la mística política”.

Brasilia, un día en Fevereiro (1997) de María Augusta Ramos (presente como jurado de la Competencia Latinoamericana) es no sólo el trabajo de tesis de la autora, sino una película inscripta en la tendencia del documental de observación europeo (Nicolas Philibert o Raymond Depardon), un filme autorreferencial que intenta expresar una compleja faceta de la realidad, siguiendo en un único día de verano y por las calles de la capital federal brasileña, a tres personajes de distinta extracción social. “En ese sentido mis filmes son construcciones formales. Es a través de la forma que el filme comunica emociones, sentimientos, una realidad. No tengo la menor intención de explicar nada. Solo quiero mostrar momentos de esa realidad y que sea el espectador quien saque las conclusiones y quien pueda proyectarse en esa imagen” (3). Y es en esta construcción formal – sin narrador ni narración – que el filme fluye distante y al margen de las vidas personales de los protagonistas pero focalizado en el universo social que componen, multiplicidad de voces y situaciones para quienes navegan en la cotidiana y aplastante realidad. Una trama que se constituye en una lucida reflexión sobre los modos de interrelación e integración (habitabilidad y soledad) de los ciudadanos, signados por el ejido urbano de la ciudad diseñada por Oscar Niemeyer cuarenta años atrás.

Un tercer territorio donde reaparece la intención de testimoniar y recuperar el valor de la memoria, es ya no el vasto Chaco Santafesino o la atestada Brasilia sino Buenos Aires. Parador Retiro (2008) de Jorge Leandro Colás es lo que se denomina un documental de observación, registra la vida de un grupo de sin techo que conviven en un precario predio – referido en el título – con un régimen cuasi carcelario y ubicado a solo unos pocos minutos del centro de la ciudad de Buenos Aires. El filme argentino demuestra como pueden contarse con honestidad pequeñas historias sobre situaciones cotidianas en la ciudad,  sin tener que recurrir a golpes bajos o consideraciones morales a la hora de retratos de seres marginales.

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Un Comentario

  1. Ana Demare 15/12/2008 | Permalink

    Muy interesante la cobertura del Festival de Cine de Mar Del Plata,considero al cronista Jorge Capelloni una persona altamente calificada que plasmó en su artículo una sintesis de dicho evento ,con una mirada crítica,inteligente y personal.

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