Lost Sound

La superficie de la cinta magnética es visible, pero su imagen es, a la vez, impenetrable. Al contrario que el resto de imágenes, su percepción no es inmediata y necesita una maquina para poder descifrarse, lo que pone en evidencia la correspondencia artificial entre el sonido y el soporte físico que lo contiene. De ahí que, al reproducir en imagen esta reproducción sonora, Lost Sound sea una “puesta en abismo”, algo “macabro”, la reproducción de una reproducción, una copia de una copia.


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“La reproducción de sonido tiene siempre algo de macabro.
Pero desde que uso discos en concierto (…)
devuelvo vida a esta música embalsamada,
la música deviene live, como decimos en ingles,
de algún modo resucita”.
Cristian Marclay
(1)

El cineasta John Smith y el artista sonoro Graeme Miller recorren la zona Este de Londres en busca de trozos deteriorados de cintas magnéticas de audio que prueban, literalmente, escuchar, de forma similar a las personas que recorren calles y contenedores en busca de hierro o como los traperos que caminan por la ciudad “catalogando” y “coleccionando” restos rechazados. Estructurado en breves fragmentos titulados por su localización (Stanway Court, Hoxton Street…), Lost Sound (1998-2001) nos muestra pedazos de cintas de audio en lugares insospechados: atrapados entre los cables de un edificio, en las ruedas de un coche o en una parabólica, enzarzados en un alambre o en el tronco de un árbol, pisoteados en un mercadillo, sumergidos en un charco de agua o enredados entre las hierbas…

Por su situación -al borde de las aceras, en aparcamientos, calles y avenidas, cercados por enlaces de comunicación-, estos lugares se convierten en un territorio vago e impreciso. No es la primera vez que Smith recorre la topografía de estos espacios y que filma los entornos más inmediatos y familiares atravesados por una tensión o extrañeza (ya lo había hecho, por ejemplo, en Blight, 1994-96, y en Slow Glass, 1988-91). En Lost Sound esos lugares son un universo enigmático poblado por soportes de sonidos registrados. Esos fragmentos de cinta magnética, al no tener valor de uso, quedan vaciados de sentido y adquieren significaciones cifradas. Parecen mediar siglos entre el momento actual en que están abocados a la basura y su uso en un pasado reciente. Parecen restos arqueológicos que emergen como una ruina aterradora.

“Los soportes sonoros no funcionan tanto para el oído, sino para la mirada y la memoria” (2).

La reproducción sonora ha transformado el sonido en objeto. La banda magnética, al igual que el resto de soportes, es un objeto tangible y visible, en contradicción con la naturaleza transitoria, inmaterial e invisible del sonido, y no sólo representa una presencia sonora sino que la contiene. El soporte sonoro sustrae la música del “aquí y ahora” del concierto y la vuelve disponible en cualquier momento y en cualquier lugar La prueba de esta ubicuidad está en el hecho de que incluso podemos encontrar fragmentos de soportes sonoros entre los desechos o en los lugares más imprevistos, como nos muestran Smith y Miller.

La superficie de la cinta magnética es visible, pero su imagen es, a la vez, impenetrable. Al contrario que el resto de las imágenes, su percepción no es inmediata y necesita una máquina para ser descifrada, un hecho que evidencia la correspondencia artificial entre el sonido y el soporte físico que lo contiene. De ahí que, al reproducir en imagen este registro sonoro, Lost Sound sea una “puesta en abismo”, algo “macabro”, como apunta Marclay, la reproducción de una reproducción, la copia de una copia.

En un primer momento hemos encontrado ya algunas contrariedades en la aparente sencillez de una imagen en que figuran trozos desechos de cintas, pero la ‘banda sonora’ es un elemento que otorga aún más capas a esta complejidad. El trabajo del sonido es doble. Por un lado, nos encontramos el retrato sonoro del espacio en el que se encuentran las cintas magnéticas. Así, se trabaja el sonido como un elemento del paisaje urbano, el espacio urbano como un espacio resonante, compuesto por una banda sonora de prácticas, relaciones, movimientos o ritmos que expresan las tensiones de ese tejido social. Por otro lado, se añaden a este sonido urbano los fragmentos sonoros de esas cintas de audio desvencijadas.

Breves trozos de música y voces muchas veces irreconocibles por la destrucción del soporte. Esas voces y músicas del mundo, pop o rap nos son dadas a escuchar en tanto que desechos. Todos los deterioros del soporte, el ruido de la superficie arrugada, las rasgaduras, los fragmentos en silencio, integran la banda sonora. Esos ruidos son expresiones sonoras del tiempo pasado entre el registro y la escucha presente. Como los soportes sonoros están formados por “organismos prehistóricos” (en descomposición y fermentación) (3). Cuando los escuchamos, escuchamos siempre el pasado.

En estos restos sonoros se encuentra manifiesta la verdadera acción del filme que queda oculta y fuera de campo. El trabajo de recolección de esas “cintas tiradas” que no se limita a recoger los escollos sino también a escucharlos. Ese trabajo es mediado por aparatos técnicos que descubren esa escucha y que permiten artificialmente hacer sonar en esas calles esos fragmentos deteriorados de músicas y de algún modo devolverles vida.

La sensación de “puesta en abismo” se acrecienta todavía más con la aparición de los sonidos de las cintas, ya que aparecen como algo artificial o prestado. Inicialmente su presencia es muy sutil, pero progresivamente van dialogando con el sonido y la imagen de las calles, en contrapunto con un perro que ladra o con los tañidos de una campana o alternando con el movimiento del viento en la misma cinta magnética. Hasta tal punto de que es ese sonido el que estructura todo el movimiento de la película, incluso el de los intertítulos que aparecen muchas veces invertidos. Cuando el sonido deteriorado se encalla, la imagen y el resto del sonido también, así vemos hombres cargando cajas en un movimiento repetido o unos coches que vuelven y vuelven a pasar continuamente. De forma que esas voces y músicas rayadas aparecen entre las imágenes y sonidos de las calles como una especie de fantasma, algo que antes estaba ahí, que no sonaba, pero que prefiguraba ya su sonido aterrador.

– – – –

(1) Marclay, Christian, “Le son en images”, en L’Écoute, IRCAM, Paris, 2000.
(2) Ídem.
(3) Ídem.

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