IDFA 2006. La tentación del documento

Cinco de diez. Cinco días, de los diez que duraba la edición 2006 del International Documentary FilmFestival of Amsterdam, no son suficientes para hacer una crónica completa de un festival inabarcable. Porque el IDFA sigue la peligrosa tendencia de todos los festivales, sea cual sea el género que aborden, de crecer sin medida, de abrumar al espectador, al profesional, al aficionado, al despistado, con una programación que daría vida a tres o cuatro festivales medianos.


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Momentos IDFA 2006

LAS CARAS DEL IDFA
El IDFA funciona como punto de encuentro entre público y realizadores, y sobre todo como mercado. De ahí sus diversas caras, en ocasiones complementarias, en ocasiones contrapuestas y hasta contradictorias. Desde el punto de vista del espectador, el IDFA constituye una oferta realmente atractiva: es tan inmensa la selección que resulta imposible no encontrar alguna película interesante. Más allá de las pegas a la selección, el IDFA es uno de los mejores escaparates para acercarse a lo más reciente del cine documental (aunque no necesariamente a lo mejor). Y resulta admirable ver de qué manera el público holandés responde a la invitación.
Como punto de encuentro, tanto entre público y realizadores como entre realizadores y sus demás congéneres, el IDFA es también irreprochable. La cercanía de sus sedes, el acierto de convertir un enorme café frente a los cines en la sede del festival, y la excelente programación de festejos anexos al festival lo convierten en un auténtico foro del documental contemporáneo.
Y la tercera cara, la que permanece más oculta para el público, es el mercado. Apartado del festival y recluído en un hotel, el mercado es el lugar ideal para que compradores y vendedores de cine documental se den cita. Y es tan grande la oferta, que se puede afirmar que el Docmarket del IDFA es de los más importantes. El problema viene cuando este concepto de compraventa invade al propio festival y contamina la selección oficial en favor de los principales compradores: las televisiones. Si pensamos que la mayor parte del documental contemporáneo se produce con vistas a ser distribuido directamente en televisión y no en cine, podemos entender esa mayoría de fórmulas y formatos televisivos en la sección oficial. ¿Bueno, malo, irregular o inevitable?

ALGUNOS TÍTULOS
De entre la maraña de títulos, y ciñéndonos exclusivamente a la sección oficial, se pueden destacar al menos tres películas:

– The monastery. Mr. Vig & the Nun. (Pernille Rose Grønkjær, Dinamarca, 2006)
Película vencedora del certamen, galardonada con el premio Joris Ivens. Nada tiene que ver con el resto de películas de la sección oficial, y trabaja en unos registros muy alejados de lenguajes televisivos. Quizás por ello, poca gente tenía dudas respecto a su presencia en el palmarés. Este documental, bendecido con dos personajes protagonistas dignos de cualquier película de ficción, cuenta la historia de Mr. Vig, un ermitaño danés cuyo sueño es convertir un castillo en un monasterio. Para ello invita a una congregación de monjas rusas a instalarse con él allí. Mr. Vigg recibe la visita de dos de ellas, enviadas especiales para inspeccionar y acondicionar el castillo, y en ese momento, como en cualquier película de Hollywood, arranca el conflicto. La película, llamativamente similar a la ganadora del pasado año, La casa de mi abuela, de Adán Aliaga, en el tratamiento visual, presenta algún problema en el retrato de los personajes, pero constituye, al final, una muestra de que el cine documental no ha de ser por fuerza aburrido, y que sin renunciar al sentido del humor, es capaz de construir historias atractivas.

– Malon 9 kochavim / 9 star hotel. (Ido Haar, Israel, 2006)
Uno de los subgéneros más frecuentados en el cine documental, el conflicto palestino-israelí, visto desde la perspectiva de unos trabajadores ilegales palestinos en Israel. El gran acierto de la película son, una vez más, los personajes, muy poderosos, pero especialmente su capacidad para abordar un tema tremendamente trillado desde una perspectiva muy novedosa, realmente desconocida, y consiguiendo mantener el eterno conflicto como telón de fondo, o como subtexto de la película, sin abordarlo de manera evidente. La capacidad del cineasta para componer personajes sin caer en el tópico, y su uso de los recursos del cine directo, sin renunciar a la manipulación autoral, la convirtió en una de las grandes perdedoras del festival. Candidata al primer premio, se volvió con las manos vacías.

La ciudad de los fotógrafos. (Sebastián Moreno, Chile, 2006)
La primera película del chileno Sebastián Moreno, una de las películas más emotivas de todo el festival, no oculta en absoluto su principal fuente de inspiración: las películas de su “padrino” Patricio Guzmán. La película narra los últimos años de la dictadura de Augusto Pinochet desde el punto de vista de una asociación de fotógrafos que se atrevió a sacar las cámaras a la calle y testimoniar la represión, las manifestaciones y los cambios. El principal problema de la película viene de su enfoque: comienza como la búsqueda del padre (el del director fue uno de esos fotógrafos), y ante la imposibilidad de acceder a él, se centra en el resto de los fotógrafos, en las circunstancias históricas y en la mirada de aquellos que miraron sin miedo. Hacia el final, la película retoma la voz en off del autor, en un giro que sorprende y sobra, y pretende retomar, sin conseguirlo, el tono personal. Sin embargo, desde la sencillez y la efectividad de su “dispositivo narrativo”, como diría el propio Patricio Guzmán, es una de las películas más bellas, sencillas y emotivas de todo el festival. Que finalmente no lograse el premio a la mejor opera prima no le resta ningún mérito.

CONCLUSIONES
Tópico va: no hay más conclusiones que sacar, además de las ya ofrecidas, que la inmensa variedad de la producción documental contemporánea. Pretender extraer tendencias, más allá de lo evidente, es adentrarse en terrenos pantanosos. Quizás se aprecia, eso sí, una cierta pereza de los cineastas a la hora de buscar temas y a la hora de afrontarlos, y hay fórmulas que comienzan a repetirse: la búsqueda del padre, el conflicto palestino-israelí en sus millones de versiones y acercamientos posibles o el canto a las bondades de la vida rural (está claro que muchos documentalistas no han visto Dogville, de Lars von Trier). Pero mucho más peligroso que las fórmulas es constatar la idea, cada vez más extendida, aunque quizás de manera inconsciente, de que es suficiente con plantar la cámara para conseguir una película, la idea de que el mero testimonio, la realidad por sí sola, puede constituir una película, sin más intervención que la inevitable. Quizás ahí esté el único reproche que pueda hacerse a un festival por lo demás impecable: que descuide de esta manera su tarea de “limpieza” para entresacar de entre todas las propuestas documentales del año aquellas que más se acercan al cine y más se alejan de la televisión. De lo contrario, ¿no podemos caer en un Informe semanal de diez días de duración?

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Un Comentario

  1. Efrén 13/01/2007 | Permalink

    Muy buena crónica, Gonzalo.

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