Las Misiones Pedagógicas de José Val del Omar

Poeta de la imagen e inventor, José Val del Omar es un caso excepcional en la historia del cine español. Contemporáneo de Lorca, Renau, Cernuda y Zambrano, su visión del cine como un fenómeno espiritual único le condujo a la frustración de la incomprensión y a todo tipo de silencios que le convirtieron en superviviente de la época en la que le había tocado vivir. Formado en el marco de las vanguardias europeas, Val del Omar fue también un representante de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas de la República, de las que formó parte activa recorriendo con su cámara los pueblos de España.


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“Todo acto trascendente cuesta la vida de quien lo realiza”. Las palabras del cineasta granadino –o cinemista, como él prefería que le llamaran- José Val del Omar (Granada 1904 – Madrid 1982) parecen cobrar vida para resumir la trayectoria de uno de los grandes talentos ignorados del cine español. Inventor, poeta de la imagen y trabajador infatigable, Val del Omar cabalgó durante toda su existencia entre las aguas de la incomprensión y la marea del olvido. Su genio en el campo de la creación, de la técnica y de la pedagogía le convirtió en una especie de caballero quijotesco, un místico visionario, que se adelantó a su tiempo y a sus coetáneos con una obra inclasificable, trascendental e introvertida que le acarreó el confinamiento institucional.

Visionario e inventor, esas dos vertientes que buscaban convertir el cine en una experiencia trascendental y mística, estuvieron sometidas a toda una serie de limitaciones. Aunque dos de sus obras -Aguaespejo granadino (1953-1955) y Fuego en Castilla (1958-1960)- han sobrevivido al olvido, de sus trabajos en el campo de la técnica  y en el marco de la investigación audiovisual sólo queda la huella de un sinnúmero de batallas administrativas perdidas. “Se naufraga siempre, dice una voz razonable…”: de este pensamiento brota el sentimiento íntimo de Val del Omar en Aguaespejo granadino, donde el artista no sólo expresa la sensación de pérdida que le acompañó durante buena parte su trayectoria profesional, sino también la idea de destino relacionada con la ambición trascendental de su poética cinematográfica, a veces hermética, que ligaba con algunas aspiraciones de la tradición alquímica.

Esta especie de dualidad entre materia y espíritu, técnica y arte, creó en torno a la figura de Val del Omar un halo de incomprensión que chocaba en primer término con sus interlocutores, poco o nada acostumbrados a que un investigador expresara mediante un lenguaje espiritual la vertiente humanista de sus invenciones. Al mismo tiempo, desde su condición de poeta, el propio Val del Omar, hechizado por el lenguaje místico de sus creaciones visuales no exento a veces de una cierta confusión, también contribuiría a la reserva de, incluso, aquellos más preparados para entender su obra.

Pero tanto si consideramos o no a Val del Omar un adelantado a su época, o un visionario en un mundo que el resto no alcanzaba todavía a imaginar, lo cierto es que para entender su personalidad hemos de tener en cuenta el contexto social en el que germinaron sus ideas. En este sentido, su formación se desarrolló en el marco de las vanguardias de los años veinte y treinta del pasado siglo, en paralelo al fervor regeneracionista y de cambio que respiraba una parte muy importante de la cultura española anterior al estallido de la guerra civil. Desde esta perspectiva, Val del Omar puede ser considerado como un representante de la época de la Institución Libre de Enseñanza y una pieza clave de las Misiones Pedagógicas republicanas, de las que fue parte activa recogiendo imágenes con su cámara de los pueblos de España, observando y retratando las reacciones de aquellos públicos vírgenes para el cine.

Fundadas por Manuel Bartolomé Cossío, las Misiones fueron una etapa muy importante de la cultura popular española, por su carácter modernizador de la sociedad rural por un lado, y porque permitieron a Val del Omar desarrollar su faceta de documentalista, por otro.

Creadas por decreto el 29 de mayo de 1931, las Misiones Pedagógicas respondían al encargo de “difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural”. Según palabras del propio Cossío escritas para la primera Misión realizada en Ayllón (Segovia), “somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo, pero una escuela donde no hay libros de matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas como en otro tiempo, donde no se necesitará hacer novillos. Porque el gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos, ante todo, a las aldeas, a las más pobres, a las más escondidas, a las más abandonadas, y que vengamos a enseñaros algo, algo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden, y porque nadie hasta ahora ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros. Y nosotros quisiéramos alegraros, divertiros casi tanto como os alegran los cómicos y los titiriteros.”

Las Misiones Pedagógicas constaban de varias secciones entre las que destacaba el Teatro del Pueblo, dirigido por Alejandro Casona; el Museo Circulante, el Retablo de Fantoches de Rafael Dieste y la Biblioteca Circulante. La Sección de Cine del “Servicio de Cinematografía y Proyecciones Fijas” nació con la misión de ampliar la alfabetización al campo visual y en ella tuvo Val del Omar una activísima participación desde 1931 como operador, proyeccionista y fotógrafo.

Ahora bien, sus hallazgos en el campo de la técnica, como el objetivo de ángulo variable (el actual zoom), la pantalla cóncava, la imagen apanorámica y la iluminación táctil, no fueron utilizados por el genio iluminado del cinemista Val del Omar en pos de los efectos especiales que habrían de cautivar al espectador, sino puestos al servicio de la transformación de la sociedad. Para Val del Omar el cine se movía entre dos aguas: una sagrada, capaz de provocar el ascenso de los espectadores hacia la luz; y otra profana, cultivada por una humanidad de autómatas que les confinaba al mundo de las tinieblas. Val del Omar se convertiría, pues, en navegante místico en busca de una suerte de luz sagrada capaz de conducir al espectador a la revelación trascendental. Su utopía audiovisual junto a su suprarrealismo documental desembocaría en este escenario real de las Misiones Pedagógicas.

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Un Comentario

  1. Isabel 27/12/2009 | Permalink

    Interesante acercamiento a la figura y obra de Val del Omar, de un misticismo pedagógico que nada tiene que ver con socialismo de salón. Sólo conocía la reivindicación que, vía musical, hicieron en los 90 los miembros del grupo Lagarija Nick. Está claro que al final artistas de su categoría tienen que emerger del olvido… Donde habite éste, como decía el gran Luis Cernuda.

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