Las Misiones Pedagógicas de José Val del Omar

Poeta de la imagen e inventor, José Val del Omar es un caso excepcional en la historia del cine español. Contemporáneo de Lorca, Renau, Cernuda y Zambrano, su visión del cine como un fenómeno espiritual único le condujo a la frustración de la incomprensión y a todo tipo de silencios que le convirtieron en superviviente de la época en la que le había tocado vivir. Formado en el marco de las vanguardias europeas, Val del Omar fue también un representante de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas de la República, de las que formó parte activa recorriendo con su cámara los pueblos de España.


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En el seno de las Misiones, Val del Omar participó en el Museo Circulante, en las proyecciones de diapositivas y cinematográficas y, sobre todo, en la toma de miles de fotografías que tenían como protagonista el desempeño de la labor misionera. Rodó también más de cuarenta documentales, casi todos ellos perdidos en el transcurso de la guerra civil. El más conocido es Estampas 1932, rodado ese año por Val del Omar y que había de servir como ejemplo del trabajo educativo de las Misiones en los diferentes pueblos a los que acudían. Entre 1933 y 1934, los misioneros recalaron en algunos pueblos de Murcia, donde llevaron a cabo numerosas proyecciones para los habitantes de la región. Durante este período Val del Omar rodó tres documentales de la Semana Santa de Murcia, Lorca y Cartagena, así como de las Fiestas de la Primavera de Murcia.

En sus viajes por esa España en los albores de la guerra, Val del Omar incorporó al espectador en su “puzzle” poético, convirtiéndolo en una pieza fundamental de su universo alquímico, como si el paisaje humano formase parte inseparable de su “obra magna”. Las fotografías captadas por su cámara en las diferentes sesiones de cine reflejaban los rostros de asombro de los campesinos ante el “milagro” de la técnica, las risas de los niños y mujeres ante el prodigio de la magia del cine, así como la fascinación y las emociones que producía el visionado de una película. Las imágenes de esos campesinos, alejados del universo de la intelectualidad, proporcionaron a Val del Omar la certeza de la existencia de una emoción trascendental y primigenia de la infancia del hombre, en la que “el público es un niño enamorado de lo extraordinario”.

Val del Omar descubrió en el cine una nueva pedagogía, aquella capaz de fundir arte y técnica, corazón y cerebro, instinto y conciencia. Partiendo de esta creencia, sus descubrimientos en el campo de la cinematografía tenían el firme objetivo de sacudir la somnolencia de la conciencia del espectador para abrirle las puertas de una nueva dimensión espiritual. Bajo esta óptica, no todos los docentes estaban igual de capacitados para llevar a cabo esta tarea que lindaba en la frontera de la fragilidad. Los educadores, además de saber controlar las máquinas, debían poseer también un corazón de poeta que lograra, a través del amor, abrir el alma de su prójimo. En este sentido, observando algunas de las fotografías que Val del Omar tomó durante su estancia en las Misiones descubrimos rostros extasiados que parecen confirmar su propósito de educar el instinto del público “sin aprisionar sus impulsos entre símbolos y normas, sin matar su conciencia creadora”, tal y como escribiría en el texto “Sentimiento de la Pedagogía Kinestésica” (1932), dirigido a los maestros agrupados en torno a la figura de Manuel Bartolomé Cossío.

 A través del lenguaje cinematográfico, los rostros de hombres, mujeres y niños, se convirtieron en la caligrafía con la que Val del Omar escribiría gran parte de su obra. Los primeros planos de los rostros de los espectadores del cine de las Misiones Pedagógicas protagonizaron muchas de sus fotografías, algo que posteriormente también observaremos en su Aguaespejo granadino.

Durante las Misiones Pedagógicas, hasta el año 1935, Val del Omar realizó unas 40.000 fotografías aproximadamente y, como hemos señalado anteriormente, más de 40 documentales, casi todos ellos perdidos. En la documentación conservada, hay constancia de la participación de Val del Omar  en rodajes en Las Alpujarras, Santiago de Compostela, Finisterre, Valencia, Murcia, Las Hurdes, León, Castilla, Málaga, Córdoba, Aragón y Lérida. En Estampas 1932 o Estampas de Misiones, trabajo dividido en tres partes (Los Pueblos, Los Humildes y Caminos), Val del Omar hace una declaración de principios, la que habrá de acompañar a los misioneros en cada uno de sus viajes: “Somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo. A los más pobres, a los más escondidos, a los más abandonados…”. En esta película se puede observar a los misioneros, en burro o a pie por las montañas, a veces enfangados hasta los tobillos, y sus actividades docentes, incluida una sesión de cine al aire libre.

Los documentales Semana Santa de Lorca, Semana Santa de Murcia, Semana Santa de Cartagena y Fiestas de Primavera de Murcia, 1934-1935, sin perder su intención informativa, rezuman contenido poético y llevan la impronta de su escritura fílmica, reflejada, por ejemplo, en la descomposición de la cronología de los hechos o en la utilización de determinados planos que le acercan al cine abstracto.

En julio de 1935, al margen de las Misiones, pero probablemente con su equipo, rodó Vibración de Granada, obra que fue la antesala de Aguaespejo granadino y que supuso su tránsito hacia el documental poético.

En 1932, crítico con la pasividad del Museo Pedagógico Nacional, propuso la creación de un circuito con 300 películas didácticas, gestionado por las Misiones Pedagógicas. En 1935 escribió su “Manifiesto de la Asociación de Creyentes del Cinema”, donde insistía en la oposición de la luz del cine frente a la negrura del libro. En este texto Val del Omar comenzaba la gestación de lo que serían algunas de sus constantes en su obra posterior: predominio de la verticalidad, de abajo-arriba y de dentro-fuera, las “coincidencias fronterizas entre Oriente y Occidente”, etc., y se vislumbra ya la figura de un artista magnético, al margen de la industria o más bien, apartado por ella, debido a su porte visionario y meca-místico. En este sentido, Val del Omar logrará la unión entre su ansia de espiritualidad artística y su ambición tecnológica con las tres obras maestras que componen el Tríptico elemental de España: Aguaespejo granadino, Fuego en Castilla y Acariño galaico (De barro).

La obra tenaz, valiente y, por qué no, profética de José Val del Omar comenzó a ser redescubierta poco antes de su muerte en 1982, ganando la batalla al olvido como ave fénix renaciendo de sus propias cenizas. Un renacimiento “Sin Fin”, como a él mismo le gustaba firmar el final de sus obras.

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Un Comentario

  1. Isabel 27/12/2009 | Permalink

    Interesante acercamiento a la figura y obra de Val del Omar, de un misticismo pedagógico que nada tiene que ver con socialismo de salón. Sólo conocía la reivindicación que, vía musical, hicieron en los 90 los miembros del grupo Lagarija Nick. Está claro que al final artistas de su categoría tienen que emerger del olvido… Donde habite éste, como decía el gran Luis Cernuda.

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