Paisajes del yo. El cine de Ross McElwee

El libro, editado por Efrén Cuevas y Alberto N. García, viene a llenar oportunamente el vacío existente en nuestro país sobre un autor fundamental del cine contemporáneo. Un libro que ayuda a entender su toma de conciencia autobiografica (los mecanismos de composición narrativa y de puesta en escena del yo) como orquesta sus películas y la trascendencia de sus propuestas.


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Y es en este cine, en primera persona, donde quizás radica la autentica modernidad del cine de lo real; un terreno, hasta ahora poco transitado en nuestro país. Un cine donde el autor no solamente reflexiona e interviene mediante la utilización de su propia voz (una voz que sitúa en el tiempo y contextualiza emocionalmente las imágenes) sino que se muestra y exhibe en la propia pantalla (aunque esta desnudez tan solo lo sea aparentemente pues, como el propio McElwee nos advierte, es tanto él mismo como un personaje creado y exagerado para forzar la empatía del espectador. Un hábil recurso para evitar los peligros de ensimismamiento, la excesiva melancolía y auto contemplación).

Hablar de cine familiar, de cine diario, es hablar del paso del tiempo. Tras Sherman´s March McElwee sorprendió en 1993, por su coherencia, con Time Indefinite. La película comienza con el anuncio a su familia de su próximo matrimonio (su futura mujer ya se ha incorporado a su vida encargándose de grabar el sonido). Durante la película muere su padre y su mujer sufre un aborto. Todo ello le lleva a meditar sobre la esencia de la imagen de lo real. Así mientras contempla imágenes familiares grabadas con anterioridad de su padre, reflexiona sobre la memoria y la representación. Existe una identificación entre cine y vida pero también entre cine y fugacidad, cine como intento de detener la fugacidad del tiempo, entre cine y muerte, la capacidad del cine de captar tiempo y espacio, una sucesión de instantes y por tanto e irremediablemente lo que ha sido, lo que fue una existencia humana. Pues, ¿qué es una imagen de la realidad, en tanto que imagen no vinculada a una narración (parcialmente diferente es el carácter que adquieren cuando son integradas en una narración y las personas pasan a ser personajes, como el propio McElwee), y como momento atrapado, sino una constatación de que todo momento presente es ya pasado y que la existencia es extinción y por tanto fantasmal? ¿No es el visionado presente de imágenes del pasado el simulacro de una resurrección? El cine como tiempo indefinido. Todos los autores del libro, en mayor o menor medida inciden sobre ello, como J. M. Catalá al hablar de la cámara como herramienta de acercamiento y distanciamiento: “La cámara se convierte así en una máquina del tiempo a la inversa, un dispositivo de construir rememoraciones, recuerdos de un presente que se manifiesta a través de la lente como pasado”. Y más adelante: “Tiempo finalmente de la melancolía, melancolía que destilan las propias imágenes y que recoge la mirada del cineasta consciente de la imposibilidad de recobrar en ellas esos momentos que, en realidad, nunca existieron como tales, puesto que siempre los vivió tras la cámara, aplazados”.

Filmar un diario, una película autobiográfica, es en ocasiones subordinar la propia vida y la de los seres queridos. Sobre ello, sobre las relaciones entre cine y vida, medita también E. Cuevas. Son las dificultades inherentes en todo proyecto diaristico. ¿Se trata de vivir la vida o de filmarla? Recuerdo este dilema ilustrado en una secuencia de los diarios de David Perlov, donde ante la invitación a comer de una de sus hijas, reflexiona en off: “La sopa caliente es tentadora. La cuestión radica en sí filmar la sopa o comer la sopa” .

Los distintos estudios de Landscapes of the Self: The Cinema of Ross McElwee son reveladores en cuanto a los pasos seguidos en la construcción del personaje y su enmarcación dentro del cine familiar. Los artículos de Efrén Cuevas y Dominique Bluher son de gran ayuda para comprender la metodología empleada por McElwee en la construcción del relato (durante el rodaje y postproducción) y ayudan a situarlo en la tradición cinematográfica. El tema de la filiación está tratado también por A.N.García y J.M. Catalá al situarlo junto a los ensayos de Montaigne. Se le puede achacar quizás cierta reiteración en las mismas escenas y aspectos, algo inevitable al ser distintos autores. Por otra parte, la variedad de miradas no hace sino completar el retrato. No deja de sorprender como los estudios académicos (cuya opacidad el libro salva hábilmente) se han convertido en el hogar de acogida de gran parte del cine personal y de vanguardia. En este marco el libro editado por Efrén Cuevas y Alberto N. García viene a llenar, oportunamente, el vacío existente en nuestro país sobre un autor fundamental del cine contemporáneo. Un libro que ayuda a entender su toma de conciencia autobiografica (los mecanismos de composición narrativa y de puesta en escena del yo) como orquesta sus películas y la trascendencia de sus propuestas. Como sucede cuando alguien emplea su tiempo en descifrar los códigos que dan forma a aquello que a uno mismo le fascina, lo leo con avidez reconociendo una pasión compartida, una pasión que tienen los que aquí escriben, que tiene el propio McElwee: la pasión por la vida y su expresión en imágenes, por los otros y por lo que nos rodea, y el cuestionamiento de la propia existencia en relación a ellos y a ella, tan fugaz, sometida al tiempo. Ross McElwee sabe, como Nicolas Ray, como Jonas Mekas, como Robert Kramer sabía, que no podemos regresar a casa. El único regreso es avanzar hacia delante, andar el camino y encontrar un nuevo hogar, una nueva familia.

Último apunte autobiográfico: cuando regresé a España, sin un duro en el bolsillo, pero con la cabeza llena de imágenes y el ánimo dispuesto, traje en mi maleta unas cuantas cintas de vídeo (las fieles VHS). Con aquellos pequeños tesoros empecé la docencia en la Universidad. Entre ellas estaba Sherman´s March y no ha pasado ni un solo curso, en el que los estudiantes y yo no hayamos disfrutado de su fina ironía, de la universalidad de los temas tratados (el paso del tiempo, la memoria, las dificultades de las relaciones personales, las relaciones entre cine y vida, la búsqueda del propio hogar, la representación del pasado histórico…) y de su gran habilidad como narrador y cámara. Durante estos años McElwee ha pasado a formar parte de mi álbum familiar (es el riesgo que se corre al constituirse uno mismo en personaje), su familia es parte de mi memoria visual, sus obras son parte de mis referentes (lo que a veces es doloroso pues él ya lo ha hecho primero) y los de algunos estudiantes que han intentado seguir sus huellas. Lamentablemente el disfrute de sus obras se ve reducido a un círculo muy minoritario pero creo que el reconocimiento de McElwee es inevitable. Sus películas se imponen por si mismas. Lanscapes of the Self: The Cinema of Ross McElwee / Paisajes del yo. El cine de Ross McElwee es una inestimable contribución al conocimiento de la obra de este hacedor de imágenes y pensamientos. Bienvenido sea con la esperanza de que la familia de los amantes de cierto cine sea aún más numerosa.

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Un Comentario

  1. PATRICIA COLLAZOS 17/06/2009 | Permalink

    Me gusta mucho este estilo, creo que se puede mostrar los pensamientos y la forma de mirar el mundo desde la vida misma del realizador.

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