Retrato

Cabría considerar Retrato como el reverso de Función de noche de Josefina Molina, pues si bien ambos filmes se presentan como el retrato íntimo de una generación criada en la posguerra española a través de la institución matrimonial, la condición humilde de los padres de Ruiz de Carmona no hace más que acentuar la estrechez de sus opciones vitales, limitadas aquí no sólo por un matrimonio para toda la vida, sino también por ese “trabajar, trabajar, trabajar” que, como una letanía, irrumpe continuamente en el relato de la madre del director.


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Retrato de Carlos Ruiz

Pese a obtener el premio al mejor documental nacional en Documenta Madrid 2006, pese a la mención del jurado con que fue reconocida en la primera edición de Play Doc, la película Retrato (2005) del director catalán afincado en Portugal Carlos Ruiz de Carmona ha pasado desapercibida. Y, sería una lástima que, tras su “rescate” con motivo de la II edición de D-Generación. Experiencias subterráneas de la no ficción española, se tornara de nuevo invisible. Su excelente trabajo fotográfico, su certero análisis generacional y su profundo calado emocional sin concesiones al sentimentalismo la convierten en uno de los mejores largometrajes documentales realizados en nuestro país en los últimos años.

Cabría considerar Retrato como el reverso de Función de noche de Josefina Molina, pues si bien ambos filmes se presentan como el retrato íntimo de una generación criada en la posguerra española a través de la institución matrimonial, la condición humilde de los padres de Ruiz de Carmona (protagonistas del filme) no hace más que acentuar la estrechez de sus opciones vitales, limitadas aquí no sólo por un matrimonio ineludible y para toda la vida, sino también por ese “trabajar, trabajar, trabajar” que, como una letanía, irrumpe continuamente en el relato de la madre del director, cuando recuerda su más temprana infancia, las manos encallecidas a fuerza de fregar suelos o la fatiga que la postra, a día de hoy y sin excepción, en el sofá como rutinario paréntesis en la deslucida vida de un ama de casa. Impuestos el sacrificio y la renuncia como modo de vida, sólo cabe el consuelo a través del fervor religioso (refugio de la soledad e incomprensión materna) o las pequeñas distracciones (paseos, cine) que fuera del hogar puede encontrar el padre.

Y frente al diálogo como detonador psicoanálitico y catártico propio del cinéma vérité al que recurría Molina, Carlos Ruiz opta por una serie de entrevistas de carácter retrospectivo e introspectivo para construir sendos discursos (femenino y masculino) que discurren en paralelo, se suceden y se alternan, pero que están condenados a no cruzarse nunca. A no escucharse. A no tocarse. A no mirarse. Entre el lamento (ella) y la resignación (él), entre el reproche (ella) y la condescendencia (él), la posibilidad de una conversación real o cinematográfica se sabe de antemano imposible. Como tantos otros, éste es un matrimonio forjado a base de “aguante” y silencio. Y la puesta en imágenes de la película mantiene este mismo hiato.

Con un sobrio blanco y negro (donde el claroscuro se impone a medida que avanza el relato), Ruiz va componiendo rigurosos cuadros donde sus padres posan por separado, a menudo en la más absoluta inmovilidad, y donde se alternan las miradas frontales a cámara e incómodas angulaciones que los presentan en escorzo o en detalle, con la descripción también en plano fijo de sus espacios vitales, la pulcritud de su hogar y la paredes blancas del pueblo donde hoy viven, y de sus gestos más cotidianos, como ese contundente y furioso frotar y frotar que interrumpe rítmicamente la quietud inicial, y que enfatiza la amargura contenida en las primeras palabras que escuchamos como espectadores: “Yo no he sido nunca feliz”, pronunciadas por la madre con su característico acento andaluz. En contadas ocasiones, ambos comparten cuadro, y es aquí cuando visualmente la distancia (y la sensación de incomunicación) se explicita, al posar estáticos de espaldas tendidos en la misma cama, igualmente rígidos frente al mar mirando a diferentes puntos o ya en movimiento al final de la cinta, en un acercamiento tentativo que no llegará a culminar. Es en ese momento cuando de fondo, oímos silbada la melodía de Tres cosas hay en la vida, como amarga conclusión y epítome de lo que nunca pudo ser, de ese “pasar por la vida, sin estar en la vida” con el que la madre hace su balance vital.

En Retrato, el trabajo fotográfico en torno a los cuerpos está dominado por la contención y la sobriedad, especialmente en el tratamiento de unos rostros cuya inexpresividad y seriedad transmite dignidad y fatiga a partes iguales, creando una distancia que parece mitigar (o simplemente constatar) la crudeza de unas confesiones, siempre en off, que se saben sin consecuencias o que llegan tarde. Al fin y al cabo, como canta a capella el personaje femenino, sólo queda el “A tu vera, siempre a la verita tuya hasta el día que me muera.”

Que esta película haya pasado desapercibida sólo es un síntoma más de la fragilidad del sistema de difusión del largometraje documental en nuestro país. Pasado el boom que un día prometió recuperar la sala cinematográfica como espacio de exhibición (hoy hasta las grandes figuras del documental como Errol Morris o Michael Moore tienen problemas para estrenar sus películas en nuestro país), sin programas específicos dentro de la televisión, sólo los festivales quedan como la ventana natural para este tipo de producciones, una ventana que otorga una visibilidad puntual y efímera, y que quizás convendría repensar, superando las cuestiones relativas a la novedad o la primicia y barajando otros parámetros como pueden ser la pregnancia, la longevidad o un mayor compromiso con las películas que tienen a bien destacar mediante un galardón. Por que, ¿qué significa, como en este caso, el primer premio al mejor documental nacional en Documenta Madrid 2006? ¿Podría o debería significar algo más que una generosa dotación económica y un pase que en su día pudo reunir a unos cien espectadores?

FICHA TÉCNICA
Dirección, guión, producción, montaje y cámara: Carlos Ruiz de Carmona
Asistente de cámara: Paula Abreu
Mezcla de sonido: Vasco Carvalho
Asistente de sonido: Alexandre Monteiro
País y año de producción: España, 2004

Un Comentario

  1. He visto el documental en dos ocasione, sin embargo no desde el principio; me ha gustado mucho, ojalá el creador Carlos Ruíz Carmona publique en Youtube para que tenga mayor difusión su documental porque la fotografía es hermosa y la participación de sus padres parece profesional sin perder la íntima cercanía al expresars. Felicitaciones, que se difunda más.

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