
Sin duda, lo primero que llama la atención de la opera prima del joven cineasta catalán Abel Garcia Roure es lo osado de su propuesta. Discípulo de Joaquim Jordà en el Máster de Documental de Creación de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, se enfrenta con valentía a uno de los enigmas que más fascinaron a su mentor: la mente humana y sus enfermedades. Y lo hace de una forma libre, dejando que los personajes y los hechos vayan introduciéndose en la película sin más, algunas veces de una forma casi sorpresiva, e incluso manejando los tópicos desde una postura que engloba el combate pero también la asimilación. De este modo, y como el nombre de la película indica, el documental de Roure se mueve solamente en el territorio de “una cierta verdad” sin que el espectador tenga en ningún momento la sensación que exista una verdadera toma de partida.
Es quizás por esta ausencia de punto de vista que en la película de Roure es difícil saber quien es el protagonista o si tan siquiera lo hay. Aunque es probable que ésa no sea una cuestión importante en un film que en realidad pretende cuestionar los límites de la cordura y la locura así como los códigos sociales sobre los cuales se asienta la concepción contemporánea de la normalidad. Aún así, no hay duda de que existen varias partes de la película que, individualmente, podrían haber dado a lugar una película diferente en cada caso y que, unidas por el montaje en una único gran film acaban por forzar una imagen peligrosamente poliédrica del material pretendidamente captado bajo los supuestos del documental estrictamente observacional. En la primera parte de la película, el director observa, des de una distancia que sentimos lejana, el quehacer diario de la unidad de enfermedades mentales del Hospital Parc Taulí de Sabadell. En este primer segmento de la película, los protagonistas son indiscutiblemente los médicos (o más bien, la institución médica), puesto que Roure les confiere un rostro y una presencia definida, mientras que los pacientes son presentados como grupo, no con como individuos, desprovistos de un rostro que los singularice. Hay en este primer segmento algunas alusiones directas al Frederick Wiseman de Hospital (1970), especialmente en el modo de filmar el movimiento interno de la institución sanitaria y en la forma como la cámara se alía con los médicos y se enfrenta a los pacientes casi como si fueran simples intrusos, pero también es cierto que existe una pulsión de la lógica que recuerda a la forma como Joaquim Jordá rodó la institución científica – o el punto de vista médico – de las enfermedades mentales en el laberinto de Monos como Becky (1999) .
Este primer planteamiento de la película se disipa al iniciarse el segundo segmento puesto que Roure empieza a introducirnos en las historias personales de tres pacientes que padecen diversos grados de psicosis (esquizofrenia, paranoia, etc.). En esta parte los enfermos empiezan a tener rostro, a ser visibles, y a singularizarse delante de la cámara. Esta no duda en desatender su alianza con la institución médica para abrirnos los ojos a las expresiones, las arrugas, los silencios, las palabras,… de los que sufren la enfermedad. Si bien en el primer segmento encontrábamos las huellas de algunos pasajes de Monos como Becky, en esta segunda parte la película tiende hacia el Joaquim Jordà de Más allá del espejo (2006), a su voluntad de acercarse, diría que casi adentrarse, en la mente del enfermo. Si en la primera parte había un sentimiento de reserva hacia los pacientes, en la segunda parte hay un sentimiento de solidaridad. Un acercamiento en realidad imposible puesto que es la propia enfermedad la que marca la distancia entre lo capturado y el cineasta o, en última instancia, el espectador. Aunque eso sí, consigue que los pacientes dejen de serlo para convertirse, afortunadamente, en personas. Humanos que sienten, padecen, viven y respiran.
Así las cosas, diría que hay una tercera parte en la película que no se construye por una delimitación concreta del tiempo fílmico sino que está compuesta de la relación que mantiene la cámara con el personaje de Javier y que, en realidad, se va distribuyendo a lo largo del film. Javier es, sin duda, el más lúcido de los enfermos retratados y, en algunos momentos, podría pensarse que él es el auténtico protagonista del film. Se trata de un personaje francamente bueno – la lucidez sobre su propia enfermedad es estremecedora – pero es quizás precisamente por ello que Roure acaba abusando de su presencia en la película. Aunque Javier arroje verdadera luz sobre la forma como el enfermo vive su enfermedad, sesgando la forma como la institución médica y la sociedad presume que la vive, el realizador aprovecha su discurso hasta casi diría que agotarlo. Como si se hubiera dejado atrapar por el miedo a traicionar al personaje aún sacrificando en parte su película.
Aún así, hay en Una cierta verdad una cuestión fundamental que Roure consigue integrar continuamente de una forma hiriente e interrogativa al mismo tiempo. Y es que, en el fondo, Una cierta verdad es una película que constantemente se pregunta qué puede filmarse y qué no debería filmarse, y dónde podríamos situar los límites de la intrusión del cine en la vida de un enfermo. Diría que la película acaba por preguntarse si es posible filmar a un loco desde nuestra supuesta cordura e incluso sugiere que quizás los enfermos son en realidad los cuerdos mientras que los médicos son los que viven enfermos, presos de las construcciones sociales sobre lo plausible. En este sentido, la película es comprometida y no rehúye en ningún momento esta cuestión fundamental aunque eso signifique colocar al espectador en situaciones verdaderamente incómodas. Como la secuencia en qué un paciente sin rostro (Roure debe taparle la cara en la sala de montaje para preservar su identidad) es sedado a la fuerza por un grupo de médicos que irrumpe violentamente en su habitación del hospital. Una secuencia francamente conflictiva que bruscamente sitúa el dilema en primer término. ¿Deberíamos o no deberíamos haber estado ahí? Sin duda, una pregunta de difícil respuesta.
Una cierta verdad se estrenará en España en salas el próximo 8 de mayo
FICHA TÉCNICA
Dirección: Abel García Roure
Guión: Abel García Roure
Dir. de fotografía: Diego Dussuel
Sonido: Amanda Villavieja
Montaje: Sol López Riestra
Producción: Pío Vernis
Producido por: Notro Films, Evohé Films y Televisió de Catalunya.
País y año de producción: España, 2008.
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