Mi hermana y yo

Con una estética decididamente lo-fi, donde planos titubeantes y sonidos (a veces ensimismados y distantes, otras veces rugosos y próximos) se engarzan en una obra que, a modo de escritura automática, plasma un profundo desasosiego.


    Post2PDF

Mi hermana y yo de Virginia García del Pino

Cuenta Virginia García del Pino que sus trabajos en video son muchas veces una manera de poner atención a las cosas que ya conoce hasta que le parecen del todo desconocidas. Es precisamente de esta mirada a lo conocido (lo cercano, lo cotidiano) como si no lo conociera de donde parece emerger la profunda humanidad de sus vídeos y la dignidad de sus retratados: ya sean sirvientas en México (Hágase su voluntad, 2004) o trabajadores españoles cuyas profesiones están socialmente desprestigiadas (Lo que tú dices que soy, 2007). Exentos de grandilocuencia, su contundente sencillez y aparente trivialidad, pone en jaque, ante todo, nuestra condición de espectadores (léase también ciudadanos) resabiados y, a menudo, indolentes. 

Ese mismo empeño por conocer (aquí verbalizado como “comprender” cuando una de las voces anónimas del video pronuncia “no se trata de gustar o no gustar, es como un intento de comprensión”) se percibe también en su último trabajo, Mi hermana y yo (2009), presentado en la última edición del Festival Punto de Vista y proyectado recientemente en el Festival REC de Tarragona y en Les Rencontres Internationales de Madrid. Aunque aquí se trate de aquello que nos resulta tan “extrañamente familiar” como son los vínculos afectivos dentro de la familia, una maraña sentimental que la autora aborda eludiendo la explicación (otra de las voces en off sugiere esta imposibilidad, por dificultad u omisión, al señalar “lo que se expresa no es lo que se siente”), y movilizando la empatía del espectador. No se trata de comunicar ideas, sino de plasmar sentimientos, de ahí que la pieza, se mantenga en un territorio difuso (y plenamente subjetivo), entre la experiencia intransferible y la capacidad de identificación. Y es este movimiento hacia el otro (del espectador a los personajes y de los personajes entre sí), este reconocimiento de y en las emociones ajenas lo que aquí se pone en imágenes y en sonidos.

Si bien los créditos finales nos revelan la existencia de cuatro voces femeninas, en el vídeo a penas llegamos a “identificar” o procedemos a condensar en tres: una suerte de mediadora que orquesta un diálogo y una voz femenina y una masculina, a las que otorgamos el papel de unos hermanos, tal como apunta el título y que, de forma desconcertante, vemos corporeizadas en la pantalla en la figura de dos adolescentes tendidos en un césped y que, unidos por unos auriculares, recitan el discurso emitido por los adultos. Una estrategia de distanciamiento y extrañamiento, constante en el filme, que nos posiciona en un tiempo ambiguo, entre el pasado y el futuro, entre la regresión a la infancia o la proyección hacia la edad adulta. Y también, en una ambivalencia emocional que se condensa en ese llanto que súbitamente se transforma en risa. De hecho, los apenas catorce planos-escenas que componen el filme (muchos de ellos repetidos con variaciones como la escena ya citada, o las de la lucha libre y la imagen borrosa de una abeja, que estamos tentados de interpretar en clave surrealista como símbolo de miedos irracionales) permanecen en el terreno de lo simbólico y lo sensorial. Bajo ellas, el audio propone una suerte de diálogo inconexo e inarticulado que gira en torno al binomio rechazo / aceptación y que acaba perfilando una relación ambigua (¿fraternal? ¿amorosa? ¿ambas?) entre las voces, a la que también alude su nietzscheano título, puesto que fue mi en Mi hermana y yo -referencia confesa de la autora- donde el filósofo alemán en clave autobiográfica plasmó sus sentimientos hacia las tres figuras femeninas que presidieron su vida: su madre, su hermana y su amante. Una tensión que se hace manifiesta a partir de las expectativas depositadas (y decepciones) en el otro (“te transmito fuerzas, ganas de comerse el mundo” contra esa voz femenina que le responde “a mi me da igual todo. No soy capaz de comerme el mundo”), las manifestaciones de cariño físicas (“¿Puedes tocarle? Podría) e incluso ese voluntario desapego teñido en ocasiones de odio, propio del amor ritualizado o debido, hacia los que tenemos más cerca (“yo no sabía que lo estaba pasando tan mal”).

Cuenta también Virginia García del Pino que sus vídeos surgen de una tentativa de comprender el mundo desde una óptica menos dolorosa, aunque eso suponga, como aquí, pulsar las teclas del dolor y del desasosiego.

FICHA TÉCNICA
Dirección: Virginia García del Pino
Ayudante de dirección: Andrés Duque
Cámara: Virginia García del Pino
Montaje: Virginia García del Pino
Producción: Francisco Blancafort
País y año de producción: España, 2009.

SUSCRIPCIÓN

Suscribirse a la newsletter

Redes sociales y canales de vídeo

  • Facebook
  • Twitter
  • Vimeo
  • ETIQUETAS

    ARCHIVO