Bruce Lacey. Ritual de lo inhabitual

Bruce Lacey es un artista británico multidisciplinar, en los 50 tocaba en un grupo musical anarquista, hippie en los 60, punk en los 70, artesano de robots, escultor de androides y de ciborgs, y que dentro de su actividad artística fue creando películas con sus amigos y con su familia, que ahora el British Film Institute se ha encargado de compilar en un doble DVD.


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El grado de civilización de una sociedad es igual a nivel de respeto que tiene por sus locos, sus excéntricos, sus artistas, sus intelectuales críticos y sus opositores culturales. Por esa razón, para hablar de uno de ellos, Bruce Lacey, tenemos que traer nada menos que una edición del British Film Institute (The Lacey Rituals: Films by Bruce Lacey (and Friends)), ya que aquí en España es impensable que la oposición sea ¿dignificada? por el relato institucional, más que cuando se refiere a dar una nota folclórica que avale el falso consenso de la transición española. Salirse de la norma, ser efectivamente independiente porque tu trabajo se corresponde en todo momento con una escala de valores que has meditado con la intención de no hacer excepciones, no obedeciendo al capricho, ni siquiera al de uno mismo, procura un legado. Incluso en las sociedades llamadas civilizadas eso tiene un precio, la autonomía es una amenaza para el grupo, tanto más si tus obras están en la Tate Modern Gallery, porque entonces parece más cierto el peligro de que las jerarquías son revocables o de que el tiempo a veces pone a cada cosa en su sitio.

Lacey es un artista multidisciplinar, actor, ideólogo, hippie en los 60, punk en los 70, artesano de robots, escultor de androides y de ciborgs, que en los 50 tocaba en un grupo musical anarquista, The Alberts, con los hermanos Tony y Dougie Gray. Los Alberts vestían con ropa victoriana y usaban unos extraños instrumentos que llevaban a clubs de jazz del Soho londinense donde la música se alternaba con interacciones con el público de corte dadaísta. Es un Londres de postguerra estas ocupaciones tenían a partes iguales ganas de alegrar la vida de sus conciudadanos y deseos de propagar un caos benigno que ayudara a la gente a salirse de los esquemas mentales de su tiempo. The Alberts, además de estas intervenciones musicales, protagonizaron tres cortometrajes, uno dirigido por Ken Russell, The Preservation man, y los otros dos por George Harrison Marks, Defective Detectives y el fallido Uncles tea party, que sí está presente en el doble DVD del BFI, aunque no es una pieza cinematográfica reseñable.

Del periodo que va de 1951 a 1965 hay 10 films en esta edición, casi todos en la primera sección del primer DVD, Early Films, siendo uno de los más interesantes el que abre el disco, Head and Shadow (1951), un corto mudo de diecinueve minutos dirigido por John Sewell, y protagonizado por Bruce Lacey en el papel de un ciego que deambula por un Londres muy tocado por la guerra, abordando desde un planteamiento formal de vanguardia (en el libreto que acompaña la edición se remite a Maya Deren y Kenneth Anger para darle carta de naturaleza) una denuncia social muy íntima del estado en el que se encontraba humanamente ese Londres apenas cinco años después de la guerra. Es una pieza verdaderamente interesante, incluso no conociendo el contexto en que fue realizada, y en la que Lacey se implicó profundamente produciéndola además de protagonizándola.

Esta primera etapa se completa, citando las más relevantes, con The running jumping & standing still film (1960), un pequeño corto de humor dirigido por Dick Lester, que cuenta con Peter Sellers y Lacey intentando que la década sea un poco más divertida que la anterior, experiencia a la que volvería con más éxito en 1965 para hacer de jardinero en la película Help! de los Beatles, Battle of New Orleans, un corto en blanco y negro donde Lacey hace un experimento al margen de los Alberts y forma The Gnits para darse el gusto de tocar en un pantano con el grupo y arrojarse barro los unos a los otros. Se cuenta la anécdota en el libreto de que Bob Godfrey, el director, fue invitado a proyectar una de sus películas en un festival de cine en España llamado Celebración del Color, eligiendo ésta, y la organización, al ver que la película era en blanco y negro, se quejó, a lo que Godfrey contestaría “este es el color de Inglaterra”. Y es cierto, en muchas de estas piezas hay algo de alterar una escala de grises, de vivificarla, de ofrecerle una salida a la introspección, de conmover las convenciones sociales, no para escandalizar, sino para mostrar otro modo de vida, aunque sobre eso reflexionaremos más ampliamente a continuación. También Everybody’s nobody (1960), de nuevo una película de Sewell, esta vez codirigida con Lacey, y que es un ejercicio de parodia de la industria armamentística y The flying Alberts (1965), que consiste en la filmación de un happening donde se ponen en solfa los viajes a la luna, pero en el que lo realmente importante está en ver la interacción de los Alberts con el público y percibir el anhelo de Lacey y sus amigos de que la sociedad británica fuera por fin feliz y dejara atrás la guerra sucedida veinte años antes. En ese aspecto la película es un documento que puede formar parte de la historia no oficial de un país, donde el trauma no concluye en 1945, sino en 1965, o quizás después, y que de alguna manera se convierte en el territorio social que advertía el grupo de Lacey y a cuyos habitantes dirigía ese deseo de celebración del presente.

La segunda sección del primer DVD, Human behaviour (Comportamiento humano), se pone sobre la mesa como un ejercicio deliberado de empatía con el arte a través del amor del artista por su familia. En The Lacey Rituals (1973), la película que da nombre a la edición de BFI, vemos a los Lacey, su mujer Jill Bruce, sus hijas Saffron y Tiffany y sus hijos Fred y Kevin, vistiéndose, desvistiéndose, lavándose, desayunando, bromeando y ante todo, girando en torno a la figura del padre que parece haber adquirido el estatus de dios absoluto al haber llevado una cámara a casa y compartirla con ellos. La familia, que vive prácticamente en régimen de comuna, no sabe con exactitud a qué propósito obedece el juguete pero sí que para su padre son importantes ya que les filma para que les vean los demás. Eso les enamora, de un modo más genuino del que conocieron los que en los 80 eran filmados en vídeos caseros, porque, como todo metal precioso, el celuloide tenía tanto más valor emocional cuanto mayor era su escasez en el zoco, y en producir esa sensación Lacey supera cualquier hito de la era digital, ya que declara que tiene un presupuesto fijo y que no puede repetir las escenas, lo que enloquece e ilusiona a partes iguales a la pequeña de la casa. Ese afecto tan profundo es más fuerte que todas las pulsiones y la sensación que deja es que la familia se deja filmar para existir siempre, para poder mirarse al cabo de los años en esa película y no admitir que el tiempo ha transcurrido.

Human behaviour Films es la sección más fresca del doble DVD. Por ejemplo How to have a bath (1971), la semilla de esos Lacey Rituals, presenta a Bruce y a su compañera Jill, desnudos tomando por turnos un baño. No tiene una lectura política más allá de mostrar un cuerpo sin ropa y enseñar a cómo se frota para limpiarlo, pero hemos dado tantas veces por muerto, y luego ha resucitado, ese sector social al que convenía mostrarle la naturaleza de lo obvio, para aplacar su ímpetu de llevarnos de vuelta a la edad media, que vista hoy, después de echar una vistazo a las portadas de los periódicos españoles, parece colocarnos un poquito más cerca de los provos holandeses y un poco más lejos del Tea Party estadounidense.

Kissing film (1967) tiene idéntico propósito didáctico, esta vez dándose un beso, esa clase de contacto físico que eluden proporcionar, excepto a los niños, los representantes de la iglesia. Está rodada en una época en que los besos en público estaban prohibidos en España y en las películas de Hollywood, por tratar sólo de dos escenarios tan irreales en el sentido de falsos. Así que vista hoy día nos confirma,  a los que pensamos que la representación más auténtica del ser humano se da en los márgenes del arte, que lo verdadero sólo lo descubre quien lleva la belleza hasta el límite, la belleza moral, al romper una prohibición antinatural, y la belleza estética, porque no hay acto más armónico que el beso.

Finalmente el Double exposure (1975) Lacey filma un coito con su compañera Jill y parece iluminado, de alguna manera, por el aserto lacaniano de que la relación sexual no existe. En Double exposure se superponen en el cuadro sus dos cuerpos por separado visibilizando que no dejan de ser uno y otro, que la relación la mantienen con su semblante y que los dos semblantes están separados por un goce que goza su señuelo. Una metáfora tanto más válida cuando esta pareja se ama, pero en la que reconocemos las dos máscaras, la del artista, que conoce la belleza y le pone nombre, y la de la madre, que la produce y la guarda. Al final se trata de una estructura familiar tradicional, de Kissing Film a How to have a bath y a The Lacey Rituals y esta última, su universo es el de una provocación benigna a la carcundia, una puesta en valor de un modo de vida que es el normalmente aceptado siempre que no se muestre y en la que las cuatro películas parecen eso, un último asalto a unas convenciones sociales que ya no pueden prohibir ‘ser’, porque han entendido que lo que muchos son no es diferente de lo que ellos desean, pero que todavía intentar prohibir ‘ver’.

Cuatro secciones componen el segundo DVD, que se abre con la titulada Perfomances and documentation. Aquí se trata de mostrar su actividad artística que pivota entre la fabricación de esculturas robóticas, hoy desprovistas del asombro que seguramente motivó en parte de su público décadas atrás, y la que juega con su familia desarrollando perfomances en las que por ejemplo puede estar comiendo con sus hijas e hijos en un recinto delimitado por una cuerda, y en las que ese simple significante, el muro, y la actividad que se desarrolla en su interior, causa la sorpresa de los espectadores. La producción artística de Lacey es conceptualmente liviana, maneja algunos símbolos y conoce, como decíamos anteriormente, el territorio social donde opera, al que quiere intervenir como un tumor benigno. Sostiene una idea que se explica a sí misma basándola en su carisma y en su naturalidad y sabe que una tímida exhibición a veces convence de manera duradera a un auditorio inerte. En ese aspecto indica que tenía una intuición respecto a la sociedad, que otros grupos trataron sin éxito de transformar duramente en los 70 y en los 80, de que la concurrencia “viene comida de casa”, o sea, viene condicionada, abducida, alienada, de la educación, el trabajo, el núcleo familiar, el ocio, y hay que operar como un acupuntor para no dejar que el ciudadano medio se quede a remolque de la modernidad.

Perfomance inserts fuerza un poco el propósito archivístico del volumen y ofrece dos piezas que podrían haber encontrado acomodo en otras secciones. Heads, bodies and legs (1973) es un divertimento con el grupo de los Alberts sobre el concepto del juego infantil de “Mr. Potato”. La inclusión del cuerpo de una mujer desnuda y el repertorio de intercambio de articulaciones parece lanzar un mensaje de puesta en duda de la identidad masculina, pero es una pieza fácil. Y Stella chase (1974) es una de las primeras incursiones de Lacey en el mundo de los efectos de vídeo y aparte de eso no tiene un valor artístico remarcable más allá de aprehender la psicología del autor.

Y es ésa psicología la que en los 80 se pone al servicio de una utopía punk, si acaso eso es posible bajo el lema “No hay futuro”, y desarrolla una serie de perfomances y vídeos de autoconocimiento, de las que hay cinco grabaciones en el doble DVD agrupadas en la sección Earth Rituals and Later Films. El trabajo más interesante es Breaking away to come together (1984) con un Lacey momentáneamente endurecido por la tecnología, que funde e intercambia su rostro con el de su nueva compañera, Kate Hayes, en una pieza influenciada por la escena neoyorquina del videoarte en los 80 (Hayes provenía de un colectivo norteamericano) pero que, al contrario de Double exposure, que también se estructuraba con la aplicación de efectos en la imagen, en esta ocasión parece no trascender más allá de su planteamiento formal, como si anunciara el advenimiento del protagonismo de la técnica sobre las ideas que ha dominado las últimas tres décadas (hasta que el ser humano ha normalizado el uso de las tecnologías y estas han dejado de representar un valor por sí mismas superior al valor de la conciencia humana).

Y como conclusión, un documental de este mismo 2012, The Bruce Lacey Experience, realizado por Jeremy Deller y Nick Abrahams, que muestra un trabajo continuado de tres años de visitas a Lacey en su granja de Norfolk (Gran Bretaña) donde se entrecruzan imágenes de archivo con los rituales de la tierra que practica el artista inglés y de los que hay un par de ejemplos en la sección inmediatamente anterior. Un personaje al que el deseo de algunos de neutralizar los pensamientos poniendo etiquetas puede costarle ser despachado simplemente como un ‘excéntrico’ inglés, pero que al contemplar una trayectoria de siete décadas miramos con simpatía y nos dejamos, por unos minutos, participar de ese juego al que quiere que todos jueguen y en el que la condición es que hay que mirar con los ojos de un niño.

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