Documenta Madrid 09. Una suculenta y (demasiado) abundante oferta

La sexta edición de Documenta Madrid confirma que estamos ante un festival imprescindible y plenamente consolidado pero cuya oferta se antoja ciertamente desbordante. Haría falta concretar una apuesta más reducida sin que eso repercuta en la calidad de un programa, muchas veces, imperceptible debido a la abundancia de proyecciones.


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Nombres propios de Documenta Madrid 09

Si convenimos en que el núcleo duro de cualquier festival de cine lo conforman sus secciones competitivas, entonces hemos de reconocer el acierto, por parte de los responsables de Documenta Madrid, de concentrar éstas en un solo escenario (los cines Princesa) a fin de facilitar el acceso del público a las mismas y evitar la amenaza de dispersión que una ciudad como Madrid conlleva en la organización de un evento de semejantes características. No había más que dejarse caer por la Plaza de los Cubos para comprobar la expectación despertada por las obras presentadas a concurso en los distintos certámenes: Nacional, Creación y Reportaje y constatar, de este modo, la plena consolidación de Documenta Madrid como festival de referencia para el cine de no ficción.

Sin embargo, ese esfuerzo por evitar los peligros de la dispersión se revela baldío desde el mismo momento en que el comité organizador se empeña, un año sí y al otro también, en saturar la programación. Este año ha habido hasta siete retrospectivas dedicadas a Manoel de Oliveira, Frederick Wiseman, Chris Marker, Santiago Álvarez, Lourdes Portillo, Andres Veiel y Manuel Summers, ocho si consideramos como tal el mini-ciclo titulado Docuaventura e integrado por la obra de no ficción de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, ya saben, los directores de King Kong (1933). La mayoría de estas retrospectivas fueron, como no podía ser de otro modo, parciales, y uno se pregunta si no tendría más sentido apostar fuerte por uno de estos nombres, dos a lo sumo, y ofrecer muestra amplia y exhaustiva de sus trabajos (incluyendo más de un pase de cada película) antes que dejarse llevar por la primacía de lo cuantitativo y desbordar las pantallas con ciclos incompletos que, encima, se solapan unos a otros, obligando al espectador a un doloroso ejercicio de descarte, a sabiendas de que, rara vez, va a poder volver a gozar de estas películas en pantalla grande.

La misma crítica podría hacerse, con reservas, a las secciones competitivas. Hacer la distinción entre creación y reportaje puede ser cuestionable pero parece correcto, con independencia de los nombres elegidos para diferenciar ambas muestras. Lo que ya no parece tan lógico es discriminar la producción nacional en una sección aparte donde cabe todo (creación y reportaje a la vez). La saturación antes comentada también alcanza la programación de estas muestras al encadenar en una única sesión hasta tres títulos distintos que, en conjunto, superan las dos horas de duración por norma.

Asumiendo la imposibilidad de desarrollar el gen de la ubicuidad y lo fatigoso que resulta intentar saltar de una sesión a la siguiente, de un ciclo a otro, de un cine a otra sala de proyección, sólo queda armarse con el sólido catálogo y un programa de mano y fijar prioridades. Las mías este año han sido el Certamen Nacional y las retrospectivas de Manuel Summers y Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper.

En lo que se refiere al certamen nacional este año presentaba como novedad el carácter inédito de las películas seleccionadas. Esta exigencia no sólo no redujo el nivel de calidad del concurso sino que sirvió para fortalecerlo. En ediciones pasadas esta sección se antojaba más informativa que competitiva al exhibirse en ella trabajos que llevaban ya casi un año circulando por el circuito festivalero. El afianzamiento de Documenta Madrid como certamen de referencia conlleva dichas exigencias de exclusividad.

En enero, quizás de Diogo Costa Amarante fue el largometraje ganador. El principal mérito de esta película es que, participando de una temática tan trillada como la del drama íntimo que vive un inmigrante sin papeles (rumano en este caso) en su errático deambular por España buscando un trabajo que le confiera una dignidad y le garantice la subsistencia, logra sortear las eventualidades de un discurso victimista hasta alcanzar un halito de esperanza mediante una representación que, más allá del naturalismo expresivo, participa de un extraño lirismo que la enriquece y logra emocionar profundamente al espectador. La fe en el ser humano expresada mediante lo elevado del verbo divino entre los cochambrosos muros de una misión cristiana a la que acude el lúmpen social en busca de un bocadillo y unas pocas palabras de ánimo, será, finalmente, el refugio del protagonista y el motivo último de un documental pleno de riesgo aún en su aparente sencillez expresiva que bebe de las fuentes del docudrama y el reportaje hasta lograr un ejercicio de creación de gran solidez.

Anas: an indian film de Enric Miró, segundo premio del Jurado, representa el reverso del filme ganador, tanto en su planteamiento como en resultados. La realidad aparece dimensionada como una abstracción cuyo alcance es siempre relativo atendiendo a los confusos recuerdos de Anas, un ex campeón palestino de natación (condición que se nos revela en el dossier sin que en la película se precise en ningún momento). Sus imágenes, evocadoras pero también imprecisas como lo es la memoria de su protagonista, sujeta a todo tipo de trastornos, van componiendo un ambicioso fresco sobre el dolor de todo un pueblo desposeído no sólo de su futuro sino también de su pasado. Es de elogiar el intento de Enric Miró por circunscribir dicha tragedia al ámbito de lo íntimo, abogando por la introspección antes que por la reivindicación. Sin embargo, pese a ese tono elegiaco o, quizá, precisamente debido a él, la película termina por resultar una obra vagamente letárgica a lo que, sin duda, contribuye su duración: ciento veinte minutos que se antojan excesivos y que vienen a justificarse por un guiño cinéfilo del que resulta, también, el título del filme (el protagonista comenta que en los cines de la zona, las películas más populares eran las de nacionalidad india cuya duración solía ser siempre de dos horas).

Aún sin recompensa en el Palmarés es de destacar la obra de un veterano como Javier Aguirre (padre espiritual del anticine) que trajo a DocumentaMadrid su última creación: Sol, un largometraje a medio camino entre la antropología social, el cine directo y el reportaje callejero donde se confrontan imágenes de ayer (años 60) y de hoy tomadas en la madrileña Puerta del Sol sin que haya un hilo conductor de por medio (por mucho que haya tentativas de establecerlo a través de forzados parlamentos en off que, por fortuna, sólo tienen cabida en los prolegómenos del filme). La propuesta no deja de ser curiosa pese a resultar, ciertamente, algo naïf.

En el apartado de cortometrajes, el film ganador Triste borracha evidencia la intuición de Chema Rodríguez (doblemente premiado en el Festival al haber obtenido su documental Coyote el segundo premio del Jurado en la sección Reportaje) para explotar el carisma de uno de esos personajes tan apasionantes y extremos que piden a gritos erigirse en protagonistas de una película. Marina Palencia, ex prostituta guatemalteca que ya aparecía en el multipremiado Estrellas de La línea, anterior documental de Rodríguez, se prepara para cumplir el sueño de actuar, a sus 70 años, en el Auditorio Nacional de su ciudad cantando el bolero que da título a este cortometraje. Esas horas previas a la representación, con toda su tensión, nos regalan impagables momentos en los que esta entrañable mujer recapitula una vida de renuncias junto a los suyos mientras se prepara en el humilde chamizo donde vive junto a su hija y su yerno.

Fuera de la Sección Oficial y entrando, de lleno, en las retrospectivas programadas, resulta digna de elogio la recuperación de la obra documental de Manuel Summers que, en calidad de francotirador, fue uno de los pioneros del cine de no ficción en nuestro país si bien éste ocupa una parte marginal (pero no por ello menos relevante) en su vasta filmografía. La proyección de esa obra de culto que es Juguetes rotos (1966) que, realizada bajo los ecos del cinema verité, termina por resultar un claro antecedente de la retórica de choque que alimentaría, en décadas sucesivas, el discurso televisivo, dio paso a Urtain…el rey de la selva o así (1969) aberrante mezcla de formatos, estilos y discursos que acaso sea la más depurada muestra de shockumentary rodada en España y cuyo alcance hoy en día, cuando todos sabemos el devenir profesional y personal del boxeador protagonista, resulta verdaderamente perturbador. Y, claro, en este mini-ciclo, no podían faltar los tres títulos que integran la llamada “trilogía de la cámara oculta”: To er mundo é güeno (1981), To er mundo é… mejó (1982) y To er mundo é… ¡demasiao! (1985). Clamorosos éxitos de público en el momento de su estreno, hoy en día, aparte de constatar las posibilidades reales de comedia que presenta un formato abusivamente explotado hasta el punto de estar ya realmente superado, el ver estas películas denota un interés, si se quiere, antropológico, al comprobar el carácter sumiso, amedrentado, y como tal fácilmente manipulable, de una sociedad que, recién salida de los rigores de una dictadura, hacía gala de su inocencia al dejarse provocar por determinadas situaciones. Ante la mayor parte de las mismas hoy nos rebelaríamos o, como poco, sospecharíamos, inquiriendo a nuestros interlocutores por la ubicación de la “cámara oculta”.

Y si acertado resulta el ciclo dedicado a Summers, la muestra Docuaventura 09 consagrada a mostrarnos el esfuerzo de los pioneros del documental antropológico a través de la obra de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, fue realmente entrañable. Conocidos, por encima de todo, por haber alumbrado ese clásico imperecedero que es King Kong (1933), para quienes hemos tenido oportunidad de ver Grass (1925), Chang (1927) y Rango (1931) –esta última únicamente firmada por Schoedsack–, resulta inevitable asumir el carácter paródico que pesa sobre Carl Denham y todo el equipo de cineastas que en King Kong se embarcan rumbo a una exótica isla donde prevén hallar unos referentes reales cuyo impacto supere la más elaborada de las ficciones. Estos personajes resultan una proyección de los propios directores del filme que apenas una década antes, de Persia a Siam, no dudaron en afrontar los rigores de un medio natural hostil para elaborar sendas epopeyas fílmicas cuyo hilo conductor resulta de algo tan simple y a la vez concluyente como la lucha por la supervivencia. Es incluso anecdótico y hasta divertido ese certificado expedido por el consulado británico que cierra Grass y en el que se da cuenta de que Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper han sido los dos primeros extranjeros en atravesar el imponente macizo del Zardeh Kuh.

Al margen de disfrutar con todas estas películas, uno de los activos más importantes que presenta DocumentaMadrid son las mesas redondas y los encuentros con los realizadores. La clase maestra que ofreció Frederick Wiseman en el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes resultó uno de esos acontecimientos que justifican la existencia de los Festivales de Cine en su empeño por hacer llegar al público un tipo de propuestas que los dictados mercantilistas que rigen la industria audiovisual marginan sistemáticamente. Pleno de sabiduría el cineasta explicó sus métodos de trabajo, defendió su ética como documentalista y se interrogó sobre el sentido último de su trabajo alentado por las interesantes preguntas que le iban haciendo desde el patio de butacas referidas a la forma y al fondo de sus propuestas. Tres horas que dieron para mucho.

Todo esto fue parte de lo que dio de sí un Festival absolutamente imprescindible y plenamente consolidado pero cuya oferta se antoja, como ha quedado dicho, ciertamente desbordante. Haría falta concretar una apuesta más reducida sin que eso repercuta en la calidad del programa que es elevada pero, muchas veces, imperceptible debido a la abundancia de proyecciones que en él se disponen. 

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