Documentalismo como política de la verdad

Reproducimos este ensayo donde la artista y teórica Hito Steyerl reflexiona sobre la política de la verdad en el documental, es decir, sobre cómo la verdad documental es siempre un constructo político y social que además puede tener efectos en el campo de la gobernabilidad, sin olvidar, que la imagen, “pese a todo”, participa de lo real.


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Hay una escena famosa en la película de los hermanos Marx Sopa de Ganso. Groucho Marx interpreta a un presidente corrupto de la república bananera de Freedonia, que depende de la ayuda de los Estados Unidos. El espía Chico Marx se disfraza haciéndose pasar por Groucho y así robar sus planes de guerra. Cuando la mascarada ya no es creíble, finalmente grita con irritación: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?”

Esta frase paradójica nos conduce directamente al centro del problema: ¿A quién debemos creer? ¿Al presidente o a nuestros propios ojos? ¿La verdad determina la política o la política, la verdad? Es una cuestión de cómo la producción de la verdad siempre ha estado influida y estandarizada por relaciones sociales de poder – en la película de Chico, por el presidente. Michel Foucault denomina a este proceso la política de la verdad (1). Y lo describe como una serie de normas que determinan la producción de la verdad, distinguiendo las afirmaciones ciertas de las falsas y fijando los procedimientos de producción de la verdad. La verdad, por tanto, también está siempre políticamente regulada.

Me gustaría discutir el concepto de las políticas de la verdad tomando como ejemplo las formas documentales. Aquí también, ciertos procedimientos se desarrollan para separar las afirmaciones ciertas de las falsas, en la medida en que hay fórmulas preferentes para organizar y producir afirmaciones ciertas. Aquí también, la política no emana de la verdad, sino la verdad, de la política.

Se puede citar como ejemplo de este tipo de política de la verdad documental el tratamiento de la imagen política que se desarrolló en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en relación a la existencia de armas de destrucción masiva en Irak en 2002 y 2003. Hubo dos aproximaciones en la controversia: la de la administración de George W. Bush y la de la agencia de Naciones Unidas Unmovic. La administración de Bush respaldó sus afirmaciones – ejemplificadas por la infame presentación del Secretario de Estado Colin Powell ante el Consejo de Seguridad, con la visualización de ciertos testimonios, como pueden ser dibujos o subtitulando conversaciones telefónicas presentadas como documentos sonoros. Otro componente de su argumentación visual fueron las fotos tomadas por satélite y las fotos de vigilancia aérea, donde las demostraciones principales emanaban de ciertos elementos escritos de carácter interpretativo que se habían insertado en la imagen. Cada signo de referencia indicial, tradicionalmente considerado una característica de la autenticidad documental, era nimio en las fotos y en los mapas, y se apoyaba principalmente en “fuentes” secretas. Sin embargo, esta política de la verdad prevaleció sobre la de los inspectores de armas, que habían desarrollado procedimientos considerablemente más complejos y codificados para determinar la verdad, como la comparación de las hipótesis formuladas a partir de material fotográfico, el testimonio de testigos e información obtenida sobre el terreno.

El Gobierno a través de la Verdad: “Documentalidad”

Como vemos claramente a través de este ejemplo, las formas documentales pueden tener una suerte de efecto de gobernación a través de la producción de la verdad. El concepto de “gobernabilidad” fue desarrollado por Foucault y definido como una forma específica de ejercicio del poder que opera a través de la producción de la verdad. De acuerdo a esto, el problema político esencial no es la falta de verdad de las condiciones sociales, sino su verdad; por ejemplo, la forma en que ciertos conceptos y formas de producción generan, apoyan o sortean y cuestionan la dominación. Las producciones mediáticas pueden asimismo asumir el papel de estructuras gubernamentales y funcionar como bisagra entre el poder y la subjetivación. (2)

Yo llamo a este punto de intersección entre la gobernabilidad y la producción de la verdad documental “documentalidad”. La documentalidad describe la penetración de formaciones políticas, sociales y epistemológicas superiores en una política específica de la verdad documental. La documentalidad es el punto donde pivotan, donde las formas de producción de verdad documental se convierten en gobierno o viceversa. El término describe tanto la complicidad con las formas dominantes de política de la verdad como una actitud crítica hacia estas formas. Aquí las estructuras de poder/saber científicas, periodísticas, jurídicas o que ejercen como autentificadoras se conjugan con articulaciones documentales, como hemos constatado de manera ejemplar en el discurso de Powell. 

La política de la verdad de la administración estadounidense constituye un perfecto ejemplo de la interacción del documental con el poder, el conocimiento y la organización de documentos. Frente a ésta, la documentalidad también puede significar un intento de desbaratar y problematizar no sólo las formas documentales de producción de la verdad, sino también de gobierno, como por ejemplo en el intento del grupo Kinoki a la hora de crear una cinematografía comunista soviética (3). Su objetivo era revolucionar las prácticas de recepción y producción a través de la mecanización del ojo y de la organización planificada de la producción, y a través del desplazamiento de la ficción dominante a favor del documental o el “filme de hechos”. La organización del filme y la organización de la sociedad seguían, consecuentemente, los mismos principios materialistas, científicos y al mismo tiempo, constructivistas-revolucionarios.

En ambos casos, la función del documental se corresponde con la de las técnicas de gobierno en tanto que “forma de poder que estructura el campo de posibles acciones de los sujetos a través de la producción de la verdad” (4). De forma análoga a esta definición, el documental también es una cuestión de estructurar el campo de posibles acciones, por ejemplo, sugiriendo, proponiendo, evocando, previniendo o reformando acciones (o actitudes), como en el caso de la presentación de Powell ante el Consejo de Seguridad. De acuerdo con esta lectura, las formas documentales son menos el reflejo de una realidad que la creación de la misma. El documento funciona aquí más como un instrumento heurístico que no se adhiere al estado actual de las cosas, sino a un estado previsto de las cosas que él engendra.

Así los documentos a menudo asumen el papel de catalizadores de la acción, están concebidos ante todo para crear la realidad que está documentada en ellos. De aquí, sin embargo, no se puede deducir – y este es el problema del concepto foucaltiano de políticas de la verdad- que cada concepto de verdad sea contingente y relativo. Por un lado, la articulación, la producción y la recepción de un documento está profundamente marcada por las relaciones de poder y está basada en convenciones sociales. Por otra parte, aunque, el poder de un documento descansa en el hecho de que está previsto que pruebe lo impredecible dentro de estas relaciones de poder- debe ser capaz de expresar lo que es inimaginable, inefable, desconocido o incluso monstruoso- y por tanto crear la posibilidad de cambio.


(1) Lemke, Thomas (1997). Eine Kritik der politischen Vernunft. Hambourg, Argument Sonderband neue Folge AS251, p. 32.

(2) Ibid, p.31.

(3) Vertov, Dziga (1998). Vorläufige Instruktion an die Zirkel des Kinoglaz. Bilder des Wirklichen. Texte zur Theorie des Dokumentarfilms. Eva Hohenberger. Berlin, Verlag Vorwerk: p.88.

(4) Lemke, 1997, p.348.

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