Miradas de mujer

Junto a sus tradicionales publicaciones impresas, Documenta Madrid destaca por editar cada año un DVD que recoge alguno o varios documentales proyectados en ediciones anteriores del festival. Este año la entrega presenta un carácter “temático”, donde la etiqueta “mujer” sirve para aglutinar una serie de trabajos heterogéneos y de interés desigual.


    Post2PDF

Junto a sus tradicionales publicaciones impresas, Documenta Madrid destaca por editar cada año un DVD que recoge alguno o varios documentales proyectados en ediciones anteriores del festival. Mientras que el año pasado éste se dedicó a la magna obra de los alemanes  Barbara y Winfried Junge, Und Wenn sie nicht gestorben sind… die kinder von Golzowy hace dos se rescataron algunas de las obras ganadoras (entre las que destacaba Alimentación general de Chantal Briet), para la presente edición se ha concebido un DVD de carácter “temático” y que se presenta bajo el controvertido, y poco afortunado, título “Miradas de mujer”. Y es que no deja de llamar la atención que si esas miradas en plural aluden a un conjunto conformado por varias piezas, el sujeto del que proceden siga formulándose en un singular que remite a una concepción esencialista y reduccionista tanto del sexo/género como de los intereses y estrategias discursivas,  políticas y estéticas de cada una de seis realizadoras aquí reunidas. Vaya de por delante, pues, que su etiquetado al tiempo que homogeniza, sirve de coartada para aglutinar un conjunto de trabajos de carácter irregular desde el punto de vista audiovisual y conexión remota, pese a que, toda lectura tienda a establecer nexos de unión.

La pieza más sobresaliente del conjunto es 1937 de la directora armenia Nora Martirosyan, a quien tuvimos la oportunidad de descubrir en la penúltima edición de Punto de Vista. Estructurada a modo de díptico, la película trabaja la memoria familiar como punto de engarce con la Historia (en este caso las purgas estalinistas en la por aquel entonces república soviética de Armenia) a partir del relato oral, al tiempo que se sirve de una serie de recreaciones, que eludiendo cualquier naturalismo, están destinadas a trazar el marco emocional del relato. Así la primera parte, filmada en un excelente 16mm en el que dominan los colores cálidos y el sonido no sincrónico, nos acerca al espacio doméstico y a los gestos más cotidianos (planchar, peinar, comer sandía, amamantar un bebé…) que se desarrollan entre una madre y una hija. Estas escenas fragmentadas de la memoria infantil son las que en la segunda parte cobrarán un sentido narrativo cuando la abuela de la directora, afectuosamente llamada aquí Baboulia, relate la detención de su padre, opositor político, a través de una larga entrevista. En dos capítulos y en dos tiempos, Martirosyan explora el pasado, fracturando necesariamente, la relación entre palabra (lo vivido) e imagen (lo imaginado).

Por su parte, la israelí Tamar Yarom explora en To see if I’m smiling las intersecciones entre los estereotipos asociados al género, la ética y el poder. Para ello, la directora se sirve del testimonio de seis mujeres tras su paso por el ejército y su estancia en las zonas ocupadas (recordemos que Israel es el único país del mundo donde las mujeres deben cumplir obligatoriamente el servicio militar durante un periodo de dos años). Si consideramos que la masculinidad oscila entre el poder y la disciplina, en tanto que la autoridad se conquista mediante el deber y el servicio, el ejército en tiempos de guerra es el espacio donde mejor se representa esta condición. Así a través del recuerdo de las protagonistas y de un archivo de carácter doméstico que registraron durante su estancia, la directora compone un mosaico en torno a la “mascarada de la masculinidad”, donde el ejercicio y el abuso del poder forman parte de la supervivencia y la aceptación y donde la subversión de valores hace que una sonrisa pueda brotar (hoy recordada con culpa) de las atrocidades de las que fueron testigo y participaron. Y, como parte, de la misma representación, las protagonistas relatan la ambivalencia de la “feminidad”, obligada simultáneamente a enfatizarse (para agradar a los compañeros soldados) y a reprimirse (para conquistar su respeto).

Esta misma esquizofrenia normativa es la que aborda la directora francesa Pauline Horovitz en su cortometraje Un jour j’ai dédidé, donde narra en primera persona y con cierta ironía los consejos y órdenes, a menudo absurdas creencias, que recibió de su madre y su hermana a lo largo de la infancia y que, a modo de eslóganes, delimitan todo lo que debe y no debe hacer una “señorita” y frente a las que ya en la madurez sólo cabe el rechazo y la rebelión al que alude el título: el día en que decidió dejar de ser como debía ser.

Y frente a la diversidad de las propuestas, cabe no obstante, tender un puente, entre otras dos de las piezas aquí reunidas: Rough cut de la iraní Firouzeh Khosrovani (2007) y Over the hill de Sunny Berman (2007), puesto que ambas ilustran la observación realizada por la escritora marroquí Fatima Mernissi en su ensayo El harén occidental cuando constataba que si la mujer oriental está recluida en el espacio, la mujer occidental, lo está en el tiempo; dos parámetros bajo los que se controlan y se someten los cuerpos. Así, y pese a lo complejo de la cuestión, cabría leer la hiyab como una metonimia del harén puesto que su función es negar la visión y la visibilidad. La directora Khosrovani explora esta cuestión a través de los maniquíes de las tiendas de ropa de su país sometidos a un estricto control gubernamental de orden moral, que funciona como brillante metáfora de la violencia simbólica a la que son sometidas las mujeres. Un pequeño repaso cronológico da cuenta de cómo (y tras el triunfo de la revolución islámica en 1979) estas figuras han sido progresivamente mutiladas: brazos y pechos serrados y rostros difuminados. Si el maniquí o modelo es ante todo una representación ideal de la mujer, está claro que estas deformaciones corporales sitúan el cuerpo femenino directamente en el terreno de lo abyecto. Pese a lo interesante de la reflexión, Rough cut se ve lastrado por un tratamiento audiovisual convencional y propio de un reportaje de carácter informativo. Por su parte, Sunny Berman explora la reclusión de la mujer occidental a través de unos parámetros de belleza que la congelan en el “tiempo”, en una eterna juventud (su título Over the hill, alude a una decrepitud cuyo comienzo cada vez se adelanta más: en su caso, y con sólo 31 años, las primeras arrugas en la frente parecen inadmisibles) y de acuerdo a unos cánones de belleza irreales. Concebido como una investigación en primera persona, el filme sobresale ante todo como denuncia de una de las batallas perdidas del feminismo. No en vano, la cinta se abre con una entrevista de la directora a su madre, quien co-dirigió en los setenta  junto con Barbara Metter el explícito filme-manifiesto “Cien insultos al día” donde se reflexionaba sobre la imagen de la mujer. Si la re-apropiación del cuerpo de la mujer pasaba en los setenta por rechazar todo canon impuesto de belleza (incluso el maquillaje era un anatema), hoy la tecnología y la economía han conseguido que aquellas reivindicaciones parezcan naïf. Así el repaso que a día de hoy realiza Berman por actuales modelos nos sitúa de lleno en régimen “farmacopornográfico” propuesto por Beatriz Preciado: donde el Botex (que en la II Guerra Mundial se utilizó como arma química) ha alcanzado una popularidad inusitada para eliminar arrugas (y gestualidad), donde demenciales discursos estéticos (como la labioplastia) se tergiversan hasta el punto de tornarse necesidades médicas y donde cada una de las imágenes de mujeres que vemos en los medios de comunicación ha sido retocada con el Photoshop.  Como en el caso de Rough cut, las distorsiones del cuerpo nos remiten a una forma de control, donde la política se entremezcla con la religión y la economía.

SUSCRIPCIÓN

Suscribirse a la newsletter

Redes sociales y canales de vídeo

  • Facebook
  • Twitter
  • Vimeo
  • ETIQUETAS

    ARCHIVO