Jean Rouch. La comunidad gozosa

Intermedio vuelve a bucear en esos márgenes para poner en circulación el cine menos accesible, y así ir rellenando poco a poco alguno de los numerosos huecos que existen en el mercado del DVD español. Y una vez más (ya nos vamos acostumbrando) lo hace con una edición excelente, que amplia la francesa con un DVD más que incluye ese film-síntesis de la obra rouchiana que es Dyonisos y de un par de extras españoles, entre los que destaca la markeriana Alpha, and again de Isa Campo e Isaki Lacuesta.


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La piramide humana de Jean Rouch

Jean Rouch es el motor de todo el cine francés de los últimos diez años, aunque poca gente lo sepa. Jean-Luc ha salido de Rouch. De algún modo, Rouch es más importante que Godard en la evolución del cine francés. Godard va en una dirección que vale sólo para él, que desde mi punto de vista no es ejemplar. Mientras que todos los filmes de Rouch son ejemplares, incluso los fallidos”. (1)

Con estas palabras, Jacques Rivette afirmaba con absoluta rotundidad en el curso de una de las clásicas entrevistas-río de Cahiers la importancia del cine de Jean Rouch. Su lugar central, de guía de un cierto cine francés que se aventura en la modernidad. No es extraño que fuese Rivette -que acababa de rodar L’Amour Fou (1968), filme que se desdobla para acoger el reportaje de su propia filmación- el que hiciese esta reivindicación, ni que se produzca en un momento -1968- donde en la propia Cahiers se produce una interesante reflexión en torno a la influencia del “directo” en la ficción cinematográfica (2), que igual no estaría de más revisar ahora que el tema ha devenido un cliché de la crítica actual. Pero un giro curioso se cuela en lo que dice Rivette, ese “aunque poca gente lo sepa” que para mí no tiene tanto que ver con la minoritaria difusión de su cine, como con la actitud del propio Rouch de rechazar cualquier posición de centralidad.  Una forma de hacerse a un lado para abrir sus filmes a todo tipo de desplazamientos que habita su cine al menos desde Jaguar (1954-1967) o Yo, un negro (Moi, un noir, 1958), y que es extensible a una trayectoria que sobre todo a partir de los años 70 -con excepción, quizás, de Cocorico, Monsieur Poulet (1974)- se desenvuelve silenciosa pero continuadamente en los márgenes del sistema cine.

Intermedio vuelve a bucear en esos márgenes para poner en circulación el cine menos accesible, y así ir rellenando poco a poco alguno de los numerosos huecos que existen en el mercado del DVD español. Y una vez más (ya nos vamos acostumbrando) lo hace con una edición excelente, que amplia la francesa de Éditions Montparnasse con un DVD más, con la inclusión de ese film-síntesis de la obra rouchiana que es Dyonisos (1985) y de un par de extras españoles, entre los que destaca la markeriana Alpha, and again (2008), donde Isa Campo e Isaki Lacuesta indagan sobre los lugares sin imagen que todavía existen en la era del supuesto “todo visible”, al tiempo que trazan un emotivo retrato de su personaje principal. Además, el cofre se complementa con un amplio libreto de 64 páginas, donde Intermedio continúa con su intención de hacer aportaciones al discurso crítico de aquellos cineastas a los que edita (3), esta vez con un completo texto de Fran Benavente que repasa las claves fundamentales de la obra de Rouch, y con un curioso experimento de crítica-ficción ilustrada de Santiago Fillol y Virginia Fillol, donde el crítico argentino juega con las potencias de lo falso para encuadrar una especie de momento decisivo de la filmografía de Rouch.

El cofre de 5 DVD rescata para el espectador español la parte más conocida de la obra de Rouch, esa que va de Los amos locos (Les maîtres fous, 1955) a La pirámide humaine (La pyramide humaine, 1959), pasando por Jaguar y Yo, un negro, y en la que el cineasta francés modifica de forma decisiva los parámetros del documental y del cine etnográfico por medio de un incesante juego de máscaras, de multiplicación de los juegos ficcionales . En la brutal Los amos locos aparece el trance como forma de reinvertir el rol de colonizador y colonizado dejando salir toda la violencia que implica esta relación. Pero también aparece el equívoco, entre esas caras sonrientes que Rouch filma en el mercado y su transformación durante el trance, que hizo que el posteriormente cineasta Claude Chabrol llamase a su productor Pierrre Braunberger para que le presentase a ese extraordinario cineasta que había sido capaz de conseguir unas actuaciones como esas, un conversión tal de los actores (4). Impredecibilidad de la reacción de una audiencia que mira en la distancia. Rouch aprende la lección y la lleva más lejos que nadie al hacer de sus siguientes películas (Jaguar, Yo, un negro) la historia de una proyección en la que sus primeros espectadores se entregan a una improvisación libre que complica el sentido de unas imágenes ya anteriormente fabuladas.

Bella metáfora de un espectador emancipado, que en sus siguientes cine-experimentos deviene crítico de su propia imagen, y sale transformado por la vivencia de un filme que no se contenta con registrar una situación, sino que prefiere crearla: La pyramide humaine y Chronique d’un été (1960), este último lamentablemente sin editar, filme-faro cuya luz todavía se deja ver en el cine contemporáneo. Por ejemplo, en Z32 (Avi Mograbi, 2008): la cámara como fórceps, como catalizador del testimonio, pero sobre todo un filme que como el de Rouch se construye a través de la constante puesta en cuestión de sí mismo. Cine pedagógico, nos dice Fran Benavente de La pirámide humana, y es verdad que es en estos dos filmes donde Rouch se encuentra más cerca de la sociología, de la tentación de querer demostrar algo, aunque el experimento siempre desborda, avanza por caminos insospechados. Un verdadero cine sin control, según la célebre etiqueta del cine directo norteamericano, y que parece más pertinente aplicada al “cinéma-vérité” de Rouch. Porque si hay pedagogía en Rouch, esta existe al estilo del maestro ignorante del que nos habla Jacques Rancière, ese maestro que ha perdido toda condición de amo que impone un saber, aquella en donde es el alumno el que aprende un saber que el maestro no tiene.

La edición de Intermedio también se adentra en las zonas menos evidentes de la filmografía de Rouch, fuera de sus obras más canonizadas. Lo cual ofrece sorpresas que nos descubren otras facetas de Rouch, como el cortometraje Las viudas de quince años (Les veuves de quinze ans, 1964), delicioso retrato de la adolescencia parisina donde se siente con fuerza la presencia del primer Godard (el maestro aprendiendo del alumno), o una serie de cortos  más puramente etnográficos como Mumy Water (1953-56) o Los tambores de antaño (Les tambours d’avant, 1971). Pero también filmes claves en la trayectoria de Rouch, como La caza del león con arco (La chasse du lion à l’arc, 1958-1965), donde el cineasta de la situación provocada, que ha hecho de la puesta en distancia con lo filmado un elemento distintivo, asume humildemente la espera y deja aparecer al documentalista explorador más clásico en filme que se construye a intervalos, como una quimera que se prolonga a lo largo de lo años y que acaba tomando forma de cuento. Rouch como mediador, como transmisor y preservador de una tradición que se pierde, pero sobre todo como fabulista que siente el inmenso placer de narrar.

Una narración que se vuelve delirio e invención constante en Poco a poco (Petit à petit, 1968-1970) y  Dioniso (Dyonisos, 1985). El cine-placer, como lo nombra el propio Rouch. Cine improvisado, en la línea de Yo, un negro y Jaguar, de la cual Poco a poco se quiere continuación, recuperando al grupo de protagonistas que se había ya convertido en grupo habitual de colaboradores. Cine amateur en el mejor sentido, en donde se rechaza toda idea de maestría para abandonarse a un cine libre, que se crea en diálogo constante con sus colaboradores, y que se abre a la ocurrencia compartida, a interrupciones de todo tipo, que desarrolla una idea de creación comunitaria que -como apunta certeramente Ángel Santos– nos hace pensar en el cine del último Pedro Costa. Obras que investigan el mito en presente, no como un atavismo propio de sociedades primitivas, tanto en la etnografía invertida de Poco a poco, como a través de la recuperación del mito clásico en el taller experimental de Dioniso, un filme que remite claramente a los cruces de etnografía y surrealismo del círculo de George Bataille de los años 30. Eso sí, esta vez la comunidad que se crea es todo menos incofesable, ni siquiera es una de esas comunidades torturadas que abundaron en el cine moderno, sino una comunidad gozosa de la que sin duda nos hubiera gustado formar parte.

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(1) J. Aumont, J-L. Comolli, J. Narbobi, S. Pierre: “Le temps déborde. Entretien avec Jacques Rivette”, Cahiers du Cinéma nº 204, septiembre 1968, p. 20.
(2) Ver “L’aventure du direct” en Antoine de Baecque: Les Cahiers du Cinéma. Histoire d’une revue. Tome II, Cahiers du Cinéma, París, 1991, p. 195-204.
(3) Es interesante constatar como los libretos que acompañan a los DVD cumplen una función cada vez más parecida a la de los catálogos de exposiciones, convirtiéndose en pieza clave de la literatura crítica acerca de autores que cuentan difícilmente con monografías, aun cuando domine a menudo (como en los catálogos) el casi inevitable tono celebratorio.
(4) Entrevista con Jean Rouch, aquí.

Un Comentario

  1. R. 10/08/2009 | Permalink

    Gran artículo.
    La pregunta es: ¿donde dice Sociología, debería decir Antropología?

    Saludos y gracias

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