Sit tibi terra levis. Chris Marker. Mosaico 1968-2004

Chris Marker fallecía el pasado 29 de julio de 2012 en París, dejando como última voluntad este “Mosaico 1968-2004″, que la editorial de Barcelona Intermedio publicó un mes antes de su muerte. Su perseverancia le permitió descubrir esa línea de continuidad entre las grandes luchas de alrededor de los ’70 y estas del nuevo siglo a las que apoyaba con un instinto felino, mezcla de observación, paciencia y natural propensión a los movimientos reflejos.


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Chris Marker, uno de los cineastas contemporáneos más influyentes en el panorama del cine experimental y de creación, fallecía el pasado 29 de julio de 2012 en París, dejando como última voluntad este “Mosaico 1968-2004″, que la editorial de Barcelona Intermedio ha publicado en formato Digipak apenas un mes antes de su muerte, y que se ha convertido en el último legado en vida de un visionario a quien la perseverancia le permitió descubrir esa línea de continuidad, invisible para los derrotados de antemano, entre las grandes luchas de alrededor de los ’70 y estas del nuevo siglo a las que el cineasta francés apoyaba con un instinto felino, mezcla de observación, paciencia y natural propensión a los movimientos reflejos.

Marker, semidesconocido en España excepto por el público especializado, y del que una de las primeras, y casi la única, ediciones en libro sobre su obra en este país fue la realizada por el Festival Internacional de Cine de Las Palmas en 2006, titulada Mystère Marker y coordinada por María Luisa Ortega y Antonio Weinrichter, ha sido un director del que ahora no vamos descubrir su biografía, entre otras cosas porque como bien dice el título del volumen de Ortega / Weinrichter es un misterio. Un enigma que ha impactado profundamente en dos generaciones del público del cine de creación, precisamente las más movilizadas desde la segunda guerra mundial, por un lado la que eclosionó alrededor del mayo del 68 y esta ahora incipiente que comienza el activismo en la primera y en la segunda década del siglo y de la que no se atisba un final de su energía ni a corto ni a medio plazo.

Para los sesentayochistas Marker fue un cineasta de la ‘Rive gauche’ (la orilla izquierda) un término acuñado por la revista Positif, digamos la “rival” de Cahiers du Cinéma, y que agrupaba en torno a Alain Resnais a cineastas que escribían de cine, como Agnès Varda o el propio Marker y a escritores de la nouveau roman como Marguerite Duras y Alain Robbe-Grillet, que hacían cine además de novelas, un cine el de todos ellos menos ruidoso, más vanguardista, aparentemente más teórico, más semiótico, y por tanto más conscientemente ideológico, que el de la Nouvelle vague de Cahiers (si exceptuamos a Godard cuyas obras despegaron desde un principio lejos de donde podía alcanzar a contemplarse en esa época y mucho antes de que los dos movimientos, por otro lado muy ligados y de límites muy porosos, entraran en la historia del celuloide). La obra clave de Marker en esa época es La Jetée (1962), publicado también por la casa Intermedio en un anterior volumen, un mediometraje de ciencia-ficción elaborado con una inteligencia, y un riesgo técnico, formal y en su estructura, sobresalientes y que posiblemente es el único de su filmografía que ha trascendido al conocimiento del cinéfilo medio.

Marker, propulsor de la Confederación Humanista y Anarquista de Trabajadores (“Chat”, gato en francés) una organización cuyo nombre resumía su visión del mundo y en la que sólo aceptaba la militancia íntima de sí mismo, hizo pocas incursiones en la ficción como esta de La Jetée y dedicó la mayor parte de su vida fílmica a retratar lo colectivo, lo social, lo real, también lo épico, en cualquier caso lo trascendente, de los seres humanos, o sea sus ideales y sus luchas comunes. Ya desde que fundara los “Estados generales del cine”, un grupo de trabajadores entre los que se encontraban el mencionado Godard, Chabrol, Resnais y Rivette, y que aparte de enmendar en sus asambleas la totalidad de la industria audiovisual producían pequeñas cápsulas alterinformativas en 16mm, los Cinétracts, durante el mayo parisino, o desde sus actividades en los grupos Medvedkine (el primer punto de inflexión a nivel simbólico desde el comienzo de la historia del celuloide, donde por fin los obreros se filman a sí mismos) la preocupación de Marker es que el público interprete el mundo que le rodea. Quiere que éste se vea reflejado, acompañado, interiormente asociado al descubrimiento de su propia subjetividad a través de la distribución en paralelo de la conciencia del director, que apuntala todas las imágenes según van surgiendo sus inquietudes morales y sus intereses sensitivos en una narración que crece en horizontal (“montaje horizontal” lo llamó André Bazin al ocuparse de Marker, señalando la novedad de la estructura de este discurso) y que para el espectador se consolida más como un ejercicio de lectura (lectura de las imágenes, lectura de las palabras que sonorizan las imágenes) que de visionado estricto (contemplación de imágenes y sonidos). Esto da paso a un cine que mantiene una saludable distancia con la narración épica, aunque su protagonista suelen ser los movimientos sociales, (a menudo tomados por otros observadores de distinta ralea como una proyección de sus aspiraciones y frustraciones), y una distancia, casi podríamos decir una oposición total, con el espectáculo, en la que nos vemos impelidos a la interpretación, a la deducción, a la crítica, al comentario interno, contrariamente de nuevo a otras latitudes cinematográficas donde los discursos se pronuncian para activar los centros nerviosos del rebaño vía pretendidos consensos grupales e intereses más trascendentes e inconfesables de lo que pueden revelar sus líderes.

Lo que hoy traemos aquí es este memorándum de Marker que se define en uno de sus ejes por esa idea que hemos deslizado en el comienzo y que advierte de la línea de continuidad entre la eclosión de las luchas sociales alrededor de la década de los ’70 y las del nuevo siglo. Si aquellas incorporaron a elementos que provenían de todas las clases sociales, en una enmienda clara a la obligatoria filiación proletaria de sus miembros en el otro gran punto álgido del siglo, los años ‘30, hoy asistimos a una depauperización de todos los no privilegiados que reubica la confrontación en términos libertarios, en la diagonal opresores – oprimidos o explotadores – explotados, y en horizontal; obedientes – desobedientes, descomunicados – comunicadores, conservadores de privilegios frente a conservadores de derechos. Esa articulación social olvidada por los medios de control de masas es la que Marker reivindica, con el vehículo del documental, informando a sus conciudadanos de todo lo que no cabe en el relato jerárquico, el tiempo histórico, las injusticias no excepcionales, las aspiraciones que no tienen que ver con el consumo.

La sexta cara del pentágono (La sixième face du Pentagone, 1968), un mediometraje sobre las protestas en EEUU durante la guerra del Vietnam, da comienzo al primer DVD sugiriendo esa doble sensación, por un lado la innegable aureola de acontecimiento que ha adquirido esa lucha, abriendo paso durante medio siglo a la movilización contra las guerras en las sociedades supuestamente democráticas. Es el momento en el que concluye el estado-nación del siglo XVII por el cese de todos los valores que lleva aparejados para su pervivencia, el patriotismo, la leva, la recogida de impuestos para sufragar la guerra. Todo ello es cuestionado por la mayoría social, impidiendo que se sacrifiquen masivamente las vidas de sus conciudadanos o que se asuman sus costes aumentando las contribuciones al estado por parte del pueblo. En este filme los manifestantes son estudiantes y trabajadores de clase media, que rechazan que el bienestar en su sociedad se consiga a costa de la explotación de los países periféricos a la metrópoli o que se aplasten las distintas tentativas de socialismo en lugares del mundo que no desean ser tratados como colonias del imperio. El discurso de Marker aprehende de las singularidades de sus protagonistas, no incorpora los prejuicios que ciertos pseudo-ortodoxos mantienen sobre estos movimientos y es consciente de que esos flujos tienen debilidades y fortalezas. Marker habla a un sujeto histórico (‘las personas’ aún más que ‘el pueblo’) que traspasa las barreras de la experiencia particular de un manifestante, lo ve todo interconectado, en una dirección común que avanza como una línea del frente, su formula es la que opera no en el tiempo gramatical (‘el pasado’) sino en el presente perfecto (‘ha pasado’), con lo que poco cabe a la nostalgia y sí mucho a la pedagogía.

Voy a decirlo!


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