Sit tibi terra levis. Chris Marker. Mosaico 1968-2004

Chris Marker fallecía el pasado 29 de julio de 2012 en París, dejando como última voluntad este “Mosaico 1968-2004”, que la editorial de Barcelona Intermedio publicó un mes antes de su muerte. Su perseverancia le permitió descubrir esa línea de continuidad entre las grandes luchas de alrededor de los ’70 y estas del nuevo siglo a las que apoyaba con un instinto felino, mezcla de observación, paciencia y natural propensión a los movimientos reflejos.


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La embajada (L’Ambassade, 1973), rodada en un formato que parece Super-8, como si el propio Chris Marker formara parte del grupo que protagoniza la acción y hubiera llevado una pequeña cámara consigo, cuenta la historia de un grupo de manifestantes que se refugian en una delegación diplomática tras la represión militar en un país desconocido, y acoge esta vez el formato de falso documental, de ficción, en la que se estudian las dinámicas de grupo y la forma de afrontar una derrota por una colectividad a la que le reúnen objetivos comunes pero también diversas filiaciones políticas. Es una excusa para clasificar los análisis que cada ideología de izquierdas propone a la irrupción brutal de una dictadura o a un golpe de estado del ejército y también para inscribir la parálisis a la que da lugar el terror. Por un lado tenemos a los que les trae hasta aquí un instinto natural de justicia, que se ejerce sólo los días señalados, por el otro a los que militan diariamente por unas ideas, y dentro de éstos las asunciones que hacen de las estrategias de sus organizaciones. La falta de cauces democráticos conduce a todos al letargo y señalar eso es el punto de vista de Marker. Los opositores encuentran asilo en una embajada, supuestamente de un gobierno no autoritario, que les cuida y les permite seguir con su vida hasta encontrar una salida, lo que en cierta medida refuerza una mirada institucional, al menos agradeciendo el cobijo, pero además pone sobre el tapete que por frágil y limitada que sea la cota de libertad que se ha alcanzado en algunos países, esta tiene un mínimo de confort que permite la existencia de una oposición. Una circunstancia que es negada en los lugares donde algunos ciudadanos tienen que huir a las embajadas de un país que dé garantías, léase, por ejemplo y anotando la actualidad, el caso Julian Assange en el Reino Unido.

Casco azul (Casque bleu, 1995) alienta, sin embargo, a cuestionar el discurso institucional por aquellos que le sirven, en esta ocasión un soldado francés que ejerció de casco azul en la antigua Yugoslavia. Lo que en los titulares de los medios de control de masas se describe como una operación humanitaria, bendecida por un organismo como la ONU, se descubre como una maniobra de las potencias occidentales que favorecen a su antojo todas las injusticias que deberían impedir y que no cumplen ninguna de sus promesas excepto la de contentar a sus ciudadanos menos informados con la ilusión de un ejército que trabaja para la paz. La postura de Marker es la de facilitar que ese discurso llegue íntegro al espectador, con un primer plano que muestra el rostro del soldado mientras explica su proceso de entendimiento de la situación en ese país, que él ha procesado en su mayor parte a posteriori, y las coyunturas que atraviesa para llegar a esa comprensión, y al que sólo se le ofrece el contrapunto de las imágenes de archivo tomadas de noticiarios. Una pieza que no corre ningún riesgo formal, y que no debiera suponer tampoco ningún riesgo conceptual, y que sin embargo es un documental invisibilizado que no se muestra, ni este mismo ni otros parecidos que han podido hacerse, en las televisiones de ningún país europeo.

Las circunstancias marcan la mirada y la memoria de Marker, que no tienen por qué ser las de un momento crucial que señala una inflexión en la historia. En Gatos encaramados (Chats perchés, 2004), la más cercana en el tiempo a nosotros, el protagonista es un grafiti de un gato que aparece en cada rincón de París. Marker está enamorado de los gatos por una empatía diría que ideológica con el instinto de ese animal, incapaz de fidelidad, sólo de una lealtad autónoma a principios que al mero “propriétaire” se le escapan, sin más obediencia que a la intuición y a la corazonada. “Les chats” son los movimientos sociales, que ocupan la otra mitad del metraje de la pieza y que huyen despavoridos de Jospin en las elecciones y en la segunda vuelta no tienen más remedio que apoyar a Chirac para que no gane Le Pen. Se percibe a un Marker envejecido, acomodado, que no se plantea qué ha hecho huir a su gato de la compañía de ese “socialista que no tiene un proyecto socialista para Francia”, según las propias palabras de Jospin. Hay distancia, es un Marker que a veces parece que mira refugiado tras una ventana a los que no quieren elegir entre lo malo y lo peor, aunque al final se vean obligados. Es un Marker también mucho más lírico, más humano, en el sentido de ser débil, que observa más que acompaña, que lamenta más que propone y que, en algún momento, descubre que lo que está empezando a suceder en 2004 puede parecerse algún día, incluso mejorar, lo que vivió alrededor del 68. Ese Marker, ya en la última etapa de su vida, que pocos años después despertaría de nuevo, grabando las huelgas griegas y mostrándose más abierto que nunca a una nueva radicalidad que pusiera otra vez la historia en marcha. Pese a todo es una de las mejores piezas del doble DVD, si La sexta cara del Pentágono se ha convertido en un documento trascendente de la historia, no cinematográfica, sino social de un país como EEUU, y E-clip-se, de la que hablaremos al final, es la gran joya de esta edición, Chats perchés es el lugar en el que te acurrucas cuando piensas que no va a cambiar nada y que todo es secundario en la vida. Y de esos afectos también está hecho el camino a la revolución.

De los Tres vídeo haikus (Trois vidéos haïkus, 1994) el más bello es posiblemente Chaika donde una mujer fuma y en su humo vemos las alas de un pájaro. Las tres son piezas intencionalmente menores, lastradas por su textura y sus efectos ostensiblemente analógicos, aunque eso les confiere cierto encanto. Por otro lado el segundo DVD agrupa dos piezas menores más. Teoría de conjuntos (Théorie des ensembles, 1990), un corto de animación por ordenador realizado con un Apple II GS y que estéticamente es una humorada provista de gráficos que hoy vemos casi como prehistóricos, aunque para Marker, fascinado con las tecnologías desde la aparición del ordenador personal (el inmediato predecesor de ese Apple II), debió de representar un proyecto de calado en su tiempo. La música es una composición de Alfred Schnittke, compositor ruso del que hemos podido escuchar algunas de sus sinfonías en el sello alemán de música contemporánea ECM. Y Slon tango (Slon tango, 1990), con música de Igor Stravinski y rodado en el zoo de Ljubljana, en Eslovenia, es otra curiosidad formal que quizás ayude más a conocer el estado anímico de Marker que a descubrir alguna revelación sobre su cine.

Pero para cerrar lo hacemos con una pieza bellísima, la que finaliza un doble DVD que casi siempre nos ha llevado por las sendas de la multiplicidad de ideas, de sensaciones, de la pluralidad de subjetividades, confrontando a menudo nuestros propios estímulos con los estímulos de los que son filmados por Marker y los del propio director que ejerce como una conciencia de las imágenes, una tras otra, en horizontal. E-clip-se(1999) presenta a un grupo de niños que juegan en un parque con las esculturas de unos animales mientras los adultos se ponen unas gafas de polímero y se divierten mirando la evasión de la luz. La clave está en que la diversión consiste más en ponerse las gafas, y adquirir con ello una identidad parecida a todos los que se ponen unas gafas del mismo estilo, que en observar durante unos segundos un fenómeno que excede lo humano y ante el que hay que traspasar las gafas, y la identidad que confieren, a un acompañante. Las gafas se quitan y ponen, no tanto para observar con más detenimiento lo que parece que sucede a distancias inalcanzables, como por no estar del todo seguros de la nueva identidad que procuran. Miramos durante unos segundos lo que sólo los dioses pueden ver, parecen decirse, olvidando que sólo es un efecto óptico. Y del mismo modo ocurre algo cuya existencia viene determinada por el hecho de ponerse las gafas (fuera de ellas el eclipse es solo una sombra, un nubarrón, una oscuridad pasajera) lo que nos obliga a las mismas metonimias de la famosa foto de la proyección, durante la década de los ’50, de una película en 3D en un cine de EEUU. Unos espectadores que parecen haber sido entronizados en el espectáculo, como si efectivamente la imitación a la realidad fuera tan perfecta que pudieran olvidarse todas las diferencias y convertir el sueño de la igualdad en una pesadilla en la que los vasallos son idénticos, apenas identificados por unas pocas trazas en las que difieren y que los hace reconocibles y por tanto revisables.

Chris Marker fue un cineasta cuyos lugares favoritos de París podían ubicarse en un pasillo del metro donde una sin techo cuidaba de un gato, o en la trayectoria en la que discurría una protesta. Algunas de sus obras más esenciales permanecen sin editar en castellano, porque no las consideraba tan importantes, ni tan necesarias, siempre confiado en que el futuro podría superar cualquier recuerdo del pasado y cualquier anhelo que proyectásemos en el presente. Quién sabe si sufrirá la maldición de los artistas, que suele ser dejar la herencia en manos de contables, pero seguramente lo que no deberíamos hacer es venerarle como un tótem, como un genio que ahuyente ser imitado y por tanto expandido y evolucionado en su modelo de hacer cine. Si en el montaje vertical, al que oponía Bazin el cine de Marker, las historias son leídas del final al principio, como decía Saussure, en una jerarquía de significantes que se ordena en base a lo que les confiere en último término sentido, en Marker todos los semas tienen la misma importancia, todos igualan a una voluntad y a un instante, todos son pensamientos que tienen un valor y un significado propios aunque cortásemos el final y el principio de sus películas. Entre congelarle, como atribuye la leyenda urbana al estado del nazi Walt Disney, y ofrecer su ejemplo a todo aquel que cuenta con una cámara en este mundo plagado de cosas que merecen ser filmadas, y de ideas que deben lograr ser escuchadas, elegimos lo segundo. Sib tibi terra levis. Que la tierra le sea leve, que su espíritu esté con nosotros. No descanses.

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