FID Marseille 09. Sección oficial

“Desde mi primera edición introduje en las programaciones películas de ficción. Para los festivales documentales no veía otro futuro, y todavía no lo veo, que el de la fagocitación completa por parte de la televisión. Los festivales documentales devienen unos escaparates, no sólo productivos sino también ideológicos, de la televisión”


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“Los festivales específicamente documentales fueron inventados bastante tarde, bajo la presión de una cierta militancia. El género documental estaba atado de pies y manos a ésta, y los festivales se presentaban como plataformas políticas, mirando con desprecio los festivales de ficción como si solamente fueran cachondeo, gente, glamour. Sólo los festivales documentales eran serios porque allí se suponía que se hablaba del mundo, de la “realidad”. Y allí se hablaba del mundo, y se habla aún siempre, muchísimo. Hasta el punto que las habladurías bien pensantes reemplazan las imágenes – sin avanzar en nada, ni en práctica, ni en estética. (…) Desde mi primera edición introduje en las programaciones paralelas películas de ficción. Para los festivales documentales no veía otro futuro, y todavía no lo veo, que el de la fagocitación completa por parte de la televisión. Los festivales documentales devienen unos escaparates, no sólo productivos sino también ideológicos, de la televisión. Es un caso extraordinario de inversión de los fines, el que las plataformas militantes de resistencia que crearon los festivales hayan llegado a ser el camuflaje de la indignidad de las imágenes que se emiten por televisión. Pero, una vez más, no opongo ficción y documental. Opongo películas buenas y malas.” (1)

Lo vivido en la edición pasada de este festival fue memorable (Iraqi Short Films, Aquele querido mes de agosto, Must read after my death, Mirages, Juízo, entre otros). La edición de este año, igual de atrevida pero mucho más irregular, no nos la consiguió hacer olvidar. Jean-Pierre Rehm asume riesgos que muchos otros obvian: trata al espectador como a persona inteligente, abierta a pensar, lo reta, lo reinventa (2). También  apuesta por nombres no muy conocidos e incluso por la búsqueda de talentos, y a eso hay que sumarle el planteamiento político citado anteriormente. ¿Y quizás este año no hubo tan buena cosecha? En todo caso, bajo su decidida dirección el festival llegó en junio a su vigésima edición. La gran novedad del certamen fue un encuentro entre realizadores y productores para el desarrollo y financiación de cine documental, bajo el título de FIDLab.

Lo más sobresaliente de la sección oficial fueron tres películas, dos de las cuales nos eran ya conocidas. Lunch break de Sharon Lockhart (2008), estrenada previamente en muchos festivales, y Ne change rien de Pedro Costa (2009), procedente de Cannes. La tercera fue la ganadora del festival, Material (2009) de Thomas Heise, sobre la cual nos extenderemos en otro apartado.

Lunch break es un solo plano, muy ralentizado, realizado durante una pausa para comer de unos obreros, en una base naval del ejército norteamericano en Maine. Esos 83 minutos de lento avance entre un pasillo, con su techo bajo, banquetas, taquillas, bocadillos y bebidas de los obreros, dan a los ojos de aquel que mira la oportunidad de observar (pausadamente) una pausa laboral. Una imagen dinámica que permite participar (como decíamos antes) al espectador de todos los detalles que sea capaz de captar. Un ritmo suficientemente lento para poder observar lo grisáceo de esas paredes, lo fantasmagórico del movimiento de los trabajadores. Una cámara hacia el infinito que podría durar muchas horas más. Una propuesta radical, con James Benning dentro del proyecto, o no tan radical, desde el momento en que asumimos que comer, beber, charlar y estar sentado en estructuras de hierro bajo el suelo, es un descanso laboral normal para un ser humano.

Ne change rien de Pedro Costa llegó envuelta de polémica, de quienes acusan al autor de dar un giro pijo a su obra, después de hacer surgir su talento del barro y de los humildes en sus anteriores películas. Este documental contiene gran parte de los elementos que han hecho a Costa ser un director reconocido – una iluminación en blanco y negro magistral, unos planos de bello encuadre, los conceptos de reiteración y trabajo – pero sí que se encuentra totalmente alejada del contenido político que contiene Juventude en Marcha, o del patetismo de otras de sus obras. Ne change rien se centra en los ensayos de un grupo de música, la cantante del cual (Jeanne Balibar) es tan popular en Francia como torpe para este arte, como queda patente en cada secuencia, lo que debe considerarse también como un honesto ejercicio de sinceridad por parte de ella. El grupo se sostiene gracias a la paciencia y al talento del guitarrista, Rodolphe Burger. Es ahí, en ése insistir, en la disciplina de memorizar fragmentos de la canción, de la misma manera que Ventura en Juventude em Marcha memorizaba su hermosa carta, del mismo modo que rebobinan y vuelven a analizar la película Jean-Marie y Danièle en Où gît votre sourire enfoui?, donde se construyen las secuencias de Costa. Es un elogio a la constancia y al trabajo, a esa humilde idea de que los esfuerzos nobles tienen su recompensa.

Hubo otros documentales destacables. Madam Butterfly de Tsai Ming Liang, quien introduce un personaje de ficción (una mujer nerviosa) dentro de un marco real (una estación de autobuses), y en esa interacción de la actriz con los trabajadores y pasajeros crea un extraño y cautivador espacio, culminado con un emotivo plano de referencia a la solitud y la dependencia del amor, aunque su aporte ni es nuevo ni revelador. Until the next resurrection del (joven y fallecido) director ruso Oleg Morozov es un retablo de perdedores y perdidos, grabaciones que abarcan diversos años de convivencia íntima con un duro submundo de drogas y putas. A medida que la película avanza vamos sabiendo de la muerte de sus personajes, hundidos en esa espiral de mal fin. Son retratados de forma cercana y cruda. Sur place película libanesa de Monika Borgmann y Lokman Slim se basa en cuatro testimonios de la matanza de Sabra y Chatila. En una puesta en escena espartana, esas cuatro personas que estuvieron presentes en esos hechos, reflexionan sobre la masacre, sobre su rol en ella, sobre su posible arrepentimiento, desnudan alguno de los crímenes acontecidos no sin obligar al realizador a empujarles a hablar, pues aún habiendo pasado décadas, la verdad de lo acontecido no es sencilla de arrancar de sus corazones. Alguno de ellos no muestra su rostro (como lo oculta Mograbi en Z32 con su soldado arrepentido), algun otro bien podría ser uno de los ex-soldados de Vals con Bashir. Vueltas y vueltas sobre la masacre de los campos de refugiados palestinos, el documental como herramienta de memoria, de índice acusador, pero también como sicoanálisis del animal salvaje encerrado en cada humano.

Me aburrí soberanamente con A son for hunting de la realizadora india Soudhamini, película que despertó gran número de resoplidos y una huída constante de espectadores (hecho que no considero del todo negativo, bienvenidas sean las programaciones que, de cuando en cuando, molestan, fatigan o provocan incomprensión entre el público. Sin duda, es más fácil programar para dejar a todos los espectadores moderadamente satisfechos y contentos de haberse conocido). Volviendo a la película india, a través de una representación teatral, eterna e inacabable, aunque curiosa en sus primeros minutos, se explica un mito hindú. El único actor, danza y gesticula de manera ostentosa, el trabajo de la cámara se centra en su rostro y su cuerpo, un trabajo cercano al teatro. Para quienes nos es alejada esa epopeya y nos perdemos en sus posibles connotaciones actuales, vimos unas aportaciones visuales sencillas (o pobres) y sufrimos un cansino repertorio de muecas.

La experiencia de ver Facs of life (Silvia Maglioni, Graeme Thomson), Outlandish (Philip Warnell) y Mojca (Vlado Skafar), tres documentales de carácter ensayístico coincidentes en su pretenciosidad, tampoco fue muy excitante. Especialmente Facs of life, llena de elementos desencajados, reflexiones filosóficas de alto vuelo pero de baja conexión en la sala, un excesivo mar de fundidos con algún arranque de historia interesante que acababa en un cul-de-sac incomprensible. Outlandish es una combinación de (más!) reflexiones del filósofo Jean-Luc Nancy sobre el cuerpo y sus estados, con imágenes de un pulpo en un acuario. Esta unión tan directa (la exposición son ocho capítulos, el pulpo tiene ocho brazos) no tiene demasiado interés visual, la explicación filosófica puede resultar mejor leída en un libro. Mojca une también dos elementos sin conexión: el audio de un programa de radio nocturno esloveno, e imágenes del mismo país, queridamente neutras. La disasociación entre audio e imagen puede interpretarse como la de un país sin rumbo, o la de una vida de objetivos dispares o absurdos… el azar que une palabra e imagen es un azar también para los que miran, pero el realizador tampoco se decanta por eliminar del todo la narración, cada llamada de la radio es una microhistoria. Acaba siendo monótono. Para culminar este desencanto, sólo citar el (ya muy visto) surrealismo serbio de Little red riding hood de Zoran Taidovic y el flojo documental de Ada Ranga sobre viudas rumanas, Oh Adam!, con erróneas decisiones formales y demasiado largo.

Si esto sucedía en la sección oficial, por el contrario en la competición francesa pudimos ver documentales que nos atrajeron más. Quedó injustamente fuera de los premios Gennariello due volte de Élise Florenty, uno de los mejores documentales vistos. ¿Qué representaría hoy en día, en esa Italia bufonesca, corrupta y – en definitiva – berlusconiana, una persona como Pasolini? ¿Qué rol podría jugar, con los 50 años que tendría, ante la opinión pública, ante la mafia, ante la izquierda muerta y enterrada, ante el desbarajuste de la República? Nadie sabe la respuesta, pero el documental de Florenty arrebata del pasado las palabras de PPP y las entremezcla en un instituto napolitano tomado por los estudiantes. Pasolini dirigía una carta a un imaginario adolescente, Gennariello, y la realizadora la hace viajar al presente, con los jóvenes reivindicativos, pero también alegres, alocados, a veces inconscientes. Las imágenes y el sonido inverso, las repeticiones, crean un juego temporal, un Pasolini vivo.

Le plen pays de Antoine Boutet (2009) es un excelente retrato de un hombre extraño y primitivo que vive desde hace décadas solo en el bosque. Respetuosa descripción de todas sus manías y paranoias (desenterrar y reordenar pedruscos, grabar y repetir sonidos varios de la radio) de un curioso mundo propio que parece tener sentido solamente para él. Commisariat de Virgil Vernier e Ilan Klipper (2008) es un documental nada innovador pero de factura impecable. Similar al Faits divers de Raymond Depardon (1994) siguen a un cuerpo policial local, en Rouen, en su rutina habitual que tiene poco de rutinaria y mucho de aventura y drama. Un incendio, un hombre armado, la policía mezclando el rol de salvadores con el rol de malos en un barrio duro donde son mal vistos… el trabajo bebe de los orígenes del cinéma direct.

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(1) Entrevista a Jean-Pierre Rehm por Quentin Mével, Eugenio Renzi, Antoine Thirion para Independencia, durante el FIDM’09.
(2) “Reinvención del espectador” Gonzalo de Pedro sobre el FIDM’08, Cahiers du Cinema núm. 15, septiembre 2008.

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