Let’s get lost

Se estrenó en salas de cine de España el largometraje del fotógrafo Bruce Weber sobre el jazzman y trompetista Chet Baker, que data de 1988. El documental está construido desde una auténtica mirada devota que, conforme avanza el film, deviene elegíaca, manteniéndose en un punto de maridaje entre el patetismo y la belleza. A esto ayuda una estructura que descansa sobre un perpetuo diálogo entre el pasado y el presente, un juego dialéctico que subraya el estremecedor ocaso del que fue el resplandeciente príncipe del jazz.


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Chet Baker, un ángel con alas rotas

Inmersos en plena noche, un cadillac descapotable atraviesa a gran velocidad una autopista de la costa pacifica custodiada por enormes palmeras dibujadas en el cielo; en su interior contemplamos al trompetista Chet Baker, acompañado por dos mujeres con las que coquetea e intercambia susurros en lengua italiana. Sumido en un profundo estado extático, sus ojos se cierran con la misma intermitencia con la que destellos de luz alumbran su rostro en la oscuridad, mientras entorna una turbadora sonrisa, la sonrisa del que siempre caminó al borde del abismo. Esta escena, en la que irrumpe por primera vez en pantalla este ángel caído del jazz, aparece arropada por una atmósfera de ensueño reforzada por una poderosa y preciosista textura en blanco y negro, que bañará el resto del metraje. Podríamos mirarla como una imagen que invoca los puntos cardinales que vertebran su geografía vital: las mujeres, los coches y el arrebato inflamado por cualquier estupefaciente. Y, por supuesto, aparece también representado el insaciable impulso hedonista y las heridas de su tormentosa vida encarnadas en la calidez lírica y melancólica  de sus melodías; en palabras del propio Baker: “Todo ese jazz, todas esas chicas, toda esa droga. Eso era la tristeza de mi trompeta” (1). A modo de rima o leitmotiv, esta suerte de delirio visual  marcará el ritmo o tempo del film, retornando en un par de ocasiones más.

Nada más comenzar el trayecto fílmico,  Diana Vavra, su última amante, nos revela cómo “todo el mundo tiene una historia acerca de Chet Baker”. Y lo cierto es que el fotógrafo Bruce Weber, director de esta cinta estrenada en 1989, también quiso vivir la suya propia. La atracción rayana con lo obsesivo de Weber respecto a Baker, materializada en el metraje del documental que él mismo costeó de su bolsillo, ya se encendió  en los años cincuenta cuando se inspiraba en la otrora resplandeciente belleza del trompetista para concebir sus imágenes homoeróticas para Calvin Klein y Ralph Lauren, abriendo una nueva era de permisividad sexual en la publicidad. Resulta, pues, paradójico este postrero – casi testamentario-  acercamiento  a la crepuscular figura del Baker de los ochenta, que todavía, a pesar de su cadavérico semblante, seguía hechizándole. Como dijo alguna vez Cherry Vanilla, la ayudante de dirección: “A Bruce le gustaba la belleza que parecía como destruida”.

Así, la cámara de Weber rastrea con idéntico arrobamiento las escenas que él mismo filma con el trompetista y las fotografías que remiten a su pasado, evocadoras del brío juvenil ya marchito. A través del aluvión de imágenes que se suceden a lo largo del metraje (aparecen montadas de forma frenética y un tanto caóticas), emprendemos un somero viaje por la truculenta vida de Baker, desde su infancia en una granja de Oklahoma hasta su fulgurante ascensión a la cúspide del jazz –le encumbraron como “el mejor trompetista blanco de jazz”-, siendo apadrinado, asimismo, por el gran Charlie Parker; sin duda, dentro de esta galería de fotos que inunda la pantalla, destacan las que fueron realizadas por William Claxton, el fotógrafo del jazz por excelencia de la Costa Oeste, pues únicamente él supo retratar de un modo exquisito, tanto en las portadas de los álbumes como en las mismas imágenes fotográficas, la cumbre de la belleza del músico, siempre desvelando la faz melancólica y sensual de este –existe una evidente filiación plástica entre las fotos de Claxton y los fotogramas del film- .  Rescatamos un par de señeras imágenes: la portada del elepé Chet Baker with Strings, donde vemos a Baker nostálgico mirando a la lejanía en una sesión de grabación, con la mejilla apoyada en la boquilla de la trompeta, y aquella secuencia de fotos, las más emblemática de Claxton, que muestran al músico, con el torso desnudo, junto a su segunda esposa, Halema, en una composición henchida de sensualidad.

No necesitamos demasiados minutos de visionado para percatarnos de cómo el documental está construido, y así lo hemos anotado ya, desde una auténtica mirada devota pero que, conforme avanza el film, deviene elegíaca, manteniéndose en un punto de maridaje entre el patetismo y la belleza. A esto ayuda una estructura que descansa sobre un perpetuo diálogo entre el pasado y el presente, un juego dialéctico que subraya el estremecedor ocaso del que fue el resplandeciente príncipe del jazz (vemos  algunas imágenes extraídas de sus primeras actuaciones en programas de la televisión o en festivales musicales como el de Lucca, así como pequeños fragmentos pertenecientes a películas italianas de serie B), y del que solo quedan descarnadas ruinas. Por ello no podemos dejar de pensar en la tonalidad elegíaca alojada en Let’s get lost, potenciada por el hermoso monocronismo con el que está compuesta, un auténtico lamento lírico por la caída del “tromba d’oro”, tal como lo bautizaron en Italia (con este país siempre mantuvo una relación muy estrecha, ya que fue un lugar de refugio en algunas de sus fugas de Norteamérica, siendo acogido con auténtica adoración). El propio Baker describió este trágico declive con estremecedoras palabras: “De ser el jazzman de ascenso más rápido del mundillo, me he convertido en el yonki más conocido del mundo”(2).

Por su parte, el corpus de imágenes grabadas por Bruce Weber, durante un largo rodaje de unos cuatro años, se articula en torno a una doble línea discursiva, a saber: los testimonios y entrevistas de amigos, familiares y, en general, personas que lo conocieron, y una segunda vertiente narrativa que engloba confesiones, recuerdos y grabaciones en estudio de Chet Baker. Sin duda, y como era previsible antes de acudir al cine, estas últimas imágenes brindan los instantes más estimulantes del documental. En ellos nos enfrentamos, cara a cara, a la enigmática media sonrisa de Baker, a la androginia de su dulce voz y a un rostro en el que se entreverán lo infantil y lo siniestro. Nos abruma el modo en el que el rostro se convirtió en una máscara pétrea agrietada, que oculta cualquier atisbo de chispa emocional. En la mayor parte de las entrevistas, Baker relata maquinalmente viejas historias y permanece sumergido en un completo estado letárgico (Weber confesó que en la totalidad de las entrevistas Baker se encontraba bajo los efectos del alcohol o la droga). Nos habla de sus primeros tiempos en el mundillo del jazz de los Ángeles, la audición con Charlie Parker, su brillante unión musical con Gerry Mulligan, o la paliza que recibió en San Francisco y que le provocó la pérdida de la mayor parte de los dientes, con el consecuente ímprobo esfuerzo para volver a tocar.

– – – –
(1) Baker, Chet; Como si tuviera alas. Memorias pérdidas; Mondadori; 1999
(2) Baker, Chet; Op.Cit.

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Un Comentario

  1. 1871 08/09/2013 | Permalink

    Hermoso artículo
    Gracias

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